EL SILENCIO NOS LO DIERON TODOS

Ilustración de Laura Aldana
Para poder ser buen oyente hay muchas recomendaciones, seguramente una cantidad importante de literatura al respecto, pero la base está en la empatía sin miramientos morales ni recriminatorios.

Este parece ser el momento cumbre para lograr construirnos otras. Nacen plataformas y se construyen espacios de encuentro, reconocimiento y apoyo. En los medios hemos visto crecer a movimientos como el #MeToo, y cómo múltiples paradigmas se están rompiendo alrededor del mundo con el trabajo y testimonio de muchas mujeres. Pero aún vivimos en una sociedad que, en apariencia, es incapaz de lidiar con la culpa y lo necesitamos contrarrestar de alguna forma.

Esta segunda entrega es para los demás. Para aquellos que están en la posición de quien necesita brindar apoyo o acompañamiento a una de esas mujeres o a uno de esos cuerpos femeninos. Quizá para aquel que necesita recordar, por un momento, que la víctima es una persona y no es negociable su situación.

Para entender, en un principio, esa incapacidad cultural que tenemos para lidiar con la culpa, no hay que que hurgar demasiado. Está visible en todas partes: en nuestra jurisprudencia, en el sistema de acción y reacción del Estado y todas las entidades involucradas, en la opinión pública y en los medios; pero también en nuestra red de seguridad, aquella que formamos con los más cercanos, amigas y familiares. Todos, víctimas, victimarios y espectadores.

Con la culpa nadie quiere lidiar, mucho menos con la negligencia. Y no se trata de una acción mezquina en sí misma (aunque, por supuesto, lo es), sino que es una respuesta que hemos naturalizado: no queremos sentirnos culpables, avergonzadas, juzgadas. ¿Quién sí?

En el imaginario colectivo de la sociedad existe el miedo constante a que se viole a sus mujeres, y es por eso que se nos disciplina, se nos enseña a no salir tarde, ni vestir provocadoramente, ni andar solas o coger un taxi en la calle. Porque en ese imaginario se mantiene una figura clara: un hombre, un malhechor, sale de entre la oscuridad, aprovechándose de su víctima. ¿Usará antifaz negro? ¿Capucha? Es un anónimo, por supuesto. Y, seguramente, un hombre pobre y perturbado. Un monstruo insaciable y enfermo que salió del seno de la violencia y ahora desahoga sus urgencias en mujeres desprevenidas.

Es tan usual la idea del agresor sexual como un monstruo, que nos hemos alimentado durante años con esas historias mediáticas que mantienen este discurso. Resuenan, casi siempre, los casos de aquellos violadores en serie, extremadamente violentos, con perversiones enfermizas, que luego aparecerán en una serie de 10 capítulos de Netflix. Pero los Ted Bundies del mundo son un porcentaje minúsculo. Y no representan al violador promedio.

Los violadores pueden ser de cualquier tipo. Y están en todas partes. Pueden ser el padrastro, el amigo de la universidad que se quedó hasta tarde haciendo un trabajo, el pelado de la fiesta, un amigo del novio, el novio, el primo, el tío o el vecino, el hombre de la calle que pasa. No se ven de ninguna forma en especial, no se ríen vilmente con voz en off alzando una ceja hasta donde les da el cuero cabelludo; no son necesariamente pobres o extremadamente ricos, y no necesariamente tienen planes macabros y perversiones enfermizas, no usan cloroformo. Lo más importante: la mayoría de las veces no saben que han violado.

Y nadie está preparado ni para aceptar que violó ni para aceptar que tiene algo que ver con ese violador; nadie quiere ser su amigo o familiar suyo, su mamá tendrá que lidiar con la culpa pública de haberlo parido y criado (porque, además, seguramente es culpable). Y seguramente tiene todo un patrón psicológico de depredador sexual: nada más alejado de la realidad.

Por eso, y para evitarle la fatiga a todo el mundo, la culpa es de la pendeja que lo acusa. De su falda corta, de su maquillaje de puta, de salir tarde y con las amigas y charlar con desconocidos en un bar; de andar por la casa en shorts, de sentarse con la piernas de cualquier forma, de bailar reggaeton, de entrar a la casa del tipo, de ser <>, de recibirle una cerveza o dejarse invitar a comer.

Es por eso que necesitamos entender que vamos a escuchar cosas que no solo no esperamos escuchar, sino que nos harán sentir culpables y negligentes o nos van a perturbar. Pero no es nuestro trabajo juzgar las reacciones de ese cuerpo femenino y violentado, sencillamente porque las reacciones son eso: reacciones producto del momento. Y posiblemente no correspondan a la reacciones que nos han enseñado que deben ser. Vamos a oír lo que no queremos y vamos tener que lidiar con nosotros mismos también.

Esa reacción que esperamos escuchar es la misma que espera escuchar la ley: que la víctima luchó, que la dejaron con heridas o marcas que prueban que fue violada. Que hubo penetración. Que la víctima está en un estado de shock tremendo, fuera de sí misma. Y puede que eso suceda. Pero es solo una de las múltiples posibilidades.

Para poder ser buen oyente hay muchas recomendaciones, seguramente una cantidad importante de literatura al respecto, pero la base está en la empatía sin miramientos morales ni recriminatorios.

Ante cualquier posibilidad, aquí una ruta a seguir para el escucha o acompañante una situación de abuso o violencia sexual (1):

*  Siempre crea en la víctima. Moralizar o juzgar es natural en nuestra cultura, como cosa rara, pero recuerde: se trata de ella y no de usted.

* Es importante recordarle, a lo largo de la conversación o conversaciones que tenga con la víctima, que no es su culpa (de ella). Evite cuestionar a la víctima o hacer afirmaciones sobre la situación. En cambio, recuérdele que está en un lugar seguro, en un espacio de diálogo, que usted la escucha y la apoya.

* Abrace la incomodidad porque la va a sentir, es completamente normal. Pero intente no transmitirlo ni recordárselo a la víctima; ni frases del tipo “esas cosas no se cuentan”, “eso cuéntaselo a un profesional”, “¿y yo qué puedo hacer?”, etc. La víctima le ha escogido a usted para afrontar la situación y necesita hablar. Si a la final usted cree que es unx pésimx oyente, entonces hágase saber antes de que la conversación se lleve a cabo, de la manera más considerada posible.

* Es importante que su papel se mantenga pasivo en la conversación. Usted está escuchando. No pretenda ni controlar cómo se siente la víctima, ni dar soluciones (a menos que le sean pedidas explícitamente). No asuma cómo se siente (la víctima), cómo debe o debió reaccionar. Es importante recordar que en la situación usted es parte de una red de apoyo y que, ante una agresión sexual, el proceso de sanación y todos los procesos que de ahí se desprenden (procesos legales, emocionales o físicos) dependen del ritmo que la víctima les ponga.

*  La paciencia será su mejor amiga, siempre es la mejor amiga de un buen oyente. Hágale saber que puede contar con usted, que no tiene que contarle o explicarle lo que no quiera, que puede hablar cuando esté lista. Nunca la presione para obtener información. Si la víctima no quiere hablar, está en su derecho a no hacerlo.

* Ayude a la víctima a recobrar el sentido de control de su vida. Durante la agresión sexual, le arrebatan el poder a la víctima, así que es importante que ella sienta que las decisiones que tome le pertenecen, que su cuerpo le pertenece y no necesita de ningún tipo de redención porque la culpa no es de ella. Apoye las decisiones y las elecciones que ella tome, sin juzgar, y evite sugerirle que <<continúe con su vida>> o se olvide de la violación; un sobreviviente necesita enfrentar la posibilidad de resolver el trauma de la agresión y comenzar el proceso de curación. Trate de no decirle qué es lo que debe hacer; en su lugar, ayúdela presentándole opciones y recursos para que ella tome la decisión que considere es correcta.

* El tacto o el contacto físico puede representar una situación de peligro para la víctima, así que vaya con calma. Examine el terreno antes de que un abrazo o una toma de manos pueda generar pánico, ansiedad o una respuesta negativa.

* Respete la necesidad de privacidad. Si la víctima necesita estar a solas, respete dicha decisión.

* Comparta con la víctima información importante sobre su situación, que le permita tomar decisiones en soledad, reflexionarlas y concertar consigo misma, así como pedir ayuda o gestionar procesos legales.

Aquí, algunos de los sitios web que pueden ser propicios:

http://vamosmujer.org.co/sitio/servicios/rutas-de-atencion.html

http://www.sdmujer.gov.co/inicio/981-abc-para-la-atencion-y-denuncia-en-violencia-sexual

https://www.fiscalia.gov.co/colombia/protocolo-violencia-sexual/

https://www.plannedparenthood.org/es/temas-de-salud/para-adolescentes/bullying-seguridad-y-privacidad/agresion-sexual-abuso-y-violacion

https://www.nsopw.gov/es/education//HelpSupport

* Y, por último, pero no menos importante, recuerde cuidarse a sí misma. Es importante que usted mantenga la calma y también busque apoyo si lo necesita. Que consuma contenidos que le ayuden a acompañar y ser mejor escucha y apoyo, pero también le brinden herramientas para encarar este tipo de situaciones y cambiar su perspectiva o deconstruirse.

La violencia sexual nos lastima a todas, y de nosotras depende que nos podamos construir otras y construir una sociedad donde nadie viole o piense que puede expropiarle a alguien su cuerpo y su poder.

De igual forma, si desea más información sobre líneas de atención o rutas de atención a casos de violencia sexual, o una amiga anónima que escuche (o lea, en este caso), puede escribirnos a holalasagrada@gmail.com

<<Ahora que estamos juntas. Ahora que sí nos ven>>

(1) Algunas de estas pautas fueron extraídas o basadas en artículos de Planned Parenthood, del NSOPW, National Sex Offender Public Website y el RAINN.

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