DE LA CRIANZA DEL HIJO VARÓN ÚNICO Y OTROS DEMONIOS

Ilustración de Lina Rojas
No podría aventurarme a dar una fórmula de crianza, pero sí puedo asegurar, de acuerdo a mi experiencia, que la clave para educar un buen ser humano está en brindar amor a manos llenas, disciplina y libertad en justas proporciones.

«Uno no es ninguno, ¿para cuando la niña? Las niñas son las que atienden», son frases que me han repetido muchísimo desde que nació mi hijo; todas son odiosas, pero la última me parece, además de estúpida, machista, como si “atender” fuera cuestión de sexo y no de amor, de solidaridad, de alteridad, en fin… si me hubieran pagado por cada comentario similar que he recibido a lo largo de mi vida como madre, tendría asegurado el pago de la educación superior de mi hijo con toda certeza.

A raíz de una reciente cirugía que me ha obligado a un reposo absoluto, he tenido mucho tiempo para pensar en este tema, y he visto como mi hijo único, de 15 años, ha ido desvirtuando sin saberlo cada uno de esos comentarios, ha mostrado una entereza y una profunda madurez al asumir la responsabilidad de atenderme cuando, a pesar de mi propia terquedad, no puedo valerme por mis propios medios; con total sabiduría, con la claridad que a mí como madre muchas veces me ha faltado, en esos momentos de debilidad en que he dudado si soy capaz y he sentido temor de hacerlo mal. Sin embargo, ahora lo he visto a él tan seguro de lo que hay que hacer, de la diferencia entre lo urgente y lo importante y de lo que definitivamente puede esperar.

De lo anterior concluyo para responder al comentario aquel de que las niñas son las que atienden, que tanto me molesta, y afirmando con conocimiento de causa ya que obviamente soy mujer, que sin distingo de género o de la orientación sexual que se tenga, que lo realmente importante es la clase de ser humano que sea, que el que «te atiendan o no» depende de si le enseñas a tu hijo a ser solidario, con lo que garantizas que se compadezca no solo de ti, sino de su prójimo y que entienda que la familia no tiene que ser inmensa, solo tiene que ser familia…ahh, y no necesariamente biológica.

Agradezco a la vida todas las dificultades que hemos tenido que superar, siempre juntos, tomados de la mano. Y doy fe de que el secreto está en contar con nuestros hijos en la toma de nuestras decisiones porque al final también le afectan a ellos, en ser amigos sin dejar de mostrar autoridad, de siempre dar amor y confianza, de nunca faltar a nuestra palabra (si le prometes un regalo: dáselo, si le amenazas con un castigo: cúmplelo), reconocer nuestros errores puesto que no somos infalibles y enseñarles que del error y el fracaso se aprende, que el temor puede llegar a ser nuestro mejor aliado si aprendemos a vencerlo y a impulsarnos con él hacia adelante. 

En fin, creo que hoy aprendo más de Alejandro de lo que puedo enseñarle a él. Recuerdo cuando le compré los libros usados en el Parque Centenario y mientras los borrabamos yo lloraba porque no le pude comprar unos nuevos, y él, a sus escasos 6 añitos, me dijo: “no te preocupes mamá, lo importante es que tenemos los libros”… Desde ese entonces ya me daba lecciones. O cuando, a los 10 años, le dije que me venía a Bogotá a buscar oportunidades y me respondió: “Si eso es para nuestro bienestar y para nuestro futuro, vete. Pero me mandas a buscar porque mi lugar es contigo, donde tu estés, yo estoy”, y así ha sido, juntos nos hemos abierto un espacio en la fría capital, y reconozco que a su lado no es tan fría, ni tan gris, porque su sonrisa la llena de colores.

Cada día lo veo crecer como ser humano, tan libre de taras, de resentimientos, de prejuicios, con ganas de comerse al mundo, con sueños tan grandes como su corazón, veo como le reconocen sus logros en el colegio y como le tienen en cuenta para representar la institución en eventos distritales, nacionales y ahora internacionales. Reconozco que el orgullo, al igual que el amor, no me cabe en el pecho y que espero poder ver cómo cumple sus sueños.

Mientras eso pasa, sigo construyendo mis sueños a la par de los suyos, porque ser madre no riñe con el hecho de ser mujer, sino que por el contrario, me fortalece y me da herramientas y habilidades, me ayuda a ser mejor persona y a ser más segura cada día. De hecho, quienes nos conocen, saben que hicimos la carrera de derecho juntos, y que mi Alejo creció en las aulas de mi alma mater, con lo que, puedo dar fe, que un hijo no trunca los sueños, sino que puede llegar a ser, como en mi caso, el motor que te impulsa a lograrlos. Tengo cada anécdota de su paso por la universidad y podría abrir un blog solo de ellas, pero traerlas a este escrito me desviaría demasiado de este pequeño ejercicio; aunque no solo quedaron anécdotas, también quedó una familia con la que se puede contar para siempre a lo largo de su vida,  una variedad de tíos putativos de los que reconozco uno que otro comportamiento…esperemos que no así la locura, pues con la que le heredó a la madre ha de tener suficiente.

Puedo concluir, después de 15 años de haber iniciado esta experiencia de criar un hijo único varón, que “uno sí cuenta y es suficiente, y que no importa si es varón o hembra”.

En todo caso, creo que si tuviera que repetir la experiencia, no borraría nada, ni aun los momentos difíciles, porque son esos los que nos han fortalecido el carácter y nos han enseñado el valor del amor. No podría aventurarme a dar una fórmula de crianza, pero sí puedo asegurar, de acuerdo a mi experiencia, que la clave para educar un buen ser humano está en brindar amor a manos llenas, disciplina y libertad en justas proporciones, en dejarlos caer y levantarse, en ser suficientemente amigos para que te tengan confianza, sin perder autoridad y en comprender que no por padre o madre lo sabemos todo.

Ya seguiré contando en otra oportunidad cómo me sigue yendo en esta aventura y espero que el testimonio sea igual de maravilloso.

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