CENTROS Y PERÍMETROS

Ilustración de Alejandro Marulanda
¿Cómo el centro de la ciudad, invariablemente de ésta, logró construir su propio espacio en el imaginario de las urbes?

El centro es el punto equidistante del perímetro de una figura, aun así, diría uno, que el centro de una ciudad no puede equidistar de un perímetro que no existe. ¿Cuáles son tales perímetros de una ciudad que se mueve como cosa viva? ¿Existe tal cosa como una ciudad de naturaleza invariable? Centro: lugar imaginario de encuentro, tanto más de tránsito que de reunión. Centros móviles que se desplazan tanto como los individuos que los constituyen. Y, que siendo lugares imaginarios desplazados a la realidad de las vivencias, dejan una marca en sus ciudadanos. ¿Cómo el centro de la ciudad, invariablemente de ésta, logró construir su propio espacio en el imaginario de las urbes?

Su propia acepción más general nos deja entrever tales desplazamientos de lo imaginario a lo real. Si aquel es el punto equidistante, es porque en su propia naturaleza se encuentra ya enclaustrada la propia definición de todo lo que confluye. En los centros convergen las diferentes miradas, las diferentes corporalidades, las diferentes ideologías, sensibilidades y violencias. Heteronomía y heterotopía (1) en si mismo, espacio que se mueve entre lo concreto y lo etéreo: entre los muros, baldosas, tiendas, galerías, bibliotecas y plazas de vicio; y entre gentes de todas las formas de ser.

El centro, entonces, ha sido llamado a su función salvadora de encuentro entre los sujetos que construyen todo el indeterminado perímetro de la ciudad. Una llamada, precisamente, a determinar lo que nos construye como ciudadanas en un espacio concurrente. Pero su propia condición irregular y heteronómica hace imposible su resolución, tanto más cuando las fuerzas del poder se entremezclan en un espacio común que es de todos, y a la vez de nadie.

En el centro de Medellín se pueden apreciar, en todo su esplendor, las dinámicas de un espacio en movimiento; un espacio que despierta simpatías, temores, afectos y tedios. Para unos es simplemente el lugar de paso obligado, para otros, en cambio, es ese contraespacio que resume la nostalgia de un lugar concreto, que circula entre su función geográfica y el sitio de los afectos de la memoria.

Un lugar que, sin embargo, son muchos lugares: microrrelatos dentro de las narrativas totalizantes de la geografía urbana. En cierta medida, podría entenderse como un lugar que resume y nos-resume en ese gran entramado de la polis, en el que todo está, mientras nada permanece; una suerte de Aleph urbano: lugar concéntrico, concurrente, convergente y mediador. Y es en ese lugar intermediario, en toda su acepción, que las estrategias de disidencia toman un lugar preponderante en esa gran trama de sentido que es la ciudad.

Desde la llegada del nuevo Código de Policía en Colombia, ciertas dinámicas ciudadanas se han desplazado: la misma comprensión de lo público y lo privado se han puesto en tela de juicio. Concepciones amparadas en lo jurídico, nuevos relatos de producción de verdad, que nos dicen cómo transitar la ciudad, cómo habitarla, cómo ser un buen ciudadano. Narraciones irritablemente moralizantes, casi adoctrinantes que regulan la vida en comunidad y que, de nuevo, desplazan el sentido del binomio público/privado casi hasta su inversión.

La disidencia encuentra allí un lugar propio entre toda la maraña de saberes y vivencias que se desarrollan en sus entrañas, que surgen de la experiencia vital de sus residentes, ocupantes, inquilinos o transeúntes; vive al margen, entre la material y lo fantasmático, entre la agenda cultural y las cervezas en la esquina. Convoca a su gente, que es la gente de la periferia, la gente del perímetro, a encontrar una voz que aúne sus esfuerzos de convivencia y comunidad, toda vez que su misma condición heterogénea sólo consigue estar unificada bajo el denominador común de la experiencia céntrica, el resumen de la vida en la ciudad.

Estas disidencias son, a su vez, contrarrelatos en un contraespacio, flujos de discursos reflejados en la angustiante vida contradictoria del centro, que reclama por una existencia pacífica, mientras ostenta las mayores cifras de delitos de la ciudad; de allí que sus propios relatos y estrategias involucran cada vez más opciones culturales de todo tipo. Y es allí donde se aprecia mejor lo heterogéneo mismo de las disidencias, que reclaman por la visibilización política desde muchos espacios: galerías, cafés, bibliotecas, bares, casas culturales, tanto como la calle misma. Un reclamo creciente por la representación de otras formas de compartir el espacio público, por la representación de otros cuerpos, de muchos y distintos saberes, de actividades que superen las discusiones más profanas, tanto más que se dan desde lo profano.

Tales actividades son, en suma, propósitos conscientes o no, desde la reunión del Lunes de ciudad hasta el recorrido desprevenido del flaneur, que camina, recorre, habita las calles como una forma de reclamar ese espacio que siempre fue suyo, pero que aun así necesita reclamarlo como propio, como sujeto público, habitarlo como forma de construirlo, como quien propicia la vida sin saberlo. Maneras de ser la ciudad, de impugnar las aparentemente inamovibles estructuras sociales que se ven derivadas de -e incluso reafirmadas en- sólidos andamiajes urbanísticos.

La consecución del ordenamiento social pasa tanto por los espacios urbanos clara o tácitamente delimitados según intereses económicos, igual o posiblemente derivados de raza, clase y sexualidades diversas. Y es en tales acciones cívicas, por nombrar de algún modo las experiencias vitales de los sujetos convergentes en tal espacio, que se intenta agrupar, con todas las aristas del caso, las resistencias necesarias y obligadas.

Las áreas de la ciudad, en apariencia, se entremezclan sin un orden real, luego con un vistazo menos general y es posible darse cuenta sobre lo intencional de estas divisiones. El centro entonces se formula y se reformula.

El ordenamiento territorial se convierte, por lo tanto, en otra tecnología de control al limitar los cuerpos según sus características; se los marginaliza y se los constriñe en espacios delimitados y en ese sentido, de nuevo, se los invisibiliza: donde <<el diseño de los espacios urbanos evita los encuentros incómodos y sirve para mantener las rígidas relaciones de poder existentes>> (2); mientras otros espacios, ya sin estos cuerpos disidentes para reclamar reivindicaciones políticas sobre los espacios urbanos, tendrán vía libre para la gentrificación y el capital. El centro, entonces, se propone, al menos desde esta visión ideal, como heterotopía en movimiento, un lugar que logre reunir todo tipo de pensamientos, donde los espacios para la cultura, el reconocimiento de todos los cuerpos y de todos los saberes prolifere hacia los sujetos periféricos; una suma de lugares que, sin embargo en el imaginario son uno solo, se extienda a todo el entramado urbano.

Una visión ideal donde todos los perímetros sean centro también: centros de cultura, que hagan suyo el reclamo de habitar la ciudad como nos parezca, sin miedos irracionales de discutir un libro o una película con amigos y una cerveza en la mano. En todo caso, uno o muchos centros diseminados por la ciudad donde se defienda la existencia colectiva en espacios en los que se siente la pertenencia y la identificación, aun con gente que no conocemos, pero están ahí, habitando como nosotros, una parte de nuestra ciudad.

(1) Foucault, M. (2010). El cuerpo utópico, las heterotopías. Buenos Aires: Nueva Visión.

(2) Santos, X. (2002). Espacios disidentes en los procesos de ordenación territorial.

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