NEO SOUL: MABILAND

NEO SOUL: MABILAND

Ilustración de Laura Aldana
“El problema con las mujeres en Colombia es que no estamos siendo colegas, sino que nos estamos viendo como competencia. Ese para mí es el peor error” - Mabiland

La tierra del pacífico colombiano tiene una historia rica en cultura musical; por sus venas corren sonidos que combinan la herencia afro, criolla y española, pero es una experiencia que habita el subconsciente de sus habitantes.

En las calles de Quibdó, capital del departamento del Chocó, se escucha salsa, vallenato, champeta, reggaetón y otros géneros tropicales y bailables, que llevan a un imaginario de movimiento de caderas. Es en estas calles donde nace Mabiland, en 1995. 

Más poeta que música, se ha entregado a un ejercicio neurótico de la escritura, archivando sus textos en una cajita. Su madre le introdujo a Louis Armstrong, lo que iniciaría en Mabiland un romance con el jazz y el blues, un cambio que estudiará a profundidad en su ep Ciclos, del 2015.

Llegó a la ciudad de Medellín en el año 2012, a estudiar Comunicación audiovisual. Su vocación por la imagen se terminó mezclando con sus canciones, en la manera cinematográfica con la que las concibe.

Su inquietud es saber para dónde va, y, para tomar ruta, sabe que primero debe buscarse a sí misma.

Junto a Alexander Zapata, su productor, se embarcó en un acto concienzudo de conocimiento de todo lo que es ella con su álbum 1995, una entrega profunda al acto de confrontarse, donde consagró su voz de manera versátil al soul, el hip hop, el spoken word, narrando con contundencia un viaje emocional a través del amor, desamor, entrega y lucha; pasando por Mr. Robot y Saramago, Nina Simone y Ella Fitzgerald, estamos en un viaje íntimo, una aventura de interpretación de su ser y la construcción de un trabajo musical que se sale de la piel y se reconstruye en la memoria. 

Mabiland encuentra un referente afro, más allá del lugar común, en voces distintas al lado tropical, asumiéndolo con pasión, agresividad, alegría, pero sobre todo con honestidad.

La Intro  es un trozo del diálogo final de Siempre el mismo día (One day), una película del 2009 de Lone Scherfig, en la que una distorsionada voz de Emma (Anne Hathaway) expresa su visión del amor. Acompañada de una música siniestramente nostálgica, como de carnaval y fotos viejas, para dar paso a Instinto fugaz.

Ahí las guitarras nostálgicas se definen y dan paso a un saxofón que, de entrada, nos mete en una atmósfera llena de jazz y calor; estamos en medio de una escena bastante intensa de pasión, o tal vez el recuerdo del momento, la música de carnaval sale lentamente, el recuerdo se disipa. 

Ensayo de Ceguera nos recibe con un ritmo más electrónico y alegre, toma todo lo que quieras: es una canción de malsana entrega absoluta. Pero el velo se rompe al final, con un dial cambiando bajo la lluvia, con una melodía premonitoria de la siguiente canción. que busca la manera de romper el ciclo.

Cuanto más empieza con un recuento de momentos y renuncias, entre limerencia y olvido, redondeando con los referentes cinematográficos. Toma un  fragmento del diálogo, de cómo amar sin poseer, de la película el Lado Oscuro del Corazón (1992) de Eliseo Subiela, y termina con un ¿quién va a darte más? 

En ¿Qué tú quieres? trata de entender cómo se apagó el fuego y se agotó lo que se había construído con el tiempo. Canción 6 empieza con un sintetizador ochentero, con una grabación de quien pudiera ser la mamá de Mabiland contando como le gustaba cantar; de ahí empieza una narración introspectiva de lo que se es a través de lo que se ha vivido, yo y tiempo, un espejo en palabras, un desengañarse para despejar la mirada. 

Mala Fama inicia con un ambiente épico de r&b. Se ha abandonado la ingenuidad, con la verdad viene la rutina y la desensibilización, el sexo: amar y herir; parece ser narrada desde el punto de vista del otro. 

Vaya Forma con su sabor a bolero y caribe, es un reproche al malamor, a las expectativas no correspondidas. La voz de Mabiland es tan versátil, que se adapta a cualquier género.

Diciembre del 95 empieza con sonido ambiente: un bebé llorando. Relata su infancia, una familia resquebrajada; ella siendo criada por su abuela, los amores que fallaron, para luego hallar paz en lo que se es. La canción cambia a una segunda parte con un tono completamente distinto, rapeando de las lecciones aprendidas, repeliendo el odio, tal vez hablando de la escena musical y la atmósfera que se vive, pero que sigue con el sueño de hacer música.

Termina con El club de la pelea: un alegato sobre la amistad, la fama, la autenticidad y, en general,  tener los pies en el piso pero con la mirada en las estrellas. Después de mirarse en el espejo, encuentras un punto de equilibrio: “el dinero no da amigos ni gente que sepa querer”, un asunto que puede extrapolarse al sector artístico también.

VENÍ COMO SOS

VENÍ COMO SOS

Ilustración de Chavela Gómez
La veo otra vez en el horizonte, imponente, junto a la bandera de Colombia, es curioso que un símbolo judeocristiano de pacto divino como lo es el “arco iris” sea apuñalado por un hombre formado en esa doctrina religiosa porque ahora representa algo que escapa a su concepción del mundo: que hay personas que son distintas a él.

Es mediodía en Medellín. Voy bajando de las montañas en bus, hay un perezoso movimiento de fin de semana en la ciudad. Dos chicos se abrazan con ternura en un paradero de bus, en una tensión muda hay un beso silencioso, de los que no se consuman, de los que se dan con la mirada entre dos personas y que se guardan como secretos; en todo caso, acá siempre se siente algo pesado en el ambiente, siempre he pensado que el aire de Medellín tiene una densidad de plomo que estalla con un sol hiriente, como que algo va pasar y no, o mejor dicho, sí, pero uno no ve. Entonces pienso las tormentas de miedo que tienen esos chicos cuando salen a habitar la ciudad, miedo de existir en uno mismo, afuera.

Es la primera vez que asisto al Pride, la marcha del orgullo LGBTQ, una fiesta móvil que se pierde en la circunferencia del horizonte. Nos hacemos junto a los espectadores a esperar a unos amigxs, la multitud me sobrepasa, hay un drone sobre nosotros que me pone paranoico, pienso en los desfiles de gente en Paprika de Satoshi Kon o El congreso de Ari Folman, en la medida en que cada persona se proyecta como el sueño de sí mismo: la máxima expresión de libertad que puede hallarse en la complicidad de otros, ríos de gente sumergidos en el ritmo de música a todo volumen y mientras saltan detrás de las carrozas. Hombres musculosos y peludos con pantalón militar bailando, mujeres trans exponiendo la voluptuosidad de su cuerpo, hombres con armaduras de caballera de oro, alas negras de ángeles erotizados, pechos desnudos, vellos que están en todas partes, cuerpos depilados, mucho maquillaje, aretes, pelucas, trajes de carnaval y comparsa, mujeres tomadas de la manos corriendo en hileras, seres andróginos, chicas lesbomarxistas, hombres con medias veladas, drags elaboradísimas, maricas elegantes, divas, punks, callejeras, personalidades aletosas, ancianxs, jóvenes; un chico afro que se mueve como si estuviera hecho de gelatina, extranjeros agringados, gente con ropa más casual pero mucha más actitud, gente con altavoces en la garganta o micrófonos en la mano, marchantes más tranquilos, otros que tienen su botella de cerveza, de ron o su porro, vendedores con carretillas abriéndose paso, pancartas que dicen: “la revolución es marica”, “amo a mi hijo gay”, consignas de chicxs trans asesinadxs, “estoy vivx porque resisto”, y un sinfín de mundos que desembocan por los recodos del Centro.

El día anterior, unos señores de poncho, sombrero y carriel, como colonizadores de la moral pública, bajaron una bandera de arcoíris que se desplegaba imponente sobre el cerro Nutibara. la tiraron a la basura, luego la sacaron y la apuñalaron con una sevicia y un odio irracional, como si pudieran apuñalar la diversidad de una estocada.

La veo otra vez en el horizonte, imponente, junto a la bandera de Colombia, es curioso que un símbolo judeocristiano de pacto divino como lo es el “arco iris” sea apuñalado por un hombre formado en esa doctrina religiosa porque ahora representa algo que escapa a su concepción del mundo: que hay personas que son distintas a él. Es como si estuvieran reclamando el sagrado derecho a discriminar a otros “porque me parece una falta de respeto que exista gente que es diferente a mí y no tenga miedo a expresarlo”, como una especie de crimen existencial, sin saber que los monjes católicos se besaban en la boca como señal de respeto en la Edad Media, o la cantidad de reyes europeos que usaban tacones y maquillaje como símbolo de estatus; y todo cambia, porque en esta ciudad que en la fachada es parroquia y a los costados mercado de pulgas, tiene a sus hijxs maricxs reclamando el derecho fundamental a ser feliz en la piel propia.

Nada más antinatural que ese odio profundo a un arco iris. de pronto el otro año los titulares sean: “hombre de derechas dispara al cielo, le cae una nube encima, y tiene la mirada nublada, puff”.

Para algunxs falta fortalecer más la parte de denuncia y protesta, otrxs sienten que el mercadeo está devorando el significado de marchar. Hay dinámicas pesadas, como gente borracha peleando, gente que se aprovecha para robar, (en fin, las cosas que pasan en cualquier marcha), pero son tan insignificantes al lado de esta farra interminable, que al final la fiesta es un acto político, donde es imposible no sentirse en una marea de euforia.

Nosotros, finalmente, necesitamos sentarnos a descansar un rato.

Estamos cansados de marchar, anochece. un chico de tanga rosada en una carroza lleva al menos dos horas y media bailando sin parar, no entiendo como no se desmaya.

Nos vamos. En el taxi, el conductor dice que ojalá hubieran marchas así cada ocho días, porque le da mucho trabajo. Es raro hacer una marcha para reclamar algo tan propio como la identidad,  que más allá del “más marica el que no ama”, es el derecho a amarse a uno mismo, a lo Whitney Houston: Learning to love yourself, It is the greatest love of all.

Porque si la gente habita un ambiente donde todo el tiempo se siente agredida y constreñida a lugares de tolerancia pasivo agresiva, finalmente la reacción de las personas es estallar, gritarse las tripas, bailarse hasta la uñas, no irse callado a la tumba; porque afuera, ahí en la ciudad, hay una criatura violentísima de aliento pesado que se siente como perro arrinconado, ese ser de ignorancia, odio e intolerancia que cada año se va haciendo más pequeñito y algún día tiene que morderse la cola.

Fue bonito marchar con/por mis amigxs y celebrarle; finalmente la marcha es un gran mensaje de que no está bien sentirse alienado del propio cuerpo o de la mente por la sociedad: está bien ser vos, hay mas gente como vos, no estás solx, no está bien ser agredidx o asesinadx por ser como vos. Celebremos, caminemos juntxs, bailemos; vení de lentejuelas, de brillos en la cara, de barba, de pecho desnudo, de corbata, de falda, de tanga, de cuero, de satín, de afán, de música, de colores, de blanco y negro, vení como sos.

 

https://www.eltiempo.com/colombia/medellin/bajan-y-rompen-la-bandera-lgbti-izada-en-el-pueblito-paisa-de-medellin-382306

¡AFROFUTURISMO!

¡AFROFUTURISMO!

LINIKER E OS CARAMELOWS

Ilustración por León F. Valencia-Laura Aldana
Ilustración de León Felipe Valencia y Laura Aldana
Una figura musical que transgrede la identidad de género con una imagen provocadora y ambigua.

Brasil podría imaginarse como un territorio de integración y aceptación donde los cuerpos encuentran su espacio en el carnaval y la música, pero detrás de este imaginario de cuerpos mezclándose al calor de la samba se esconde una realidad aterradora: es el país con el mayor índice de asesinatos contra personas transexuales en el mundo.

Según datos de la Associação Nacional de Travestis e Transexuais (Antra), en el 2017 fueron asesinadas 179 personas trans, siendo el país más violento contra esta población, seguido de México con 56 casos; es como si cada 48 horas fuera asesinada una persona trans. De los 179 homicidios, 169  corresponden a travestis y mujeres transexuales, y 10 a hombres trans, apenas el 10% de los casos de este tipo son investigados y ni siquiera se llevan registros oficiales.

El 67,9 % tenía entre 16 y 29 años, el 80% de los asesinados eran personas negras, mulatas y el 70% se dedicaban a la prostitución.

La exclusión social contra la población trans es tan fuerte que el 82% de personas transexuales abandonan sus estudios para integrarse al mundo de la prostitución o el tráfico de drogas.

En este contexto tan complejo, Liniker es una figura musical que transgrede la identidad de género con una imagen provocadora y ambigua; se identifica como mujer trans y negra. Su imagen es toda una declaración política: rimel, lápiz labial, bigote y barba, grandes aretes, pañoleta, collar y falda, con una voz poderosa en la que retumban con fuerza y sensualidad toda la riqueza musical brasileña y el black music norteamericano.

Reta los estereotipos de identidad para reclamar lo femenino como suyo sin esconder la vitalidad masculina, donde lo más importante es fluir como la música para sólo ser en el ritmo alegre, a veces suave, a veces frenético, buscando una libertad que se expande por el micrófono.

Liniker creció en Araraquara, São Paulo, viendo cómo las amigas de su mamá se arreglaban el pelo y se maquillaban para salir a bailar mientras hablaban de empoderamiento; todas de piel oscura, todas hermosas, así entendió lo maravilloso que era ser negro. Su inspiración es su madre, quien le enseñó a ser fuerte y siempre le decía: “nao olhe pra baixo” (no mires para abajo), “levanta a cabeca vai para cima” (mira siempre hacia arriba). Ella fue quien le regaló su primer rímel, ella le enseñó a quererse como era; ella, a quién veía bailando samba en tacones, a quien veía resistir frente a los hombres de su vida que siempre destruían su autoestima.

Araraquara tiene una significativa población afro, y es allí donde tiene lugar una fiesta conocida como Bailo do Carmo, una sólida manifestación de resistencia de la cultura negra araraquarense que lleva más de 130 años. A mediados de siglo pasado los negros no podían ocupar los mismos espacios que los blancos, no podían frecuentar sus fiestas ni sus lugares de ocio, por lo tanto decidieron hacer un espacio propio. Liniker fue al Bailo por primera vez a los 6 años, a ver a su prima participar en un desfile; al ver a una mujer negra, orgullosa, apropiándose de ese espacio, entendió lo que significaba la representación: para Liniker, que nunca veía a la gente negra en la televisión o en los medios, el Bailo fue un evento informativo donde entendió lo que es el empoderamiento.

Liniker empezó en las artes a los 14 cuando inicio con el zapateo y el baile, y entró a una escuela de teatro en  su ciudad. Allí descubrió el arte que llevaba dentro, una “esencia visceral” llena de sensibilidad que construyó desde adentro hacia afuera, empezó a tocar guitarra y  a escribir, un proceso que se desbordó como una cascada y que no ha parado desde su primera canción. Luego llegó a Santo André, a estudiar actuación en la Escola Livre. Para la audición tenía que escribir una escena basada en un libro y representarla; Liniker escogió cantar, y sola, en el escenario con su guitarra, con su voz retumbando en todo el auditorio frente a unas cuantas personas, entendió que eso era lo que quería hacer. Un año más tarde, volvió a Araraquara y se encontró a su banda con la que grabó un álbum en el 2015, que cuenta con un video que se hizo viral en redes sociales.

Afrofuturismo es el nombre con el que llama a su proceso estético, usar telas y pelucas sin avergonzarse y que todo el mundo se haga cargo de su existencia. Para Liniker, la música es una herramienta para llegar a las personas a nivel emocional, su objetivo es crear redes, reclamar un lugar para que los  cuerpos se apropien del espacio, pues para ella salir de casa siempre fue amenazador pero necesario para hacerse respetar. A través de la música puede sentirse cerca a las personas e intocable en el escenario, su público es extenso y lo compone gente que quiere conectarse, sentirse bien, cantar a todo pulmón y bailar.

La importancia de este movimiento es que en una década las personas que vienen vean lo que se hizo y sepan que les pertenece y que lo hicieron por ellos, por sí mismos y por quienes sufrieron antes de ellos.

Su propuesta musical está acompañada por los Caramelows: Guilherme Garboso en la batería, Paulo Costa al bajo, Raphael Barona en el bajo y la guitarra, William Zaharanszki en la guitarra, Márcio Bortoloti en los metales y Barbara Rose, Ekena Monteiro y Renata Santos  en los coros.

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