DEL LENGUAJE INCLUYENTE

Collage de Laura Aldana
Lo que subyace a la discusión, y como planteamiento central, es la cuestión de la producción de los discursos y su impacto práctico en los modos de vida, en lo que respecta a las políticas públicas de un país.

En diciembre de 2017, un fallo del juez 22 administrativo del circuito judicial de Bogotá ordenó cambiar el lema del gobierno distrital de la administración de Enrique Peñalosa de “Bogotá mejor para todos” por “Bogotá mejor para todos y todas”. A raíz de este evento, se acrecentó el debate alrededor del lenguaje incluyente.

Surgieron todo tipo de voces: desde orillas disímiles, unas en apoyo y, claro, otras en contra. Voces rabiosas, exuberantes y hasta ridículas; voces que hablan tanto desde la impostura intelectual, como desde la desesperación ignorante. Incluso, algunas que se disfrazan en la defensa de la inclusión y la equidad, y luego se escudan en la supuesta defensa del lenguaje, para atacar todo lo que dicen defender. Es viejo ya este argumento en defensa del español, y cuanto más del morfema gramatical flexivo de género; escudo infalible para ellos, que nos permite desentrañar la argucia de ser machista sin serlo, o sin parecerlo.

Pasado el debate sobre lo concreto, quedan todavía muchos puntos que serán necesarios seguir discutiendo. Lo que subyace a la discusión, y como planteamiento central, es la cuestión de la producción de los discursos y su impacto práctico en los modos de vida, en lo que respecta a las políticas públicas de un país.

Lo que parecen ignorar, aún cuando en algunos de estos mismos textos lo explicitan, es todo el entramado discursivo que se desprende de lo que se nombra y, luego, de lo que no se nombra. Se relega sin pudor en textos oficiales, institucionales y gubernamentales a la mujer, se le excluye del ámbito público. Que quede claro: no la queremos como sujeto político, no le daremos nombre, porque no queremos que exista, no es necesario nombrarla.

Tales son los pensamientos que han sido naturalizados en nuestra cultura cuando se confunde corrección política con censura, hasta con sexismo inverso; argumentos falaces que rondan el ridículo. Y ahí estamos nosotros, los hombres, para poner otra puntada, autoproclamados albaceas del idioma. ¿Por qué parece tan difícil para nosotros, los hombres, callar y dar un paso al costado, y entrar al debate sin prejuicios? Se olvidan muchos que el idioma crea identidades, y que no es natural en sí mismo; al contrario, lo construimos nosotros mismos como un proceso cultural. Diría Cioran “no se habita un país, se habita una lengua”, y es esta misma lengua desde donde se concibe lo que percibimos como realidades concretas sobre la vida cotidiana.

Derrida identifica esto como logocentrismo, que se instaura en occidente como una constante en la producción de significado mediada por las estructura binaria positivo-negativo: “el primer término de la estructura está dotado de positividad a expensas del otro (…)”(1). Y a su vez, el feminismo postestructuralista ha reformulado el término por el de falogocentrismo, al identificar la constante de asociar al término positivo a lo concebido tradicionalmente como masculino, dotándolo de presencia e importancia, relegando lo femenino al terreno de la exclusión y la omisión.

Lo que se explicita en los discursos, más tratándose de comunicaciones oficiales, que impactan la política pública de un país, son los modos de reconocernos como sociedad, de reconocer al otro, reconocer la alteridad como un primer paso para la equidad.

Los discursos amparados en la correcta utilización del español, no pasan exclusivamente por dejar de nombrar a todas en el lema de una alcaldía, sino también por excluir los pronombres incluyentes de otros documentos oficiales y aún más de otros espacios de socialización, eventos públicos y medios de comunicación. Esto está consignado en la Guía para un lenguaje incluyente (Alcaldía Bogotá Humana).

El debate se deshumaniza, los contradictores enumeran argumentos nocivos y hasta tontos, que torpedean cambios culturales y conquistas sociales que reconocen a la mujer como partícipe activa de lo público, tanto como lo privado; se dice por ejemplo: “ahora deberemos llamar casas y casos, mesas y mesos, etc.”

Las voces a favor, a su vez, se diluyen en cuanto se acrecienta la necesidad de dar voz a otros cuerpos disidentes: trans, queer, que incluso en mayor medida se suelen invisibilizar. El debate se torna confuso en cuanto se evidencia el binarismo adyacente a la polémica. Surge otro problema mayor sobre la representación de los cuerpos no binarios en el país.

Lo que sería necesario entender es que el lenguaje es performativo, crea realidades, se construye tanto como construye a los sujetos que lo hablan y, a su vez, genera estrategias sistemáticas de invisibilización en cuanto se segrega a la otra mitad de la población. Foucault aquí destaca los modos en que se construyen los significados en cuanto estos: “son una representación del poder que no sólo se encuentra trazada en el lenguaje sino también grabada sobre el cuerpo y reconstituida continuamente en la vida social”.

Lo que abre esta controversia es recordarnos la tarea, siempre necesaria como sociedad, de repensar la naturalización del lenguaje hegemónico, que necesita ser desmitificado y desnudar el esencialismo al que es llevado la discusión.

(1) INTERVENCIONES POSESTRUCTURALES. Revista colombiana de antropología. [online]. 2002, vol.38, pp.261-286. ISSN 0486-6525.

2 respuestas a «DEL LENGUAJE INCLUYENTE»

  1. El uso de pronombres incluyentes como acto de reconocimiento de la alteridad es muy legítimo y comprensible no solamente desde la cuestión performativa, también como parte de un revolcón ético muy necesario para que el espectro comportamental y emocional de la masculinidad tradicional deje de ser la medida contra la que el resto de paradigmas de género deberían compararse y ajustarse. Eso está muy bien.

    Pero creer que la normalización de ese uso de pronombres incluyentes puede efectivamente acabar con una considerable parte del sexismo arraigado en las moralidades ortodoxas de los hispanohablantes bien constituye otra instancia de logocentrismo en el sentido en que lo usa y critica Derrida, porque un problema que trasciende de culturas y sociedades (aún más recalcitrante en, por ejemplo, aquellas en que se hablan lenguas sin géneros gramaticales, como las iránicas) queda reducido a un sólo registro gramatical específico en el que el uso deliberadamente sexista de los géneros gramaticales, si bien no es precisamente mínimo, sí es muy selectivo e intencional; por lo que pasa a ser también una forma de esencialismo dialectal en que se presupone que el género gramatical y el género biológico son exactamente lo mismo, lo cual es inafirmable hasta para los filólogos y las filólogas idiolécticamente más inflexibles. En el espíritu foucaultiano, es cierto que el lenguaje nunca es neutral, porque siempre proviene de una madeja de experiencias transcurridas dentro de unas relaciones de poder alienantes en particular; pero en el espíritu de la rigurosa y crítica hermenéutica de Derrida (que bebió del aposema saussiriano y de la muerte nietzscheana del significante trascendental), también es cierto que no todo registro lingüístico siempre es necesariamente sexista porque, para empezar, el lenguaje no existe sin la intención del interlocutor y sin los móviles del contexto en que se expresa (en el sentido hegeliano) el interlocutor. El lenguaje nunca existe diacrónicamente por sí solo y es justamente eso a lo que se refiere la vacuidad connotativa de la différance derridiana: una lectura del logos que emerge de la brecha experiencial entre el autor/interlocutor y el lector/oyente, tan posiblemente inatribuíble al primero como tan posiblemente inuniversable para el segundo, lo cual es ejemplo de las dicotomías maniqueas que Derrida (de nuevo) también crítico sin escatimar en detalles.

    Sí hay graves problemas con el uso desconsiderado de los géneros gramaticales de manera selectiva en la lengua española, pero problematizarlo generalizantemente es un esencialismo paralelo al que se pretende atacar.

    1. ¡Muchas gracias por el aporte!
      Sin duda resulta muy interesante leer comentarios como este, que ahondan en la dimensión lingüística y filosófica, desde los diferentes puntos que mencionas.
      Ahora bien, el texto no tiene la intención de ser totalizante de ninguna manera; por el contrario, es un intento de diálogo sobre el uso del lenguaje en espacios concretos como las políticas públicas de un país como Colombia. Y en ese sentido, de cómo se puede lograr, como un primer paso necesario, la representación de otros cuerpos políticos en la vida pública del país “como acto de reconocimiento de la alteridad”, como bien dices.
      Con seguridad tendremos en cuenta tu opinión en futuras discusiones, aquí estamos para aprender entre todes.

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