NO INTENSO AGORA

un documental de João Moreira Salles

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La ingenuidad de quien graba lo que sucede sin saber qué va a pasar, la ingenuidad de quien presencia su propia vida.

En el París del 68’ corrían tiempos de anormalidad. Tiempos de derechas con hambre de guerra, ansiosos de favorecer sus bolsillos con nuestra pobreza, justo como ahora. De continuar con los valores de antaño, con la gente ¨de bien¨: hombres varoniles y trabajadores incansables, mujeres sonrientes, bellas y complacientes que crían niños para el servicio del Estado. Y esos muchachos, criados en el privilegio de la postguerra, se alzaban en bandada por poder reconocerse como iguales sin importar raza, género (aunque evidentemente binario), papel social; por el derecho a la felicidad y a ese estado que ella conlleva idealmente: la libertad de los cuerpos y las ideas; la contracultura, las difamaciones, el derecho a la vagancia, a la diferencia, a cuerpos menos hegemónicos, intensamente como ahora.

Por momentos, todo resulta intensamente familiar. Los tiempos difíciles parecen estar más aquí que nunca: nuestra ingenuidad está atenuada por el consumismo, nuestro miedo a la violencia desencadena juicios desde la ignorancia y un gran miedo a la confrontación del debate y la discusión inteligente y argumentativa. Las luchas, que parecen más mediáticas y estrepitosas, son más superficiales; los antiderechos se escudan en el derecho a la libre opinión, pero se refuerzan en gobiernos tecnócratas con discursos de odio, la guerra a la ¨ideología de género¨, nuevas segregaciones que parecen tan antiguas, el fin del comunismo es el fin de la corrupción; las gendarmerías que, en todo el mundo, arremeten contra estudiantes, jubilados y obreros, recordándonos imágenes que perfectamente vemos en los libros de historia sobre las dictaduras latinoamericanas, sobre la represión policial en Harlem, en Selma;  la masa crítica parece no entender que la crítica necesita análisis y conlleva incomodidad: es un acto violento en sí mismo pero que desencadena beneficios.

En medio de todo este caos emocional, identitario y político llegó En el intenso ahora, del documentalista João Moreira Salles.

La reflexión se construye a manera de ensayo, tejiendo espacio para la interiorización, a partir de un found footage familiar, de los componentes históricos de los acontecimientos del 68’, pero reconstruyendolo desde la experiencia y las miradas que componían las voces de esos encuentros. Más que otro documental que expone ideales y rostros, ofrece una visión fresca y relaciona hechos anecdóticos que, en la misma ecuación , se convierten en la historia palpable. 

Es un llamado al análisis histórico revisionista, que piensa en las personas como personas, proponiendo un nuevo acercamiento que dista de la romantización del movimiento estudiantil de ese mayo rebelde y  del distanciamiento que producen las estetizaciones políticas de los grupos sindicalistas, gobiernos comunistas, pero también de los discursos oficiales del Estado y de las derechas represivas, de las cifras y la memoria histórica distorsionada por el tiempo y la normalización.

Primero, está su madre. Su mirada parece hasta ingenua; la dirección de esa mirada se puede ver en lo que encuadra con su cámara en un viaje a la República China, lo que decide enfocar, lo que deja de lado, lo que visita y lo que no. El acondicionamiento de su estatus, pero también lo que va a significar en la vida de sus hijos, en los sucesos históricos a seguir de la Francia del 68’ y de las huelgas de un Brasil roto. Francia, donde vivían; Brasil, de donde venían.

Así, João compone un relato histórico con archivos ingenuos. La ingenuidad de quien graba lo que sucede sin saber qué va a pasar, la ingenuidad de quien presencia su propia vida.

Estos archivos familiares se encuentran con archivos amateurs anónimos de la ocupación soviética en Checoslovaquia, que a la vez desencadenan encuentros con el Mayo francés del 68’, a través de las cámaras de los estudiantes de cine. Y es en ese mayo francés que son expuestos unos rostros conocidos, pero interpelados sin glorificar: sus acciones ya han sido juzgadas y sus nombres citados. 

Los estudiantes configuran la escena. Sus consignas son las del optimismo de la juventud, las de una generación que gritaba a voces por la discusión del bien común, son espectadores individuales y actores en colectivo. La voz narrativa mantiene el pesimismo del presente que ya ha descartado la esperanza, que ya conoció el final del recorrido, a la par que lo transitó.

Al otro lado del mar, en Brasil, el dolor crece. La dictadura se afianza. Los muertos son reclamados y la respuesta es nula. Y, aunque es el Brasil de su familia, está en la distancia. Es perspectiva permanece lejana porque es la distancia que vivían los Salles en París. Las sensaciones se mantienen en una nostalgia pesimista: el régimen violento en China, las promesas irreconciliables, las alianzas rotas entre estudiantes y sindicatos franceses; agosto en Checoslovaquia, con los tanques soviéticos y el miedo. 

Es el pasado, quizás, lo más necesario. Para evitar la reincidencia, para evitar el olvido. Pero el pasado, al final, termina siendo meramente olvidado y apilado. ¿Qué dirán en el futuro de nuestra ingenuidad?

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