LA REBELIÓN TEXTIL

LA REBELIÓN TEXTIL

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La rebelión textil se pensó como un espacio de convivencia grupal, experimentación y reflexión, para dar visibilidad al problema de violencia de género en el contexto urbano. El laboratorio estuvo dirigido a mujeres y personas no binarias y tuvo por objetivo explorar los textiles electrónicos como medios tácticos para la protesta y la acción colectiva, con propuestas colaborativas basadas en materiales electrónicos y de costura que finalmente se activaron en el espacio público.

Encontrar la manera de activar una voz, desde el Arte, en acciones que involucran la colectividad y la memoria, parece ser una fórmula resuelta. Las estetizaciones, los medios, incluso los nombres de quienes interpelan estos dispositivos, parecen repetirse en el tiempo y en el espacio.


En Colombia hemos crecido haciendo productos de memoria y colectividad que involucran, casi intrínsecamente, la narración/interpretación de la violencia. Y no es de esperar otra cosa, es la violencia la que nos ha parido por generaciones; la que ha condicionado nuestras maneras, nuestras relaciones, miradas, ideas, andares, desasosiegos.

No es nada nuevo: Colombia ha sido tierra de desterrados. El conflicto ha permeado nuestra sociedad desde sus cimientos coloniales y ha construído, en cambio, un tejido social que se ha edificado como consecuencia de las desigualdades, injusticias y diferentes mecanismos de discriminación.


Estas violencias, instaladas a lo largo y ancho de toda la América Latina, se basan en los mismos principios, los mismos miramientos políticos poscoloniales: sistemas de desestabilización, control de la economía y las materias primas, negación del relato histórico y de los lazos geopolíticos: material distópico. Sectores económicos que destruyen los sentidos comunitarios y de organización popular de discursos políticos, intervenciones eurocentristas (con su más actual extensión, Norteamérica), la precarización de la vida. La eliminación de esa otra historia le ha permitido al discurso estatal imponer la despersonalización de los discursos populares y sus cometidos, la incidencia que debería tener en el axioma político que permite cambios y legitimiza esos otros discursos.

¿Es el Arte esa instancia que permite la reflexión? ¿El último bastión de la libertad? ¿Construye una relación afectiva y cognitiva sobre el espectador, permitiendo la forma más profunda de reflexión, que parece más psicomagia que metafísica en algunos casos?

Ahora bien, en materia de género. Los haceres del Arte parecen conquistados por cuerpos masculinos; por supuesto, una mera extensión de los mecanismos de la hegemonía. Y con “haceres” hablamos de varios lugares: el de la representación, el de la Institucionalidad, pero también las materialidades, los temarios.

Es, por todo esto en conjunto, muy importante crear espacios desde el Arte que articulen la memoria y la colectividad, a manera de una radiografía de la violencia. Pero con una mirada descolonizada, donde los discursos latinoamericanos tengan posibilidad de analizarse en todo su espectro, y quienes interpelan esos discursos sean cuerpos con voces reintegradas, cuerpos feminizados por el discurso oficial y de a pie.

Es en este contexto conocimos a Dora Bartilotti, en su paso por Medellín y su residencia en Platohedro, titulada La rebelión textil.

Dora (MX) es una artista sonora y visual. Su producción e investigación aborda los cruces entre arte, diseño, pedagogía y tecnología, sobre los que ha impartido cursos y talleres desde un enfoque crítico e interdisciplinar a diversos públicos y comunidades. Fue co-fundadora de BINARIO: Festival Internacional de Arte, Diseño y Cultura de los Nuevos Medios (2012 – 2015) y del colectivo de performance audiovisual #FFFF (2011-2014). Actualmente forma parte de Medialabmx, cuyo objetivo es la investigación y el desarrollo de los vínculos entre arte, tecnología y sociedad. Es miembro del Laboratorio de Inmersión BBVA Bancomer – CCD y beneficiaria del programa de Residencias Artísticas en el Extranjero del FONCA.

La rebelión textil se pensó como un espacio de convivencia grupal, experimentación y reflexión, para dar visibilidad al problema de violencia de género en el contexto urbano. El laboratorio estuvo dirigido a mujeres y personas no binarias y tuvo por objetivo explorar los textiles electrónicos como medios tácticos para la protesta y la acción colectiva, con  propuestas colaborativas basadas en materiales electrónicos y de costura que finalmente se activaron en el espacio público.

El proyecto desarrollado en Medellín se compone de varios momentos:

1. La plataforma de Voz pública.
Dora creó la página ( http://www.dorabartilotti.com/voz_publica/ ) como un primer paso para la estrategia de la visualización de las violencias que sufren los cuerpos femeninos -o feminizados- en el contexto urbano. El trámite es sencillo, y da la posibilidad de anonimato (tanto de nombre como de IP) a quien quiera aportar su historia, permitiendo evidenciar las narrativas de esas violencias, más que convirtiendo a la víctima en números y estadísticas que perecerán en el olvido.

Esta web es un diseño previo y experimental, anterior a la versión final de la plataforma que está en construcción.

2. Laboratorio textil
Como ejercicio en sí mismo, el laboratorio fue potente. Permitía unir dos haceres tradicionalmente binarizados: el tejido y la costura con materiales y resoluciones electrónicas. Además, se construyó una lógica de comunidad sorora que se basaba en los mismos cimientos de los costureros y las tertulias.

Se desarrolló, en grupo, una propuesta textil para activar en la calle. Cada una de las participantes utilizó un pasamontañas y una falda, ambas cosas fabricadas en el taller, y esas prendas portaban dispositivos electrónicos que reproducían las historias anónimas de la plataforma web, gestionando así una propuesta expandida y de activismo, con una estetización e imaginería muy contemporánea. 

3. Acción pública
Finalmente, se organizó un performance que salió desde Platohedro y avanzó por toda la calle Ayacucho, hasta las Torres de Bomboná, en el centro de la ciudad. 

Este compendio de acciones hacen parte del proyecto de investigación que Dora viene realizando desde hace poco más de un año. Y es un primer paso en la realización de su mediación, Voz Pública. 

En palabras de Dora: “Voz Pública es una mediación táctica y una pieza de arte participativo en proceso que está basada en una plataforma virtual en internet, un textil electrónico y una serie de laboratorios urbanos que en conjunto buscan conformar una red de acciones colaborativas, a nivel local y virtual para abordar el problema de violencia de género en el contexto urbano en Latinoamérica.”

La intención, por supuesto, no murió con el laboratorio en Medellín. Es apenas un paso en la construcción de espacios para las mujeres y los cuerpos históricamente feminizados, tanto en el espacio público, como en el Arte, en la multiplicidad que ofrece la sociedad a los cuerpos que la integran a las ciudades y lugares que estos transitan.

Por otro lado, es una invitación a pensarnos el espacio que habitamos y que nos rodea, no sólo como un lugar ya construído por otros y que se erige sobre nosotras, sino cómo tenemos la posibilidad y la obligación de tomarlos nuestros, alterarlos con nuestros tránsitos y sus otras posibilidades, sus otredades.



PARA VISITAR
http://www.dorabartilotti.com
http://www.dorabartilotti.com/voz_publica/relato.php
http://medialabmx.org/
http://platohedro.org/

LECTURAS RECOMENDADAS

+Manifiesto Cyborg, de Donna Haraway
+Megalópolis: Sensibilidades culturales contemporáneas, de Celeste Olalquiaga
+Rebel cities, de David Harvey

NO INTENSO AGORA

NO INTENSO AGORA

un documental de João Moreira Salles

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La ingenuidad de quien graba lo que sucede sin saber qué va a pasar, la ingenuidad de quien presencia su propia vida.

En el París del 68’ corrían tiempos de anormalidad. Tiempos de derechas con hambre de guerra, ansiosos de favorecer sus bolsillos con nuestra pobreza, justo como ahora. De continuar con los valores de antaño, con la gente ¨de bien¨: hombres varoniles y trabajadores incansables, mujeres sonrientes, bellas y complacientes que crían niños para el servicio del Estado. Y esos muchachos, criados en el privilegio de la postguerra, se alzaban en bandada por poder reconocerse como iguales sin importar raza, género (aunque evidentemente binario), papel social; por el derecho a la felicidad y a ese estado que ella conlleva idealmente: la libertad de los cuerpos y las ideas; la contracultura, las difamaciones, el derecho a la vagancia, a la diferencia, a cuerpos menos hegemónicos, intensamente como ahora.

Por momentos, todo resulta intensamente familiar. Los tiempos difíciles parecen estar más aquí que nunca: nuestra ingenuidad está atenuada por el consumismo, nuestro miedo a la violencia desencadena juicios desde la ignorancia y un gran miedo a la confrontación del debate y la discusión inteligente y argumentativa. Las luchas, que parecen más mediáticas y estrepitosas, son más superficiales; los antiderechos se escudan en el derecho a la libre opinión, pero se refuerzan en gobiernos tecnócratas con discursos de odio, la guerra a la ¨ideología de género¨, nuevas segregaciones que parecen tan antiguas, el fin del comunismo es el fin de la corrupción; las gendarmerías que, en todo el mundo, arremeten contra estudiantes, jubilados y obreros, recordándonos imágenes que perfectamente vemos en los libros de historia sobre las dictaduras latinoamericanas, sobre la represión policial en Harlem, en Selma;  la masa crítica parece no entender que la crítica necesita análisis y conlleva incomodidad: es un acto violento en sí mismo pero que desencadena beneficios.

En medio de todo este caos emocional, identitario y político llegó En el intenso ahora, del documentalista João Moreira Salles.

La reflexión se construye a manera de ensayo, tejiendo espacio para la interiorización, a partir de un found footage familiar, de los componentes históricos de los acontecimientos del 68’, pero reconstruyendolo desde la experiencia y las miradas que componían las voces de esos encuentros. Más que otro documental que expone ideales y rostros, ofrece una visión fresca y relaciona hechos anecdóticos que, en la misma ecuación , se convierten en la historia palpable. 

Es un llamado al análisis histórico revisionista, que piensa en las personas como personas, proponiendo un nuevo acercamiento que dista de la romantización del movimiento estudiantil de ese mayo rebelde y  del distanciamiento que producen las estetizaciones políticas de los grupos sindicalistas, gobiernos comunistas, pero también de los discursos oficiales del Estado y de las derechas represivas, de las cifras y la memoria histórica distorsionada por el tiempo y la normalización.

Primero, está su madre. Su mirada parece hasta ingenua; la dirección de esa mirada se puede ver en lo que encuadra con su cámara en un viaje a la República China, lo que decide enfocar, lo que deja de lado, lo que visita y lo que no. El acondicionamiento de su estatus, pero también lo que va a significar en la vida de sus hijos, en los sucesos históricos a seguir de la Francia del 68’ y de las huelgas de un Brasil roto. Francia, donde vivían; Brasil, de donde venían.

Así, João compone un relato histórico con archivos ingenuos. La ingenuidad de quien graba lo que sucede sin saber qué va a pasar, la ingenuidad de quien presencia su propia vida.

Estos archivos familiares se encuentran con archivos amateurs anónimos de la ocupación soviética en Checoslovaquia, que a la vez desencadenan encuentros con el Mayo francés del 68’, a través de las cámaras de los estudiantes de cine. Y es en ese mayo francés que son expuestos unos rostros conocidos, pero interpelados sin glorificar: sus acciones ya han sido juzgadas y sus nombres citados. 

Los estudiantes configuran la escena. Sus consignas son las del optimismo de la juventud, las de una generación que gritaba a voces por la discusión del bien común, son espectadores individuales y actores en colectivo. La voz narrativa mantiene el pesimismo del presente que ya ha descartado la esperanza, que ya conoció el final del recorrido, a la par que lo transitó.

Al otro lado del mar, en Brasil, el dolor crece. La dictadura se afianza. Los muertos son reclamados y la respuesta es nula. Y, aunque es el Brasil de su familia, está en la distancia. Es perspectiva permanece lejana porque es la distancia que vivían los Salles en París. Las sensaciones se mantienen en una nostalgia pesimista: el régimen violento en China, las promesas irreconciliables, las alianzas rotas entre estudiantes y sindicatos franceses; agosto en Checoslovaquia, con los tanques soviéticos y el miedo. 

Es el pasado, quizás, lo más necesario. Para evitar la reincidencia, para evitar el olvido. Pero el pasado, al final, termina siendo meramente olvidado y apilado. ¿Qué dirán en el futuro de nuestra ingenuidad?

EL SILENCIO NOS LO DIERON TODOS

EL SILENCIO NOS LO DIERON TODOS

Ilustración de Laura Aldana
Para poder ser buen oyente hay muchas recomendaciones, seguramente una cantidad importante de literatura al respecto, pero la base está en la empatía sin miramientos morales ni recriminatorios.

Este parece ser el momento cumbre para lograr construirnos otras. Nacen plataformas y se construyen espacios de encuentro, reconocimiento y apoyo. En los medios hemos visto crecer a movimientos como el #MeToo, y cómo múltiples paradigmas se están rompiendo alrededor del mundo con el trabajo y testimonio de muchas mujeres. Pero aún vivimos en una sociedad que, en apariencia, es incapaz de lidiar con la culpa y lo necesitamos contrarrestar de alguna forma.

Esta segunda entrega es para los demás. Para aquellos que están en la posición de quien necesita brindar apoyo o acompañamiento a una de esas mujeres o a uno de esos cuerpos femeninos. Quizá para aquel que necesita recordar, por un momento, que la víctima es una persona y no es negociable su situación.

Para entender, en un principio, esa incapacidad cultural que tenemos para lidiar con la culpa, no hay que que hurgar demasiado. Está visible en todas partes: en nuestra jurisprudencia, en el sistema de acción y reacción del Estado y todas las entidades involucradas, en la opinión pública y en los medios; pero también en nuestra red de seguridad, aquella que formamos con los más cercanos, amigas y familiares. Todos, víctimas, victimarios y espectadores.

Con la culpa nadie quiere lidiar, mucho menos con la negligencia. Y no se trata de una acción mezquina en sí misma (aunque, por supuesto, lo es), sino que es una respuesta que hemos naturalizado: no queremos sentirnos culpables, avergonzadas, juzgadas. ¿Quién sí?

En el imaginario colectivo de la sociedad existe el miedo constante a que se viole a sus mujeres, y es por eso que se nos disciplina, se nos enseña a no salir tarde, ni vestir provocadoramente, ni andar solas o coger un taxi en la calle. Porque en ese imaginario se mantiene una figura clara: un hombre, un malhechor, sale de entre la oscuridad, aprovechándose de su víctima. ¿Usará antifaz negro? ¿Capucha? Es un anónimo, por supuesto. Y, seguramente, un hombre pobre y perturbado. Un monstruo insaciable y enfermo que salió del seno de la violencia y ahora desahoga sus urgencias en mujeres desprevenidas.

Es tan usual la idea del agresor sexual como un monstruo, que nos hemos alimentado durante años con esas historias mediáticas que mantienen este discurso. Resuenan, casi siempre, los casos de aquellos violadores en serie, extremadamente violentos, con perversiones enfermizas, que luego aparecerán en una serie de 10 capítulos de Netflix. Pero los Ted Bundies del mundo son un porcentaje minúsculo. Y no representan al violador promedio.

Los violadores pueden ser de cualquier tipo. Y están en todas partes. Pueden ser el padrastro, el amigo de la universidad que se quedó hasta tarde haciendo un trabajo, el pelado de la fiesta, un amigo del novio, el novio, el primo, el tío o el vecino, el hombre de la calle que pasa. No se ven de ninguna forma en especial, no se ríen vilmente con voz en off alzando una ceja hasta donde les da el cuero cabelludo; no son necesariamente pobres o extremadamente ricos, y no necesariamente tienen planes macabros y perversiones enfermizas, no usan cloroformo. Lo más importante: la mayoría de las veces no saben que han violado.

Y nadie está preparado ni para aceptar que violó ni para aceptar que tiene algo que ver con ese violador; nadie quiere ser su amigo o familiar suyo, su mamá tendrá que lidiar con la culpa pública de haberlo parido y criado (porque, además, seguramente es culpable). Y seguramente tiene todo un patrón psicológico de depredador sexual: nada más alejado de la realidad.

Por eso, y para evitarle la fatiga a todo el mundo, la culpa es de la pendeja que lo acusa. De su falda corta, de su maquillaje de puta, de salir tarde y con las amigas y charlar con desconocidos en un bar; de andar por la casa en shorts, de sentarse con la piernas de cualquier forma, de bailar reggaeton, de entrar a la casa del tipo, de ser <>, de recibirle una cerveza o dejarse invitar a comer.

Es por eso que necesitamos entender que vamos a escuchar cosas que no solo no esperamos escuchar, sino que nos harán sentir culpables y negligentes o nos van a perturbar. Pero no es nuestro trabajo juzgar las reacciones de ese cuerpo femenino y violentado, sencillamente porque las reacciones son eso: reacciones producto del momento. Y posiblemente no correspondan a la reacciones que nos han enseñado que deben ser. Vamos a oír lo que no queremos y vamos tener que lidiar con nosotros mismos también.

Esa reacción que esperamos escuchar es la misma que espera escuchar la ley: que la víctima luchó, que la dejaron con heridas o marcas que prueban que fue violada. Que hubo penetración. Que la víctima está en un estado de shock tremendo, fuera de sí misma. Y puede que eso suceda. Pero es solo una de las múltiples posibilidades.

Para poder ser buen oyente hay muchas recomendaciones, seguramente una cantidad importante de literatura al respecto, pero la base está en la empatía sin miramientos morales ni recriminatorios.

Ante cualquier posibilidad, aquí una ruta a seguir para el escucha o acompañante una situación de abuso o violencia sexual (1):

*  Siempre crea en la víctima. Moralizar o juzgar es natural en nuestra cultura, como cosa rara, pero recuerde: se trata de ella y no de usted.

* Es importante recordarle, a lo largo de la conversación o conversaciones que tenga con la víctima, que no es su culpa (de ella). Evite cuestionar a la víctima o hacer afirmaciones sobre la situación. En cambio, recuérdele que está en un lugar seguro, en un espacio de diálogo, que usted la escucha y la apoya.

* Abrace la incomodidad porque la va a sentir, es completamente normal. Pero intente no transmitirlo ni recordárselo a la víctima; ni frases del tipo “esas cosas no se cuentan”, “eso cuéntaselo a un profesional”, “¿y yo qué puedo hacer?”, etc. La víctima le ha escogido a usted para afrontar la situación y necesita hablar. Si a la final usted cree que es unx pésimx oyente, entonces hágase saber antes de que la conversación se lleve a cabo, de la manera más considerada posible.

* Es importante que su papel se mantenga pasivo en la conversación. Usted está escuchando. No pretenda ni controlar cómo se siente la víctima, ni dar soluciones (a menos que le sean pedidas explícitamente). No asuma cómo se siente (la víctima), cómo debe o debió reaccionar. Es importante recordar que en la situación usted es parte de una red de apoyo y que, ante una agresión sexual, el proceso de sanación y todos los procesos que de ahí se desprenden (procesos legales, emocionales o físicos) dependen del ritmo que la víctima les ponga.

*  La paciencia será su mejor amiga, siempre es la mejor amiga de un buen oyente. Hágale saber que puede contar con usted, que no tiene que contarle o explicarle lo que no quiera, que puede hablar cuando esté lista. Nunca la presione para obtener información. Si la víctima no quiere hablar, está en su derecho a no hacerlo.

* Ayude a la víctima a recobrar el sentido de control de su vida. Durante la agresión sexual, le arrebatan el poder a la víctima, así que es importante que ella sienta que las decisiones que tome le pertenecen, que su cuerpo le pertenece y no necesita de ningún tipo de redención porque la culpa no es de ella. Apoye las decisiones y las elecciones que ella tome, sin juzgar, y evite sugerirle que <<continúe con su vida>> o se olvide de la violación; un sobreviviente necesita enfrentar la posibilidad de resolver el trauma de la agresión y comenzar el proceso de curación. Trate de no decirle qué es lo que debe hacer; en su lugar, ayúdela presentándole opciones y recursos para que ella tome la decisión que considere es correcta.

* El tacto o el contacto físico puede representar una situación de peligro para la víctima, así que vaya con calma. Examine el terreno antes de que un abrazo o una toma de manos pueda generar pánico, ansiedad o una respuesta negativa.

* Respete la necesidad de privacidad. Si la víctima necesita estar a solas, respete dicha decisión.

* Comparta con la víctima información importante sobre su situación, que le permita tomar decisiones en soledad, reflexionarlas y concertar consigo misma, así como pedir ayuda o gestionar procesos legales.

Aquí, algunos de los sitios web que pueden ser propicios:

http://vamosmujer.org.co/sitio/servicios/rutas-de-atencion.html

http://www.sdmujer.gov.co/inicio/981-abc-para-la-atencion-y-denuncia-en-violencia-sexual

https://www.fiscalia.gov.co/colombia/protocolo-violencia-sexual/

https://www.plannedparenthood.org/es/temas-de-salud/para-adolescentes/bullying-seguridad-y-privacidad/agresion-sexual-abuso-y-violacion

https://www.nsopw.gov/es/education//HelpSupport

* Y, por último, pero no menos importante, recuerde cuidarse a sí misma. Es importante que usted mantenga la calma y también busque apoyo si lo necesita. Que consuma contenidos que le ayuden a acompañar y ser mejor escucha y apoyo, pero también le brinden herramientas para encarar este tipo de situaciones y cambiar su perspectiva o deconstruirse.

La violencia sexual nos lastima a todas, y de nosotras depende que nos podamos construir otras y construir una sociedad donde nadie viole o piense que puede expropiarle a alguien su cuerpo y su poder.

De igual forma, si desea más información sobre líneas de atención o rutas de atención a casos de violencia sexual, o una amiga anónima que escuche (o lea, en este caso), puede escribirnos a holalasagrada@gmail.com

<<Ahora que estamos juntas. Ahora que sí nos ven>>

(1) Algunas de estas pautas fueron extraídas o basadas en artículos de Planned Parenthood, del NSOPW, National Sex Offender Public Website y el RAINN.

DEJAR EL SILENCIO

DEJAR EL SILENCIO

Ilustración por Alejandro Marulanda
Ilustración de Alejandro Marulanda
Ahora sí. La ira me ha reconstruido; o más bien, deconstruido.

Los ruidos vecinos de las casas llegaban por la rendija de mi cuarto; apretaba los ojos, con la fuerza de quien no quiere ver aquello que le rodea. Mis pies colgaban en el borde de la cama, golpeando rítmicamente contra la madera. Nunca lloré, nunca dije una palabra, nunca abrí los ojos.  

Me imaginaba, en cambio, como sería verme a mí misma desde lejos: yo, tumbada en la cama, inmóvil, respirando tan rápido como si estuviera corriendo; los dedos adormecidos en la punta, temblorosos, fríos, sudados. Ese hombre, casi anciano, sobre mí; los pantalones doblados a mi lado neuróticamente, la camisa polo aún puesta, el ritmo furioso y patético contra mi cuerpo, el olor empalagoso de un ambientador de canela que nunca podré sacar de mi mente.

Quién diría que sobreponerme tuvo que ver con la ira. Que asimilar cada detalle, al punto del insomnio, y repasarlo día tras día -por más de ocho años-, me ayudaría a reconstruir la persona que soy. Claro que eso estuvo aunado a otros muchos asuntos, personas y libros, pero hoy creo firmemente en el poder que tiene la ira para desarraigar el dolor y la vergüenza.

Tal vez, aún no me explico del todo. ¿De qué va eso de la ira en la reparación de un superviviente de violencia sexual?

Lo más importante es entender la  relación de las mujeres y de los cuerpos femeninos con la ira: carecemos de ella. Nos han educado para soportar, para mantener el estoicismo, para calmar y neutralizar; las mujeres iracundas no existen, existen las histéricas o los melodramas. Argumentos resultados de etapas hormonales, de invenciones, de supersticiones y exageraciones; el bello sexo no da golpes, no estropea nada. Todo esto se extiende a la diversidad de los cuerpos femeninos, que continuamente son despojados de la naturalidad que si persiste en lo viril. La violencia es reflejo de actos masculinos.

Nuestro rango de emociones también es restringido.

Los sentimientos más cercanos a desencadenar la ira no van dirigidos a nuestros cuerpos, sino a los cuerpos de los hombres que determinan nuestro papel. Los celos garantizan la fidelidad; el enojo de una madre mantiene el accionar de su hijo de manera correcta, como el Estado lo hará cuando crezca.

Me pregunto si esa reconstrucción les sucede a los victimarios. Si se cuestionan su reacción violenta, si mantienen el discurso de no poder contenerse, si pasan toda su vida recordando el olor de un ambientador.

La ira, desencadenante de violencia, conlleva cierto privilegio que a algunas personas parece no ocurrírseles, pero es la humanidad misma, una de las respuestas más primitivas.

El asunto está ahí. Si se nos permitiera la violencia, la historia sería otra. Tal vez me habría defendido con una patada tajante, con un golpe fuerte en la nariz. Tal vez habría pasado de todas formas pero yo, en vez de sentir culpabilidad y vergüenza , habría entendido que ese ser despreciable era el culpable y merecía algo de violencia de regreso.

Recuerdo cómo busqué la violencia de quienes sí podían sentirla para poder sentirme protegida. Alguna vez un amigo mencionó que podía pagarle a algún tipo para que lo apuñalara; yo nunca lo pensé más que en sueños y si me lo hubiese dicho una amiga, en cambio, mi reacción sería de extrañeza y no de lógica.

Me explico. Cuando se habla de Rosario Tijeras no se habla de una heroína, hay algo en ella que ha perdido esa natural reacción femenina y al final muere, como todas aquellas descarriadas de su condición moral.

Ahora sí. La ira me ha reconstruido; o más bien, deconstruido. El inicio de muchos pasos para superar,  pero también para tomar responsabilidad de mis actos. Y al igual que es necesario el reconocimiento de la otra: de su cuerpo, su cotidianidad, sus luchas, su encuentro consigo misma, su ira, y la ira colectiva que crea espacios en la ley y la jurisprudencia: crea cambios visibles y trascendentales en nuestra sociedad y en quienes somos. La ira no es la solución, pero es parte del asumirnos iguales, el principio del fin.