ÍDOLOS CON PIES DE BARRO O WHY WE LOVE ASSHOLES

ÍDOLOS CON PIES DE BARRO O WHY WE LOVE ASSHOLES

Ilustración de Manuela Velez
No aceptaríamos algunos comportamientos de personas en nuestra vida diaria que aceptamos de famosos, sean artistas o no.

Todo comenzó porque mi hijo mayor, quien es muy rítmico, ama escuchar música movida y bailarla, independientemente del género musical. Por eso pensé que le podría gustar una canción y se la mostré, con video full HD y todo: Smooth Criminal.

Resultó como lo preví, le encantó.

La entrada en escena de Michael Jackson, sus movimientos, la indumentaria con la que sale llevó a que mi hijo lo llamara “el señor misterioso”, y,  por mucho que quise en aquel momento explicarle su nombre real, ese fue el apodo con el que se quedó.

YouTube le siguió sugiriendo canciones, mostrándole la discografía de Michael Jackson; aunque muchas le gustaron en distintas medidas, Smooth Criminal, sigue siendo su favorita: la que le quiere mostrar a todos, la que baila y trata de seguir la coreografía.

Pero, cuando veíamos los otros videos, él me preguntaba por qué “el señor misterioso” tenía su cara diferente, por qué a veces se veía “caramelo claro” y a veces se veía “chocolate”. Eso me hizo pensar en cómo explicarle la problemática vida de Jackson. Lo de su vitíligo, lo del accidente, lo de su voz.

Todas las canciones de el señor misterioso tienen un sonido que a mi hijo le resulta muy parecido (él, de hecho, trató de imitar el ritmo, cuando se sintió confiado de hacerlo). Y claro, le expliqué, dentro de mis limitados conocimientos musicales, que el señor misterioso tiene una voz con unas cualidades específicas, por eso canta así y los ritmos así lo ayudan a resultar su voz de tal y tal manera.

Básico, claro está, porque de música solo sé qué me gusta y qué no, pero me puso a pensar en lo difícil que nos resulta a veces separar el arte de la persona. Poco después salió Leaving Neverland y las historias que narran en el documental me llevaron a sentirme ligeramente culpable de mostrarle a un posible violador de niños a mi propio hijo.

Y porque, además, para ser totalmente sincera, la música de Michael Jackson me sigue gustando. Él, como artista, me sigue pareciendo icónico.

Parte de la defensa de Jackson, como la de R. Kelly, como la de Cosby, se ha centrado en preguntar por qué precisamente a ellos, es decir, por qué en un mundo de violadores y abusadores son precisamente los hombres negros, ricos, famosos, los que son judicialmente perseguidos, al contrario de tipos como Kevin Spacey o James Franco, blancos, que no son siquiera acusados ante los estrados judiciales. La comunidad negra trata de proteger a los suyos, y es comprensible en un contexto social como el de Estados Unidos donde el racismo institucional mata a cuerpos negros, femeninos y masculinos, desarmados y vulnerables, por considerarlos peligrosos; pero proteger a los victimarios ignora el trauma sufrido por las víctimas de estos hombres, en muchos casos, mujeres negras.

Sin embargo, muchos de nosotros, los seguimos, los justificamos: vemos las películas de Spacey, de Weinstein, cantamos I believe I can fly o Burn it up, -canciones de R. Kelly-,  y habrá quien se vea los reruns de The Cosby Show.  Y sucede lo mismo con Pablo Neruda (violador confeso), con Roald Dahl (racista y medio), con Lovecraft (racista, xenófobo).

Mas no se trata únicamente de que como público consumamos lo que ellos producen, sino que hay quienes se alían con ellos directa o indirectamente para beneficiarse de ese encuentro.

Por ejemplo, Drake, quien alguna vez declaró públicamente que amaba a Rihanna, colabora en una canción con Chris Brown. Y yo sigo con la misma pregunta. ¿Será que es aceptable exaltar el arte no solo a pesar de la historia del artista sino ignorando al individuo, al artista? ¿Podemos, real y honestamente, hacer esa separación, ya sea individualmente o como sociedad?

Chris Brown es un hijo de puta. Pero muchos cantantes siguen colaborando con él porque, con poco o mucho talento, vende. La gente compra sus canciones, va a sus conciertos, ve sus videos. Drake, aun con su amor a Rihanna, no cayó más bajo que el resto de nosotros cuando seguimos escuchando a Chris Brown, o leyendo a Hemingway o admirando a Picasso.

Las creaciones sobrepasan a los autores, es la defensa usual. No podemos censurar el arte, dicen; el arte trasciende las barreras. O, alternativamente, “es que eran otros tiempos”, como si hubiera un tiempo en el que despreciar al otro por existir fuera bueno.

La respuesta de separar el arte del artista parece ser válida con los “grandes maestros” en su arte. Picasso, Hemingway, hombres que casi objetivamente pueden ser considerados imbéciles completos, siguen siendo endiosados por muchos.

Parece ser, entonces, que las cosas dependen del contexto en el que son creadas, los creadores mismos están limitados por su contexto del mismo modo, por sus propias historias y vivencias y acompañantes.

Pero podrían ser simplemente excusas. No aceptaríamos algunos comportamientos de personas en nuestra vida diaria que aceptamos de famosos, sean artistas o no.

No dudaría en alejar a mis hijos de una persona de la que siquiera se haya podido comentar que alguna vez siquiera miró con ojos sexuales a una adolescente, y muchísimo menos si fue a un niño. Pero con Jackson dudo.

Todos nuestros favoritos tienen algo problemático, sean artistas, autores, libros, música, arte. Pero siguen siendo nuestros favoritos, a pesar de las contradicciones que plantean para nuestra brújula moral.

Todos nuestros ídolos tienen pies de barro, porque son tan humanos como nosotros. Las apreciaciones que de ellos hacemos no los limpian, solo demuestran que somos capaces de ignorar los defectos si hay algo que nos llega, que nos complace.

En mi caso, leí el primer libro de Harry Potter a los 11 años y crecí junto con él, sentí cada evento y cada etapa como propios y en principio las decisiones y explicaciones presentadas eran incuestionables para mí, más al crecer me fui dando cuenta que muchas de esas mismas decisiones estaban basadas en prejuicios que todos los personajes del libro no solo repetían, sino que la misma autora normalizaba.

He decidido intentar que mis hijos no vean los lugares de dónde venimos como un límite hacia dónde podemos llegar, que la familia que nos nutrió no sea la que dirija nuestro trato hacia los demás y con el mundo, pero el Potterverse sigue siendo un universo que amo, a pesar de su insistencia en segregar, su inclinación por juzgar a las personas por su apariencia o sus inclinaciones, a concebir la crianza como el límite de lo que podemos ser. Y por supuesto, ya mi hijo mayor sabe quienes son Harry Potter y Snape.

Charlie y la fábrica de chocolate, con sus Oompa Loompas aborígenes pigmeos semi-esclavizados, sigue siendo uno de los primeros libros que voy a leer a los niños cuando tengan interés en historias más largas. ¿Es hipocresía?

Tratando de ser objetiva, supongo que sí.

Tiene algo de hipócrita establecer estándares de comportamiento distintos para los ídolos, los artistas, los grandes, de los que tienen las personas del común. Aun así, no justificamos a todos, justificamos a los nuestros, a los que nos gustan, a los que sentimos merecen nuestras excusas y protección ante ataques de otros que-no-los-entienden.

La cuestión es que no lo hago solamente yo, muchos lo hacemos, y me da curiosidad saber qué significa como sociedad que podamos separar tan fríamente el arte de sus creadores, sin importar los daños a terceros; porque si todos excusan a quienes aman y prefieren, terminamos rechazando a muy pocos.

¿Podemos, entonces, justificar ver una película de Woody Allen, una de Spacey, admirar a Picasso, leer a Bukowski en la misma medida que podemos justificar escuchar a Chris Brown o R. Kelly aunque sepamos cómo han afectado a miembros de las generaciones que vinieron antes que nosotros, a muchos que están aún aquí?

¿Cómo podemos, con el juicio que  se inicia contra Harvey Weinstein, seguir sin preguntarnos cuál es el alcance de la mancha que cubre a las películas y series en las que participó? Y es que son muchísimas, tenía compañías y filiales, intervenciones directas e indirectas: ¿Importa?

¿O nos resulta más relevante que esa película que nos encanta, que es majestuosa y bien actuada, que tuvo visión y contenido, nos complace, nos gusta y nuestros gustos están por encima del potencial peligro en el que estuvieron las mujeres que participaron en su creación? 

Me debato entre la necesidad de defender a algunos, de justificarlos, de excusarlos, de perdonarlos por su maravillosa obra, y el deber de recordar que cuando ultrajan a alguien, estos magníficos artistas están causando un grave daño a, cuando menos, esa persona.

Elevar el arte por encima del artista, de las reglas sociales, tiene consecuencias, para nosotros, para la sociedad, pero sobre todo para los afectados directamente por los comportamientos de nuestros ídolos: ¿Cómo pueden sentirse hoy las víctimas de nuestros ídolos sabiendo que, a pesar de que sabemos lo que sabemos, no nos importan sus historias lo suficiente como para sacrificar nuestros gustos?

LO QUE HE DEJADO DE DECIR

LO QUE HE DEJADO DE DECIR

Ilustración de Angélica Duque
A mí también. #metoo, confesé. Pero esa confesión me hizo sentir hipócrita, y cobarde, y culpable.

Las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud nos dicen que 1 de cada 3 mujeres en todo el mundo ha sufrido una agresión violenta o de naturaleza sexual a lo largo de sus vidas. El 30 por ciento de las mujeres que ha tenido una pareja ha sufrido violencia física y/o sexual por parte de sus compañeros.

El maltrato verbal y emocional es difícil de cuantificar, pero parece que es la forma más común de abuso entre parejas; por lo menos alrededor de la mitad de los estadounidenses reportaron haber sufrido de abuso emocional por parte de alguna de sus parejas a lo largo de sus vidas. De las participantes de una encuesta en Colombia, se puede estimar que al menos el 25% de las mujeres ha sufrido violencia psicológica por parte de sus parejas.

Además están las estadísticas que se refieren al abuso sexual infantil, que nos refieren que alrededor de 1 en cada 10 niñ@s será sexualmente abusado antes de cumplir 18 años; de estos, uno en cada siete niñas y uno de cada 25 niños será abusado sexualmente antes de cumplir la mayoría de edad.

Esto significa que a muchas de nosotras nos ha pasado, nos está pasando, nos va a pasar.

Al mismo tiempo esto quiere decir que, en teoría, no estamos solas.

Formamos parte de un enorme grupo de personas que han sufrido, si no lo mismo, experiencias bastante similares a las nuestras.

Precisamente de esa idea, la de establecer que estamos juntas en esto, fue que nació la frase Me Too, que posteriormente se convirtió en el movimiento que ha sido el punto de partida para sacar a la luz historias que estuvieron ocultas durante todas nuestras vidas. Visibilizando con ello la situación de un sinnúmero de mujeres –y hombres- que han sido víctimas de abusos por parte de aquellos que en algún momento tenían más poder que ellos.

Y es que la raíz de todo abuso, de toda agresión, está en el poder. No en el poder teórico o en el poder que el sistema social en el que estamos asigna a unos por encima de otros, sino en el poder en su forma más cruda: la capacidad de un individuo de imponer su voluntad sobre la de otro.

La experiencia de las mujeres abusadas por Harvey Weinsten, Bill Cosby y R. Kelly, debe ser más recurrente de lo que parece, y en más lugares que en el pecaminoso Hollywood, pero la manera en la que las víctimas se han enfrentado a los hechos es extremadamente inusual.

Sus voces reclamando por lo que estos hombres les hicieron son de las pocas ocasiones en las que las historias tienen nombres y apellidos.

Nuestros relatos son anónimos, hablamos sobre nuestras agresiones, pero no nuestros agresores, si es que acaso nos atrevemos a contar lo que nos pasó en voz alta.

Muchas de nosotras esperamos años –y años y años- para contar nuestras experiencias.

En el universo de las historias que han salido a la luz pública, quienes las cuentan suelen tratar de limpiar los relatos, de hacerlos aptos para todo público, de quitarle las emociones y el dolor y la crudeza, porque históricamente, el abuso se mantiene en secreto, con sus emociones, sus comentarios sensaciones, sus olores y recuerdos, él. 

Individualizar o identificar al agresor tiene consecuencias, y ni siquiera son exclusivas para ellos y nosotras, sino para todo aspecto de nuestras vidas.

Llevaría implícita una acusación contra nuestros padres por habernos dejado con ese tío, ese familiar, levantaría sospechas de haberle hecho lo mismo a sus hijas; rompería, en el peor de los casos, con todo vínculo familiar. Si se trata de algún jefe, enseguida generaría la duda sobre nuestra empleabilidad futura, sobre lo que significa nuestra palabra y lealtad laboral. Si acusamos a un profesor, no solo ponemos en tela de juicio su integridad académica sino la propia.

Incluso, acusar con nombre propio, en público, tiene consecuencias legales. Rompe con el principio de presunción de inocencia porque, de entrada, crearía en la luz pública la duda sobre el acusado. En otras legislaciones, es causa para anular el juicio, y entre nosotras, tranquilamente podríamos exponernos a una denuncia penal en nuestra contra: por calumniadoras o injuriosas.

Por esos miedos, por esas cargas, muchas de nosotras esperamos años –y años y años- para contar nuestras experiencias.

Algunas solamente las contamos una vez, a oscuras, a nuestras amigas más cercanas, a nuestras parejas.

(Quizá no a nuestros hijos).

El #metoo fue tan viral que demostró que somos muchas, que nos ha pasado a tantas: nos han acosada, tocado, abusado, violado; ¿pero hasta qué punto lo que se vio en las redes es representativo de nuestra realidad social?

Debería, en teoría, aceptar que no estoy sola, sentir la protección y el acompañamiento de las demás.

En las redes sociales, pude ver muchas conocidas, amigas, usando el hashtag y contando sus historias. Sobre padres, sobre tíos o padrastros, sobre conocidos, profesores y desconocidos… todos atribuyéndose la capacidad de tocar, mancillar, controlar nuestros cuerpos.

Aun así, a mí en lo personal, me costó muchísimo usar el hashtag, y sólo fui capaz de usar el hashtag, no conté mi historia, mis historias, y aún hoy no las cuento.

A mí también. #metoo, confesé.

Pero esa confesión me hizo sentir hipócrita, y cobarde, y culpable.

Porque existe una noción en el imaginario colectivo por la cual se supone que si me empodero y confronto a quienes me abusaron saldré más fuerte de la experiencia, como el trial by fire. Seré un modelo a seguir para quienes vienen detrás de mí. Para más mujeres que han sido abusadas, que confronten a sus agresores. Se supone que es un empoderamiento propio, pero también colectivo.

Además, evitaré que más mujeres sean agredidas por mis agresores, porque todos, desde las series donde investigan acciones criminales, hasta en Jessica Jones, parecen repetirnos que, si fuimos víctimas y nos quedamos calladas, la próxima víctima será un poco nuestra culpa.

Porque, al parecer, es responsabilidad nuestra. Como yo no conté mi historia, debido a que no confronté a mi victimario y lo hice responsable ante el mundo de lo que me hizo, a cualquiera que haya victimizado después de  mí, sus actos pesarán sobre mi conciencia.

Excepto que eso es un completo absurdo, y es una injusticia terrible que no deberíamos estar dispuestas a asumir, como víctimas, como personas.

Las acciones de los abusadores, de los violadores, de acosadores, son su culpa, una responsabilidad exclusivamente suya. Decir algo, o hacer algo no es garantía de que no volverán a actuar como lo hicieron, ni siquiera es garantía de que me crean. De que lo perseguirán judicialmente, de que responderá por lo que hizo, por lo que me hizo, y de que quedará rehabilitado con posterioridad a la pena impuesta.

Es el mismo argumento, somos nosotras como víctimas las que causamos la agresión, sea la nuestra, sea la de otras. Nuestra sociedad parece querer excusar por todos los medios a los agresores, o estaban fuera de sí, o solo fue un momento de sus vidas, o nosotras lo provocamos.

Y esa carga sí la tengo que asumir yo, además de haber sufrido mi historia, de recordarla y sentirla, de que venga de sopetón a mi memoria y me haga llorar, tendría que asumir la peso de contarla.

De sacarla del anonimato, de mi fuero más interno, y asumirme ante el público como víctima, como una más.

De que me miren de otra manera, de que digan a viva voz que ya entienden por qué yo soy de una u otra manera.

Y eso solo en el mejor de los casos, es decir, si me creen.

Porque pueden no creerme.

Porque pueden decir que me lo imaginé, que estoy exagerando, que son ridiculeces. O que miento. Que estoy buscando ganar algo, atención, tiempo, dinero, fama. Algo.

O que a quien estoy señalando sería incapaz de hacer algo como eso. Lo que me pasó a mí pasaría a ser una simple exageración, un relato que sería analizado hasta la última palabra, verificando mis nexos causales, cada uno de mis palabras, cada contradicción, cada imprecisión.

Y eso da miedo.

Pueden decir que sí pasó, pero que ya pasó tanto tiempo, que ya no debería causar problemas -como si mis problemas no estuvieran ya causados-, que deje las cosas así.

O peor aún, podrían pedirme pruebas de mi acusación, y no las tengo, nunca las tuve. No tengo nada más que mis recuerdos, un poco difusos, más que mis palabras, no del todo correctas, solo me tengo a mí.

Y entiendo por qué las víctimas no solo se van, es alejan o acusan, porque el miedo es poderoso, porque pueden destruir con una sola palabra lo que hemos construido, la vida que hemos logrado, las metas que nos hemos propuesto.

No es justo que ellos puedan seguir siendo quienes son libremente, sin responsabilizarse por lo que nos hicieron, sin confesarlo ante el mundo, ni ser juzgados y declarados culpables, mientras nosotras debemos seguir cargando con toda la historia.

Es aún menos justo que cuando hablemos todo lo que decimos sea puesto en duda, que no se trate de un simple “su palabra contra la tuya” sino que nuestra palabra, cada una de nuestras palabras valen menos de lo que una simple negativa de ellos vale.

Reconozco que quizá debería ser más valiente, pero en este momento, en esta sociedad, es un riesgo que aún no estoy dispuesta a asumir.

Quizá algún día.

But not today.

SORORIDAD MATERNA

SORORIDAD MATERNA

Pero esa sororidad entre madres, esa cercanía que hay entre unas y otras, tiene un costo curioso y es que se ha limitado mucho a las “nuestras”, las que son como nosotras y hacen las cosas como nosotras las hacemos.

En mi experiencia, he visto cada vez más cercanía entre madres. Somos capaces de ayudarnos en nuestros momentos más difíciles, en los que queremos ya tirar la toalla y no volver a saber de nadie, ni siquiera de nosotras mismas. 

En los libros, en las novelas, en la realidad de los tiempos de mi mamá, de mi abuela, los trapos sucios se lavaban en casa, aunque eso significaba que la mamá fuera la única en recoger, ordenar, limpiar y guardar esos metafóricos y físicos trapos.

Las madres hoy, por lo menos en el mainstream de la vida en ciudad, sabemos que siempre vamos a tener a alguien con quien contar, quien no nos juzgue, a quien podamos admitir nuestros secretos más oscuros, nuestras frustraciones más odiosas. El grupo de chat de mamás, el blog, la página en redes sociales y todos esos espacios en el mundo virtual para nosotras, pueden unirnos y nos permiten conversar con quienes tienen nuestras mismas preocupaciones.

No tenemos, como antes, cuando nos criaron a nosotras,  que ocultar nuestras ocasionales peleas con nuestros hijos de dos años, la rabia que nos da que nuestra vida no está saliendo como queremos, que no hay manera de que se encauce como un río, sino que todo se ha desbordado e inunda cada pequeño rincón de nuestra existencia.

Pero esa sororidad entre madres, esa cercanía que hay entre unas y otras, tiene un costo curioso y es que se ha limitado mucho a las “nuestras”, las que son como nosotras y hacen las cosas como nosotras las hacemos.

Un meme absurdo que encontré, en no sé cuál red social, decía algo así como:

“Qué lindas esas madres que se maquillan y alistan para llevar a sus hijos al colegio; pero mis hermanas son las que están despeinadas y andrajosas.”

Y, ciertamente, me hizo pensar en el hecho de que sí, me siento más cercana a otras madres que hacen las cosas como yo: a las que dan teta, a las que esperan para llevar a sus hijos al colegio hasta cierta edad, a las que no pegan, a las que esperan para introducir la alimentación complementaria y no compran compotas, a las que no visten sus hijas de princesas, ni a sus hijos de blanco porque esa vaina se mancha muy feo.

Al mismo tiempo, me hizo darme cuenta de lo horrible de esto.

Porque no solo implica cierta distancia y una cuasi objetificación de las demás madres, sino que me lleva a pensar que si solamente aprecio a esas mamás que son como yo, si solamente puedo sentir sus penas como propias y solamente sus logros me alegran, ¿qué carajos estoy haciendo?

Porque no son las únicas, a la hora de la verdad. Son un grupo extremadamente pequeño dentro de todas las madres existentes y devaluar a las demás madres porque hacen cosas que yo no hago, o por no hacerlas de la misma manera que yo, es ignorar todo un universo de alternativas existentes.

Además, idealizar una idea específica de ser madre –en este caso, la mía, la de las mías– no es distinto a lo que siempre nos han hecho: imponer una visión de mundo a un hecho en extremo personal y específico.

Yo, con mi primer hijo, nunca tenía tiempo de bañarme, lavarme el cabello era un lujo y comía cuando podía comer, sin atención a horarios, porque mi prioridad era la absoluta calma de mi hijo en-todo-momento.

Haber visto a una madre recién parida, tranquila, con una muda de ropa limpia recién puesta y un bebé calmadamente acostado a su lado mientras ella leía, hubiese sido la peor de las desgracias para mí en aquel momento. Porque, seguramente, habría significado no solo preguntarme qué estaba haciendo mal, sino también qué tenía ella que yo no tuviera, qué mundo inaccesible para mí estaba al alcance de sus dedos.

Ahora mis circunstancias han cambiado, cinco años después del nacimiento de mi primogénito puedo tranquilamente dejarlos un rato llorando mientras me baño o me peino o me pongo la ropa bonita que por fin tengo ganas de ponerme.

Es difícil reconocer que las otras maneras de hacer las cosas también son válidas, sobre todo en un mundo en el que las madres nos sentimos constantemente vigiladas, porque decir que ella está haciendo las cosas bien implica abrir la puerta a la posibilidad de que yo no estoy cumpliendo con materializar el ideal, de que no estoy siendo la madre perfecta que puedo, que debo ser.

Es lo que sucede con nuestras madres, nuestras suegras, tías y abuelas. Cuando nos dicen que “en sus tiempos” las cosas no se hacían de aquella manera, lo que nos están diciendo es que ellas no lo hacían así. Eso significa que nosotras, las de ahora, estamos haciendo las cosas mal, porque la forma correcta de hacerlas es la de ellas, nuestra maternidad, nuestras decisiones están equivocadas o en el mejor de los casos les falta lo que hacerles caso nos podría dar.

Oponernos a sus consejos y a su manera de ver las cosas es enfrentarnos también a cómo ellas llevaron sus vidas, sus hijos y sus familias. La frase gringa del when you know better you do better, que es la que recomiendan algunos sitios de crianza para lidiar con suegras metidas, en realidad quiere dar a entender que ahora tenemos más conocimiento y hacemos las cosas mejor, pero es una frase que no deja de ser insultante para quien hizo las cosas como mejor pudo hacerlas con las herramientas a las que podía acceder, por cualquier motivo.

Tener la posibilidad de hacer las cosas a nuestra manera es precisamente lo que reivindicamos hoy en día.

Y entonces entiendo que para que una madre priorice su bienestar mental no hay que ser mala madre, es solo una manera de ser; que el estándar de madre abnegada y que todo lo sacrifica por sus hijos también es una norma interiorizada de una sociedad machista que nos prefiere de cierta manera.

Por lo tanto, es un poco rebelde también admitir que todos los tipos de maternidad pueden coexistir y que no hay una sola manera de maternar que cada madre puede decidir qué quiere hacer con sus hijos y consigo misma –y sí, estoy excluyendo de esto las acciones que pueden ejercer las madres que son legalmente establecidas como delito, porque no pueden escudarse en la libre maternidad-.

Y es aún más revolucionario ver a otra madre, hermosa, maquillada, peinada y perfectamente presentada y verla no solo como una colega sino sentirla también cercana. No limitarme a verla de lejitos, como alguien rara, sino apreciándola y, en lo posible, acercándome a ella, dándole aliento. Porque ella también es mi hermana.

Porque todas, en realidad, a pesar de las circunstancias específicas que nos rodean, son mis hermanas.

SEXO CON ADOLESCENTES EN LA ERA DEL #METOO

SEXO CON ADOLESCENTES EN LA ERA DEL #METOO

Ilustración de Laura Aldana.
Es moralmente reprochable que un adulto tenga sexo con un adolescente, pero ¿quién está dispuesto a hacer ese reproche?

Cuando la gente habla de Cien años de soledad suele enfocarse en la parte mágica de la trama, lo extraordinario en lo relatado por García Márquez, y deja de lado que el autor hizo un retrato de la realidad cotidiana de un país, que no se conoce a sí mismo. Desde la masacre de las Bananeras, las cruentas peleas entre rojos y azules, hasta los 17 Aurelianos, todas son pequeñas realidades de un país profundamente católico, profundamente ignorante, profundamente conservador, profundamente machista, profundamente lleno de odio.

En Cien años de soledad, García Márquez menciona un hecho que no es más real y cotidiano de lo que podría esperarse de una novela de realismo “mágico”: el caso de la pequeña Remedios Moscote, de nueve años, que habiendo encantado al cuarentón Aureliano Buendía, se convierte en su esposa. De la unión, Remedios resulta embarazada de gemelos que envenenan su sangre y la llevan a la muerte.

Al respecto, resulta hoy particularmente relevante considerar que para que Aureliano se pudiera casar con Remedios, ella tuvo que dar el sí, o sea, tuvo que consentirlo; aunque esa misma aceptación se muestra frágil, pues ni siquiera podemos estar seguros de que ella supiera a qué le daba el . Además, para permitir la ceremonia, ella tenía que llegar a la pubertad, pero no le permitieron llegar a ella naturalmente, sino que la “adelantaron” con mecanismos desconocidos.

La de Remedios es una historia recurrente en la realidad colombiana (1) porque resulta que en nuestro país, por herencia de los romanos, la pubertad se tiene como el requisito sine qua non para iniciar normalmente la vida sexual; a esto se debe que, inicialmente, nuestro Código civil y nuestro Código penal hubiesen establecido los doce años como una edad razonable -para las niñas eso sí, pues para los niños se establecía la edad de catorce años- para tener relaciones sexuales e, incluso, para alcanzar algún tipo de madurez, legal o contractual.

A pesar de que en los códigos penales del ‘36, del ‘80 y del 2000 (2) era delito tener relaciones sexuales con un menor de catorce años, legalmente se establecía que las niñas de doce años podían casarse y formar una familia, lo que necesariamente significa que se permitía tener con ella relaciones sexuales, aun siendo el otro cónyuge de una edad mayor.

Gracias a la Corte Constitucional se reafirmó, por medio de acción de constitucionalidad (3), que sólo hasta que alcanzaran los catorce años, niños y niñas, era posible que los menores dieran su consentimiento legal, así como el sexual, igualando las situaciones legales de ambos géneros, en aras de protegerlos de injerencias de terceros que afectaran negativamente su desarrollo. Salvaguardando, en teoría, el bienestar de la menor en el ámbito civil y el bien jurídico de la libertad, integridad y formación sexual en el campo del derecho penal.

Aún así, hoy en Colombia sigue siendo perfectamente lícito que un cuarentón tenga sexo con una niña de catorce años y un día.

Lo anterior representa un choque ideológico, que en nuestro contexto nacional y global actual es de vital importancia considerar. Estamos en un momento en el que las mujeres estamos reclamando a la sociedad por los abusos y agresiones que históricamente se han cometido contra nosotras por parte de los hombres que conocemos, en nuestras familias, en nuestros trabajos, en nuestros hogares y escuelas.

Es urgente resolver la disyuntiva que surge al respecto: el hecho de que un comportamiento siendo lícito, no es necesariamente bueno, ni siquiera moralmente aceptable, porque las consecuencias tangibles (embarazos, partos, pobreza generacional) e intangibles inciden sobre la sociedad.

Para resolverlo es necesario determinar, entonces, qué significa la normalización legislativa de una relación inherentemente desigual, en la que una parte tiene una posición de superioridad sobre la otra, aunque sea de una manera sutil; frente a este comportamiento lícito, que se da en Colombia a diario, no existe autoridad a quién se pueda recurrir, pues la posición de superioridad del hombre frente a la niña se ha normalizado tanto que suele verse como un logro tener sexo con alguien tan joven.

Y digo niñas porque, aunque llega a ocurrir que una mujer adulta -o incluso un hombre adulto- tenga sexo con varones adolescentes, es mucho más usual que ocurra lo contrario. Ver a un tipo cuarentón con una de veinte, no despierta más que uno que otro comentario al aire. Pero, lo mismo ocurre con una de quince y uno de treinta. O uno de veinticuatro y una de catorce (4).

El hecho de que, legalmente, una adolescente pueda consentir el tener sexo con un adulto no significa que esté realmente preparada para asumir las consecuencias que puede llegar a tener este tipo de relación sobre su vida; pero es un reflejo, como muchos, de la vida social en la legislación vigente. La cotidianidad deja sin asidero el hecho de que este tipo de relaciones se basan en un axioma cuasi irrebatible: la menor es mental, económica, social, emocional, físicamente inferior al adulto.

Es un poco más sencillo en sociedades como la gringa, donde se ha establecido una edad de consentimiento sexual para los adolescentes situada en la mayoría de edad o muy cerca de ella (5), e incluso la ley propone excepciones con respecto a una diferencia de edad entre el adolescente y el mayor de edad que tiene poca diferencia de edad con respecto al menor. Está el caso de la Ley Romeo y Julieta de Texas (6), que legaliza el concierto sexual entre un menor de edad y un mayor de edad, siempre que la diferencia de edades no supere los tres años; pero acá en Colombia no existe una regulación que se le parezca.

Acá, por ejemplo, si nos encontramos con que el amigo de la familia, de 36, tuvo sexo con la chica de 15, con su consentimiento, deberíamos reconocer que el acto no es crimen, sino que, cuando mucho, traicionó su amistad con la familia; es una píldora que resulta difícil de digerir. En nuestro país, conceptos como el grooming son básicamente ignorados, y la idea de que el amigo puede ser un abusador, aunque no sea criminal, no es considerada; la etiqueta de víctima, por lo general, no se le asigna a la adolescente.

Por otro lado,  quizá ella misma tampoco la asuma, y esa es la dificultad del tema; no se puede forzar a una persona a reconocer que ha sido victimizada o ultrajada, en cualquier categoría. Pero permitir que una niña siga con su vida, aceptando que las relaciones con desiguales posiciones de poder son normales, abre la puerta a que los hechos se repitan o puedan crecer en complejidad y, ahí sí, lleguen a una posición en la que sería innegable el abuso.

Es moralmente reprochable que un adulto tenga sexo con un adolescente, pero ¿quién está dispuesto a hacer ese reproche?

Hacerlo implicaría subvertir nuestros estándares de comportamiento actuales, dejando de ser responsabilidad de la adolescente el protegerse, para convertirse en responsabilidad estatal y social proteger a la adolescente de injerencias potencialmente dañinas para su bienestar.

El hashtag #metoo (7) se basa en la noción de que a muchas nos has pasado, hemos sido acosadas, o seguidas, o manoseadas, o abusadas, o violadas. No se trata de una de cada cinco, o una de cada cuatro o lo que sea que estén diciendo las estadísticas, sino de que hay un número indeterminado de mujeres que hemos estado involucradas en relaciones que, en su misma esencia, nos victimizan por lo menos en un momento de nuestras vidas.

Hablar de víctimas significa que  cada una de nosotras, que hemos sido tocadas por el abuso de nuestros pares en algún momento de nuestras vidas, nos reconozcamos como tales, al menos inicialmente (he visto muchas mujeres que rechazan el contenido semántico de la palabra y optan por el término sobreviviente o por alguna otra designación), porque significa una labor de reconocimiento del daño sufrido a raíz de esta relación desigual y de asumir los efectos que tuvo para las consiguientes decisiones y relaciones.

Asumir esa etiqueta, con toda su carga ante la sociedad, no es sencillo, sobre todo porque aún se nos sigue preguntando a las mujeres qué hicimos para generar esos sentimientos en el abusador, cuánta confianza les dimos, qué les dijimos, en qué grado fue nuestra culpa por hacerlos caer en la tentación que representamos.

Aunque a veces, como Remedios, lo único que hicimos fue atrevernos a existir frente a sus ojos.

(1) [https://www.elespectador.com/noticias/judicial/un-debate-espinoso-sobre-abuso-sexual-articulo-80791]

(2) [http://www.suin-juriscol.gov.co/viewDocument.asp?id=1791348]

 [http://www.secretariasenado.gov.co/senado/basedoc/ley_0599_2000_pr007.html#200]

(3) [http://www.corteconstitucional.gov.co/relatoria/2004/C-507-04.htm]

(4) [https://cerosetenta.uniandes.edu.co/serninalatam/]

(5) [https://www.thesurvivoralliance.com/legal-age-consent-50-states/]

(6) [http://www.texascriminaltriallawyer.org/2012/09/26/texas-romeo-and-juliet-law-allows-more-exemptions-from-sex-offender-registration/]

(7) [https://metoomvmt.org/]

LA IDENTIDAD POSPARTO

LA IDENTIDAD POSPARTO

Ilustración de Valentina Martínez
Es como un estado de limbo, porque quien éramos antes de parir ya no está.

 

En los últimos años se ha vuelto cada vez más común hablar -entre mujeres-, virtual o físicamente, de lo que significa para la identidad de la mujer tener un hijo y, sobre todo, convertirse en la curadora principal de ese hijo en casa, sola.

Ya al menos la idea de la maternidad como la manifestación de un milagro, de la realización plena de la mujer, se ha perdido un poco en ciertos círculos aunque quizá no en el mainstream, dónde es muy común que la gente que visita -generalmente sin avisar ni preguntar- se maraville con el nuevo bebé sin tomar en cuenta a la nueva madre, pues incluso dejan de preguntarnos cómo estamos, lo cual lentamente nos lleva a que nosotras mismas dejemos de preguntarlo.

Entonces, la identidad como nuevas madres toma un rol preponderante porque no es urgente preocuparnos de si nosotras estamos bien, de si estamos satisfechas o felices. Escasamente dormirnos o comemos lo suficiente, porque la preocupación primaria es que el bebé coma, que se bañe, que esté limpio, que esté feliz, que aprenda cosas nuevas, que se esté desarrollando según la curva de crecimiento.

Ni siquiera podemos darnos el lujo de exclamar, indignadas, “¿es que usted no sabe quién soy yo?”. Porque honestamente hasta nosotras mismas dejamos de saberlo. Es como un estado de limbo, porque quiénes éramos antes de parir ya no está; nuestra ropa ya no es útil, nuestros gustos no tienen cabida en la rutina diaria, las expectativas se limitan a que por favor, el bebé duerma suficiente para darme un baño hoy.

Preocuparse por lo insatisfactorio que llega a ser no tener más que lo básico, lo triste que es no tener nada por fuera las necesidades del bebé y hablar sobre eso es cada vez más común: tenemos más libertad de decir que no queremos ser solamente madres, que el rol de madre, y aún más el de madre que se queda en casa, no es suficiente para ser feliz.

Hablar sobre el tema es validarlo y eso urgente en un mundo que siempre nos ha tratado de histéricas y de locas si no encajamos. Saber que no somos las únicas ayuda a aceptar que está bien querer más, está bien pedir y desear más, pero también ayuda a normalizar las dificultades para conseguir lo que en realidad queremos.

Si muchas de nosotras hemos estado mal, si también hemos sufrido esta soledad y este terrible aislamiento que viene luego de parir y si a las demás “no les ha pasado nada”, quizá tampoco nosotras deberíamos quejarnos tanto.

Pero no son sólo quejas: el aislamiento es real, la depresión es real, la preocupación por las amistades  es real, las dificultades para volver al mundo del trabajo son reales.

Y las soluciones son complicadas, porque no es cuestión de salir de la casa a caminar, ir a un museo a conseguir estimulación mental y leer libros para que nuestro cerebro no muera a punta de repetición y canciones de la Granja.

Salir significa organizarnos, llevar la botella de agua y los pañales y los pañitos húmedos y estar dispuesta a salir corriendo a esconderme si el bebé comienza a llorar a gritos porque sí, a todos les encantan los bebés, pero verlos llorar siempre es un fastidio. Y la madre siempre tiene que hacer que su hijo se calle, por favor.

Además, salir implica vestirme, alistarme para el público que nos mirará de reojo por cómo nos hemos podido echar a perder, porque bajar de peso, subirlo e incluso la insatisfacción de sí tener el mismo peso pero no el mismo cuerpo y vestirlo para salir, es un dolor de cabeza. Porque nada nos queda bien, nada sirve para atender al hijo, porque debemos poder movernos y correr para atraparlos por si se escapan, y siempre se escapan. Y recordamos que la ropa no nos queda pero no hemos tenido tiempo de ir a medirnos ropa como debe ser, porque nunca lo hay, no alcanza el día para una nimiedad como esa.

Y eso hace complicado hasta hablar y salir con amigas, sin el bebé; implica contar con una red de apoyo dispuesta a preocuparse por nosotras si no contamos con la plata suficiente para contratar a alguien que pueda cuidarlos en esos momentos. Y la triste realidad es que a veces no contamos con ninguna de las dos cosas, lo que implica que los planes deben cambiar o aplazarse  y esas eternas conversaciones con amigos se van al traste porque además de que hay que cumplir un horario más o menos estructurado para el bebé, él tampoco aguanta más de dos horas en un mismo espacio, ni siquiera con la terrible tablet y los vídeos de la Granja.

No es fácil empezar a pelear por lo que queremos, sobre todo si como mujeres hemos estado acostumbradas a aceptar lo que nos toca en vez de aspirar a cumplir deseos propios, aunque se vean difíciles de realizar.

Pero es necesario. Porque sin pedirlo, sin exigirlo, y, sobre todo, darnos cuenta de que es posible, nada va a cambiar. Es tan, tan cierto eso de que el que no llora no mama, pues aunque, sería lindo que nuestro grupo, parejas, amantes, familiares se dieran cuenta por sí mismos de lo mucho que necesitamos apoyo, la experiencia ha demostrado que, por duro que sea, las cosas que queremos debemos pedirlas.

Para eso debemos primero saber qué es lo que queremos, y sentarnos a definir cuántas de nuestras cargas son en realidad necesarias de asumir y con cuáles de ellas, por designación ajena o propia, ya no queremos vivir, porque si no hacemos eso nunca podremos, libremente y sin culpas, crear una identidad propia que no se agote en nuestros hijos sino que nos permita ser más nosotras, lo que sea que eso signifique.