LA IDENTIDAD POSPARTO

Ilustración de Valentina Martínez
Es como un estado de limbo, porque quien éramos antes de parir ya no está.

 

En los últimos años se ha vuelto cada vez más común hablar -entre mujeres-, virtual o físicamente, de lo que significa para la identidad de la mujer tener un hijo y, sobre todo, convertirse en la curadora principal de ese hijo en casa, sola.

Ya al menos la idea de la maternidad como la manifestación de un milagro, de la realización plena de la mujer, se ha perdido un poco en ciertos círculos aunque quizá no en el mainstream, dónde es muy común que la gente que visita -generalmente sin avisar ni preguntar- se maraville con el nuevo bebé sin tomar en cuenta a la nueva madre, pues incluso dejan de preguntarnos cómo estamos, lo cual lentamente nos lleva a que nosotras mismas dejemos de preguntarlo.

Entonces, la identidad como nuevas madres toma un rol preponderante porque no es urgente preocuparnos de si nosotras estamos bien, de si estamos satisfechas o felices. Escasamente dormirnos o comemos lo suficiente, porque la preocupación primaria es que el bebé coma, que se bañe, que esté limpio, que esté feliz, que aprenda cosas nuevas, que se esté desarrollando según la curva de crecimiento.

Ni siquiera podemos darnos el lujo de exclamar, indignadas, “¿es que usted no sabe quién soy yo?”. Porque honestamente hasta nosotras mismas dejamos de saberlo. Es como un estado de limbo, porque quiénes éramos antes de parir ya no está; nuestra ropa ya no es útil, nuestros gustos no tienen cabida en la rutina diaria, las expectativas se limitan a que por favor, el bebé duerma suficiente para darme un baño hoy.

Preocuparse por lo insatisfactorio que llega a ser no tener más que lo básico, lo triste que es no tener nada por fuera las necesidades del bebé y hablar sobre eso es cada vez más común: tenemos más libertad de decir que no queremos ser solamente madres, que el rol de madre, y aún más el de madre que se queda en casa, no es suficiente para ser feliz.

Hablar sobre el tema es validarlo y eso urgente en un mundo que siempre nos ha tratado de histéricas y de locas si no encajamos. Saber que no somos las únicas ayuda a aceptar que está bien querer más, está bien pedir y desear más, pero también ayuda a normalizar las dificultades para conseguir lo que en realidad queremos.

Si muchas de nosotras hemos estado mal, si también hemos sufrido esta soledad y este terrible aislamiento que viene luego de parir y si a las demás “no les ha pasado nada”, quizá tampoco nosotras deberíamos quejarnos tanto.

Pero no son sólo quejas: el aislamiento es real, la depresión es real, la preocupación por las amistades  es real, las dificultades para volver al mundo del trabajo son reales.

Y las soluciones son complicadas, porque no es cuestión de salir de la casa a caminar, ir a un museo a conseguir estimulación mental y leer libros para que nuestro cerebro no muera a punta de repetición y canciones de la Granja.

Salir significa organizarnos, llevar la botella de agua y los pañales y los pañitos húmedos y estar dispuesta a salir corriendo a esconderme si el bebé comienza a llorar a gritos porque sí, a todos les encantan los bebés, pero verlos llorar siempre es un fastidio. Y la madre siempre tiene que hacer que su hijo se calle, por favor.

Además, salir implica vestirme, alistarme para el público que nos mirará de reojo por cómo nos hemos podido echar a perder, porque bajar de peso, subirlo e incluso la insatisfacción de sí tener el mismo peso pero no el mismo cuerpo y vestirlo para salir, es un dolor de cabeza. Porque nada nos queda bien, nada sirve para atender al hijo, porque debemos poder movernos y correr para atraparlos por si se escapan, y siempre se escapan. Y recordamos que la ropa no nos queda pero no hemos tenido tiempo de ir a medirnos ropa como debe ser, porque nunca lo hay, no alcanza el día para una nimiedad como esa.

Y eso hace complicado hasta hablar y salir con amigas, sin el bebé; implica contar con una red de apoyo dispuesta a preocuparse por nosotras si no contamos con la plata suficiente para contratar a alguien que pueda cuidarlos en esos momentos. Y la triste realidad es que a veces no contamos con ninguna de las dos cosas, lo que implica que los planes deben cambiar o aplazarse  y esas eternas conversaciones con amigos se van al traste porque además de que hay que cumplir un horario más o menos estructurado para el bebé, él tampoco aguanta más de dos horas en un mismo espacio, ni siquiera con la terrible tablet y los vídeos de la Granja.

No es fácil empezar a pelear por lo que queremos, sobre todo si como mujeres hemos estado acostumbradas a aceptar lo que nos toca en vez de aspirar a cumplir deseos propios, aunque se vean difíciles de realizar.

Pero es necesario. Porque sin pedirlo, sin exigirlo, y, sobre todo, darnos cuenta de que es posible, nada va a cambiar. Es tan, tan cierto eso de que el que no llora no mama, pues aunque, sería lindo que nuestro grupo, parejas, amantes, familiares se dieran cuenta por sí mismos de lo mucho que necesitamos apoyo, la experiencia ha demostrado que, por duro que sea, las cosas que queremos debemos pedirlas.

Para eso debemos primero saber qué es lo que queremos, y sentarnos a definir cuántas de nuestras cargas son en realidad necesarias de asumir y con cuáles de ellas, por designación ajena o propia, ya no queremos vivir, porque si no hacemos eso nunca podremos, libremente y sin culpas, crear una identidad propia que no se agote en nuestros hijos sino que nos permita ser más nosotras, lo que sea que eso signifique.

 

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