DEJAR EL SILENCIO

Ilustración por Alejandro Marulanda
Ilustración de Alejandro Marulanda
Ahora sí. La ira me ha reconstruido; o más bien, deconstruido.

Los ruidos vecinos de las casas llegaban por la rendija de mi cuarto; apretaba los ojos, con la fuerza de quien no quiere ver aquello que le rodea. Mis pies colgaban en el borde de la cama, golpeando rítmicamente contra la madera. Nunca lloré, nunca dije una palabra, nunca abrí los ojos.  

Me imaginaba, en cambio, como sería verme a mí misma desde lejos: yo, tumbada en la cama, inmóvil, respirando tan rápido como si estuviera corriendo; los dedos adormecidos en la punta, temblorosos, fríos, sudados. Ese hombre, casi anciano, sobre mí; los pantalones doblados a mi lado neuróticamente, la camisa polo aún puesta, el ritmo furioso y patético contra mi cuerpo, el olor empalagoso de un ambientador de canela que nunca podré sacar de mi mente.

Quién diría que sobreponerme tuvo que ver con la ira. Que asimilar cada detalle, al punto del insomnio, y repasarlo día tras día -por más de ocho años-, me ayudaría a reconstruir la persona que soy. Claro que eso estuvo aunado a otros muchos asuntos, personas y libros, pero hoy creo firmemente en el poder que tiene la ira para desarraigar el dolor y la vergüenza.

Tal vez, aún no me explico del todo. ¿De qué va eso de la ira en la reparación de un superviviente de violencia sexual?

Lo más importante es entender la  relación de las mujeres y de los cuerpos femeninos con la ira: carecemos de ella. Nos han educado para soportar, para mantener el estoicismo, para calmar y neutralizar; las mujeres iracundas no existen, existen las histéricas o los melodramas. Argumentos resultados de etapas hormonales, de invenciones, de supersticiones y exageraciones; el bello sexo no da golpes, no estropea nada. Todo esto se extiende a la diversidad de los cuerpos femeninos, que continuamente son despojados de la naturalidad que si persiste en lo viril. La violencia es reflejo de actos masculinos.

Nuestro rango de emociones también es restringido.

Los sentimientos más cercanos a desencadenar la ira no van dirigidos a nuestros cuerpos, sino a los cuerpos de los hombres que determinan nuestro papel. Los celos garantizan la fidelidad; el enojo de una madre mantiene el accionar de su hijo de manera correcta, como el Estado lo hará cuando crezca.

Me pregunto si esa reconstrucción les sucede a los victimarios. Si se cuestionan su reacción violenta, si mantienen el discurso de no poder contenerse, si pasan toda su vida recordando el olor de un ambientador.

La ira, desencadenante de violencia, conlleva cierto privilegio que a algunas personas parece no ocurrírseles, pero es la humanidad misma, una de las respuestas más primitivas.

El asunto está ahí. Si se nos permitiera la violencia, la historia sería otra. Tal vez me habría defendido con una patada tajante, con un golpe fuerte en la nariz. Tal vez habría pasado de todas formas pero yo, en vez de sentir culpabilidad y vergüenza , habría entendido que ese ser despreciable era el culpable y merecía algo de violencia de regreso.

Recuerdo cómo busqué la violencia de quienes sí podían sentirla para poder sentirme protegida. Alguna vez un amigo mencionó que podía pagarle a algún tipo para que lo apuñalara; yo nunca lo pensé más que en sueños y si me lo hubiese dicho una amiga, en cambio, mi reacción sería de extrañeza y no de lógica.

Me explico. Cuando se habla de Rosario Tijeras no se habla de una heroína, hay algo en ella que ha perdido esa natural reacción femenina y al final muere, como todas aquellas descarriadas de su condición moral.

Ahora sí. La ira me ha reconstruido; o más bien, deconstruido. El inicio de muchos pasos para superar,  pero también para tomar responsabilidad de mis actos. Y al igual que es necesario el reconocimiento de la otra: de su cuerpo, su cotidianidad, sus luchas, su encuentro consigo misma, su ira, y la ira colectiva que crea espacios en la ley y la jurisprudencia: crea cambios visibles y trascendentales en nuestra sociedad y en quienes somos. La ira no es la solución, pero es parte del asumirnos iguales, el principio del fin.

2 respuestas a «DEJAR EL SILENCIO»

  1. Siempre me he considerado pacifista y he pensado en la violencia como una reacción primitiva y estúpida. Nunca la he usado, primero porque no la he necesitado en un escenario de defensa vital – aunque he sentido el impulso infinidad de veces-, pero sobretodo, porque la asocié desde muy joven con una suerte de defecto o vicio cultural muy propio de la masculinidad que me asquea y del que conscientemente mantuve muy lejos de mi. Nunca pensé en el otro lado de la moneda; en que la forma en que nos educan, a las individualidades asociadas a lo femenino frente a la violencia, todos esos argumentos «biológicos» sobre la fuerza o estéticos y comportamentales sobre como deben ser y verse las niñas, no es mas que uno de los muchos PRIVILEGIOS, no efecto o defecto, sino mas bien causa en si misma, que garantiza y eterniza la intención de poder y opresión del las individualidades asociadas a lo masculino.
    Esto ademas me deja pensando mucho en la desestabilizacion que le generan, al régimen heteronormatvo, las individualidades como las transexuales y los transexuales y como esta se responde justo desde la violencia.

    Muchas gracias por el artículo, es alentador, especialmente en esta ciudad, saber que empiezan a multiplicarse las interlocutoras para aprender juntas. Me encantó tu texto.

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