DE LA NECESIDAD PERSONAL A LA NECESIDAD COLECTIVA DEL ANTIESPECISMO DENTRO DE LOS DEBATES FEMINISTAS EN UN CONTEXTO LOCAL

Ilustración de Maria Adelaida Cárdenas
Las reflexiones entonces, surgen de una serie de cuestionamientos por la violencia que se ejercen a ciertos cuerpos que socialmente se han puesto en un lugar de mayor vulnerabilidad que otros.

Al evidenciar un despertar feminista en el último año en la ciudad de Medellín, considero que vale la pena poner sobre la mesa el cuestionamiento por los privilegios de especie; vale la pena y además es importante cuestionar, no sólo los privilegios de género de los otros, que nos oprimen, sino los propios que se han puesto por encima de los intereses de otres animales no humanos.

Por esta razón, hoy quiero hablar de antiespecismo y la relación que este movimiento político y teórico tiene con los postulados feministas. Sin embargo, antes de entrar a entender dicha relación, es importante entender a qué se refiere el concepto como tal.

Según Alexandra Ximena Navarro, las relaciones que los animales humanos hemos establecido con los animales no humanos, tienen que ver con las representaciones que se construyen acerca de ellos. De esta manera existen dos formas posibles de concebirlos. Por una parte, la especista, es decir, aquella que los concibe de manera instrumental, en función de, vivientes para, en relación con, o al servicio del ser humano (1). Esta perspectiva piensa a los animales no humanos como inferiores, carentes de recursos o, directamente, ellos mismos como recursos. Por su parte y en contraposición al especismo, continúa Navarro, está la perspectiva antiespecista que “los configura como una alteridad, que aunque diferente, incognoscible y extraña a la humana, es capaz de sentir dolor, placer y deseos de preservar la propia vida, por lo cual se le considera como una vida sintiente que debe ser respetada”.

Por lo anterior, se entiende que la estructura del especismo se cimienta en la creencia de la superioridad de los seres humanos como culmen de la evolución (antropocentrismo), atribuyéndole a estos la arbitraria potestad para dominar otras especies animales. Según Catia Faria, el antiespecismo es «el rechazo a la discriminación que sufren los demás animales por razón de su especie. Y es la lucha por el fin de esta discriminación que se manifiesta por una parte en su explotación y por otra en negarse a ayudarles cuando lo necesitan. Exige hacerse vegana y sobre todo activista para erradicar el especismo.” (2).

Tener reflexiones particulares por este tema no es espontáneo, sino todo lo contrario, se dan a partir de experiencias personales que me han atravesado desde lo sensorial y lo racional, y es por esta razón que el texto está escrito en primera persona, pues me resulta difícil abordar un tema que no ha pasado por mi cuerpo.

Las reflexiones entonces, surgen de una serie de cuestionamientos por la violencia que se ejercen a ciertos cuerpos que socialmente se han puesto en un lugar de mayor vulnerabilidad que otros; y es por esto que llega primero el feminismo a mi vida (posteriormente el transfeminismo) que el antiespecismo, evidentemente por el cuerpo que encarno y las violencias recibidas a partir de la lectura que les demás hacen de éste; y quizá llega también primero por la poca empatía que se suele tener cuando las opresiones no son hacia una.

Han pasado ya veinticinco años desde que se me asignó arbitrariamente la etiqueta social “mujer” y en la mayoría de los mismos, por esa condición de género, se han ejercido sobre mí una serie de violencias sistemáticas normalizadas y naturalizadas por la sociedad. La familia, la escuela, las amistades, las relaciones sexo-afectivas, el trabajo, la religión, el Estado, el cine, la literatura, la música, etc., se han encargado de perpetuar una discriminación que afecta a un grupo poblacional que no se enmarca dentro del reducido espectro de la masculinidad.

Cuando identifico lo anterior de una manera más consciente, veo la necesidad de enfrentar estas violencias y miedos cotidianos, y es en ese momento que me sumerjo en teorías feministas liberales y de la diferencia, con las cuales me sentía cómoda, pero no del todo; finalmente me encuentro con el transfeminismo, entendiéndolo como una línea de fuga de los feminismos, que cuestiona el lugar de enunciación/sujeta política de los movimientos de mujeres más esencialistas, mientras pone sobre la mesa el debate sobre el binarismo de género y la violencia que reproduce y perpetúa éste; y es gracias a sus herramientas que me he posibilitado abordar ciertos caminos, enfrentando miedos e inseguridades, pero con la plena tranquilidad para asumirlos.

Años después, decido suprimir de mis alimentos, cosméticos y ropa, aquellas ofertas que implicaban el sufrimiento de animales no humanos. Sin encontrar relación alguna con el transfeminismo, simplemente considerando lo innecesario del sufrimiento animal para satisfacer mi gula y demás comodidades y placeres; con el paso del tiempo, y a partir de conversaciones y reflexiones con amigues, se va tejiendo la relación del veganismo y el feminismo.

Estas reflexiones reafirmaron más mis convicciones políticas con respecto a los dos movimientos y teorías, y mi interés aumentó, quería entender y conocer más del tema, quién lo estaba trabajando, dónde, de qué maneras, desde la academia, el activismo, experiencias personales; pocos fueron los resultados, sin embargo, bastante significativos. Carol J. Adams, el colectivo Jauría (3), Catia Faria (4), hicieron parte de mis grandes descubrimientos, y siguen siendo referentes importantes para hablar del tema.

En el libro Política sexual de la carne. Una crítica feminista vegetariana, escrito por Carol J. Adams en 1990 (5), la autora trabaja el concepto de referente ausente, el cual me empieza a dar las primeras luces de la articulación entre ambos movimientos; afirma que los animales no humanos son convertidos en ausentes como seres vivos para existir como carne; el lenguaje renombra a los cuerpos muertos antes de comérselos. No es un cerdo, es jamón, chicharrón, chuleta, lomo, paletilla; no es una vaca, es morrillo, costilla, solomillo, jarrete, espaldilla; no es un pollo, es una pechuga, un muslo, un ala.

Adams añade que hay tres maneras en que los animales se convierten en referentes ausentes, la primera es la que acabo de mencionar, la literal; la segunda es definitoria, por ejemplo cuando se dice que se comen terneras o corderos y no animales bebés, cambia la forma en como nos referimos a ellos; y la tercera es la metafórica, por ejemplo, cuando las víctimas de violación o personas maltratadas dicen “me sentí como un trozo de carne”, en este caso el significado de carne no se refiere a sí mismo, sino a cómo se sintió la persona ante la violencia hacia su cuerpo. La carne cumple un referente ausente cuando forzamos el significado de la metáfora: nadie puede sentirse como un trozo de carne, porque por definición es algo violentamente privado de todo sentir.

En el caso de las mujeres, por ejemplo, el referente ausente se hace evidente en la publicidad, donde se vende un perfume, pero lo que se muestra es una mujer semidesnuda; cuando se vende una hamburguesa, ésta está en medio de dos senos; las portadas de películas, libros y discos en las que salen partes del cuerpo socialmente sexualizadas de mujeres, en muchas ocasiones sin cabeza: sin cerebro, sin posibilidad de pensar, escuchar, hablar, ver.

Por lo anterior, la opresión está basada en la cosificación, la subordinación y el abuso de la otra. Entendiendo, en primer lugar la cosificación cuando un sujeto es percibido como objeto o propiedad, en vez de un sujeto con intereses propios que deben atenderse, por ejemplo: la erotización de los animales listos para el consumo y la animalización del cuerpo de las mujeres listas para el consumo, ambos bajo cánones heterocispatriarcales. En segundo lugar, la subordinación entendida en los momentos que se carece de voz o poder político, ser desatendidos, ignorados y controlados los intereses propios, por ejemplo, cuando Wollstonecraft escribe la carta de vindicación de los derechos de las mujeres en el siglo XIII, al poco tiempo un inglés escribe un manifiesto a modo de parodia por la vindicación de los derechos de los animales. Y en tercer lugar el abuso como la sujeción a violencia física y sexual, por ejemplo, la violación de vacas para la producción masiva de leche; la matanza desmedida de mujeres por razones machistas, -haciendo uso metafórico de las palabras violación y matanza-.

Finalmente la articulación del activismo transfeminista con el antiespecista, se convierte en un paso importante para el fortalecimiento personal de una serie de ideas y convicciones políticas, las cuales empezaron a gestarse desde mi rechazo crítico a determinadas prácticas y discursos que han sido impuestos a lo largo de la historia como lo normal o lo natural; es por esto que la intención de este texto es extender la invitación a los colectivos feministas para que se dé la discusión dentro de sus encuentros, charlas y talleres sobre el privilegio que se tiene como especie, retomando los debates en contra de la violación, la cosificación de los cuerpos, la explotación laboral, la violencia doméstica, etc, y a la vez el consumo de animales, leche, huevos, cuero. Reconociendo de esta manera la potencia de las luchas colectivas y la importancia de juntarnos, crear redes y cuidarnos, no sólo desde la “sororidad”, sino también entre especies.

(1) Navarro, A. X. C. (2012). Claves para reflexionar en clave de identidad/es en torno a las categorías especismo/antiespecismo. Question, 1(35), 42–55.

(2) Faria, C. (2016b). Transfeministas por la liberación animal. In Terrícolas. Madrid.

(3) Jauría, C. (2016). Jauría. Publicación transfeminista por la Liberación Animal. Apoyo Mutuo,  I (2), 60.

(4) Faria, C. (2016a). Lo personal es político: feminismo y antiespecismo. Revista 78 Latinoamericana de Estudios Críticos Animales, II(III), 18–38.

(5) Adams, C. J. (2016). La política sexual de la carne: una teoría crítica feminista vegetariana. Madrid: Ochodoscuatro Ediciones.

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