FASHIONISTA EN REHABILITACIÓN: EL PRIMER AÑO

Ilustración de Laura Aldana
Fue hace un año que, después de semanas de juiciosa lectura y de muchos golpes de pecho por mi ignorancia previa, decidí mantener el letrero, pero con una connotación diferente: no voy a comprar más fast fashion, y este es el momento en el que reflexiono sobre las consecuencias que esa tajante decisión ha tenido sobre mí.

ESTE AÑO NO VOY A COMPRAR MÁS ROPA. “Este año” correspondió en su momento al 2018, lapso que la misma ambigüedad de mis palabras me permitió extender hasta el 2019, como el chiste infalible que hacía reír a todos los que entraban a mi cuarto. La primera vez que me hice la promesa estaba pensando en el dinero, en esa necesidad tan vergonzosa que sentía de comprar y comprar cosas, en cómo me debía ver siendo un letrero andante de Inditex, seguidor de tendencias y sin creatividad visible.

Ahora observo el acusador letrero, y entiendo como esas palabras significaban para mí algo completamente diferente a lo que simbolizan ahora. Pensaba en el gasto, en optimizar el espacio de un armario que estaba a punto de reventar, y, en últimas, desarrollar una cualidad de austeridad que la frugalidad del momento me impedía. La noción del fast fashion aún no había llegado a mi vida, a mis círculos no se había agregado el contenido sostenible y difamador de los productos de Inditex que hoy me bombardea constantemente, todavía no había despertado en el efecto que mis gustos por los vestidos de temporada tenían en el mundo.

Fue hace un año que, después de semanas de juiciosa lectura y de muchos golpes de pecho por mi ignorancia previa, decidí mantener el letrero, pero con una connotación diferente: no voy a comprar más fast fashion, y este es el momento en el que reflexiono sobre las consecuencias que esa tajante decisión ha tenido sobre mí.

Tenía que hacerlo, y cuando empecé estaba convencida de que negarme habría implicado que la línea entre mis acciones y la barbarie sería inexistente; era una cuestión de principios, y si bien todavía hay cambios de conciencia que me faltan tomar, me convencí a mí misma de que este era el primer paso. 

Además de las afectaciones ambientales (gasto innecesario de agua, la segunda industria más contaminante del planeta), lo que más martillaba mi conciencia era el dolor humano que los vestidos que adornaban mi closet habían generado. Las etiquetas hechas en Bangladesh, Tailandia e India desfilaban por mi mente a la misma velocidad a la que las colecciones de primavera lo hacían, y toda la generosidad y empatía que mi pasión humanista había pasado años promulgando se sentía como una hipócrita, una mentirosa que dejaba que niños y mujeres se incendiaran en fábricas por sus ganas de estrenar en navidad. Mi feminismo se quedaba en palabras cuando apoyaba la vulneración de derechos de mujeres al otro lado del mundo.

Una vez pasado el momento de la vergüenza por mi renovada convicción de hacer algo bueno por la humanidad, anuncié mi cambio de todas las maneras que pude, a todos los conocidos que me escucharon, como disculpándome por mis atrocidades pasadas ahora que había decidido vivir como los civilizados, y efectivamente funcionó. Fui celebrada por algunos, me llegaron miradas rayadas de otros, pero llegaron reacciones, afirmando así lo ruidoso que un cambio de estos puede ser en la Villa de Medellín. Eso sí, una cosa es prometerlo, otra muy diferente es cumplir la promesa.

Leí todas las listas, las experiencias, los pasos para convertirme en un ser humano sostenible; vi los videos de closets curados, las cápsulas y la vida minimalista de la gente de internet, y a pesar de mi sobrecarga de información, al dejar de consumir físicamente fast fashion, no caí en cuenta de lo suficientemente rápido de que también debía dejar de consumirlo virtualmente. Diariamente me llenaba de influencers vestidas de pies a cabeza de MANGO, hauls de primavera, verano y otoño de ZARA y videos de como usar las nuevas tendencias en outfits informales, lo cual no ayudaba a controlar el maniático deseo de estar a la moda. Tuve que haber filtrado mi feed de Instagram primero, seguir solo marcas éticas o marcas que objetivamente no voy a poder comprar, alejarme de la idea de la inspiración como un objeto que necesito y acercarlo más a una visión, una imagen alcanzable a mi propia manera; si voy a llenar un carrito de compras que sea imaginario, en una lista de papel o en un idioma distinto al mío. 

Ahora bien, lo primero que se necesita para caer en la tentación es desearlo, sentir que no hay remedio más que sucumbir a lo que habías prometido nunca más volver a hacer, cuestión inevitable durante los primeros días de rehabilitación que intenté resolver buscando alternativas sostenibles a la lista de deseos que iba aumentando en mi libreta, lo cual me llevó a mi segundo gran descubrimiento: es *casi* imposible vivir en tendencia sostenible con una mesada de estudiante.

Al estudiar a las adoradas marcas de la nueva industria del slow fashion, caí en cuenta de que la magia de las creaciones de Amancio Ortega radica en la posibilidad de cumplir el sueño de verme con ropa de revista por un precio realizable (aunque no tan realizable como lo es para los americanos/europeos), visión que, si trasladaba a términos de Christy Dawn, Reformation, Everlane (magnates del shopping consciente) jamás iba a poder realizar. De ahí que el cambio de burbuja de influencers de moda a influencers de moda sostenible no fuera realista, porque lo que yo debía consumir no está en latitudes más allá del ecuador; al contrario, debe ser más cerca, más tropical, indudablemente local, pues lo que no te cuentan al entrar en la tendencia post-hipster de la cultura consciente, es que es cultura elitista, un limpio y cerrado círculo de personas que viven en lugares seguros para poder salir de sus casas en bicicleta y con los audífonos puestos, con dinero para pagar el mercado orgánico pasado por una pesada comisión de publicidad, y con posibilidades de vestir jeans hechos a la medida con mínimo gasto de agua. 

Después de todo aquí estoy, un año nuevo con el mismo letrero, con un par de traspases en mi historial de compras, pero, en general, sobria del intoxicante mundo de la moda que tanto sonaba en mi cabeza. He formado mis propias ideas con respecto a los círculos a los que quiero pertenecer, y aunque no resultó tan apoteósico como lo pensé en un principio, tampoco representó un cambio radical en el estado actual del planeta, pero sí un cambio de pensamiento en lo que constituye mi mundo que, para empezar, creo que no está nada mal.

Las lecciones de internet no tenían zona de cobertura hasta el centro de Medellín, y los trucos para apoyar emprendimientos locales tuvieron que ser adaptados a mi realidad local, lo cual, a razón de obstáculos y complicaciones que no tuve deseos de resolver, también me ayudó a querer menos, a deshacerme de las malas decisiones que había tomado en cuanto al contenido de mi closet, y a entender que mi manera de vestir podía variar entre todas las modas que me habían atravesado en el pasado junto con las que me interesan del presente. Menos mal que los 2000 están de vuelta y que todavía tengo fe en el letrero de mi armario.

2 respuestas a «FASHIONISTA EN REHABILITACIÓN: EL PRIMER AÑO»

  1. Hola Manuela
    Me siento tan afortunada de haberte tenido entre un puñado de jóvenes alegres, cultas, deseosas de aprender.
    Recuerdo no sólo tu buen gusto al vestir tu cuerpo si no también al enriquecer tu mente.
    Conservo como un trofeo una pulserita negra (gargantilla corta) con bolitas doradas empacada con una dedicatoria firmada por Manuela Vélez.

    Un abrazo de corazón.
    Muchos éxitos!

  2. Que buen articulo bizcochito, aunque tuve que buscar algunas palabras en Internet porque no las tenía en mi diccionario.

    Gracias por siempre buscar objetivos para avanzar en tu vida. Por favor sigue escribiendo para deleitarnos con su lectura.
    Éxitos para la sagrada…

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