ÍDOLOS CON PIES DE BARRO O WHY WE LOVE ASSHOLES

Ilustración de Manuela Velez
No aceptaríamos algunos comportamientos de personas en nuestra vida diaria que aceptamos de famosos, sean artistas o no.

Todo comenzó porque mi hijo mayor, quien es muy rítmico, ama escuchar música movida y bailarla, independientemente del género musical. Por eso pensé que le podría gustar una canción y se la mostré, con video full HD y todo: Smooth Criminal.

Resultó como lo preví, le encantó.

La entrada en escena de Michael Jackson, sus movimientos, la indumentaria con la que sale llevó a que mi hijo lo llamara “el señor misterioso”, y,  por mucho que quise en aquel momento explicarle su nombre real, ese fue el apodo con el que se quedó.

YouTube le siguió sugiriendo canciones, mostrándole la discografía de Michael Jackson; aunque muchas le gustaron en distintas medidas, Smooth Criminal, sigue siendo su favorita: la que le quiere mostrar a todos, la que baila y trata de seguir la coreografía.

Pero, cuando veíamos los otros videos, él me preguntaba por qué “el señor misterioso” tenía su cara diferente, por qué a veces se veía “caramelo claro” y a veces se veía “chocolate”. Eso me hizo pensar en cómo explicarle la problemática vida de Jackson. Lo de su vitíligo, lo del accidente, lo de su voz.

Todas las canciones de el señor misterioso tienen un sonido que a mi hijo le resulta muy parecido (él, de hecho, trató de imitar el ritmo, cuando se sintió confiado de hacerlo). Y claro, le expliqué, dentro de mis limitados conocimientos musicales, que el señor misterioso tiene una voz con unas cualidades específicas, por eso canta así y los ritmos así lo ayudan a resultar su voz de tal y tal manera.

Básico, claro está, porque de música solo sé qué me gusta y qué no, pero me puso a pensar en lo difícil que nos resulta a veces separar el arte de la persona. Poco después salió Leaving Neverland y las historias que narran en el documental me llevaron a sentirme ligeramente culpable de mostrarle a un posible violador de niños a mi propio hijo.

Y porque, además, para ser totalmente sincera, la música de Michael Jackson me sigue gustando. Él, como artista, me sigue pareciendo icónico.

Parte de la defensa de Jackson, como la de R. Kelly, como la de Cosby, se ha centrado en preguntar por qué precisamente a ellos, es decir, por qué en un mundo de violadores y abusadores son precisamente los hombres negros, ricos, famosos, los que son judicialmente perseguidos, al contrario de tipos como Kevin Spacey o James Franco, blancos, que no son siquiera acusados ante los estrados judiciales. La comunidad negra trata de proteger a los suyos, y es comprensible en un contexto social como el de Estados Unidos donde el racismo institucional mata a cuerpos negros, femeninos y masculinos, desarmados y vulnerables, por considerarlos peligrosos; pero proteger a los victimarios ignora el trauma sufrido por las víctimas de estos hombres, en muchos casos, mujeres negras.

Sin embargo, muchos de nosotros, los seguimos, los justificamos: vemos las películas de Spacey, de Weinstein, cantamos I believe I can fly o Burn it up, -canciones de R. Kelly-,  y habrá quien se vea los reruns de The Cosby Show.  Y sucede lo mismo con Pablo Neruda (violador confeso), con Roald Dahl (racista y medio), con Lovecraft (racista, xenófobo).

Mas no se trata únicamente de que como público consumamos lo que ellos producen, sino que hay quienes se alían con ellos directa o indirectamente para beneficiarse de ese encuentro.

Por ejemplo, Drake, quien alguna vez declaró públicamente que amaba a Rihanna, colabora en una canción con Chris Brown. Y yo sigo con la misma pregunta. ¿Será que es aceptable exaltar el arte no solo a pesar de la historia del artista sino ignorando al individuo, al artista? ¿Podemos, real y honestamente, hacer esa separación, ya sea individualmente o como sociedad?

Chris Brown es un hijo de puta. Pero muchos cantantes siguen colaborando con él porque, con poco o mucho talento, vende. La gente compra sus canciones, va a sus conciertos, ve sus videos. Drake, aun con su amor a Rihanna, no cayó más bajo que el resto de nosotros cuando seguimos escuchando a Chris Brown, o leyendo a Hemingway o admirando a Picasso.

Las creaciones sobrepasan a los autores, es la defensa usual. No podemos censurar el arte, dicen; el arte trasciende las barreras. O, alternativamente, “es que eran otros tiempos”, como si hubiera un tiempo en el que despreciar al otro por existir fuera bueno.

La respuesta de separar el arte del artista parece ser válida con los “grandes maestros” en su arte. Picasso, Hemingway, hombres que casi objetivamente pueden ser considerados imbéciles completos, siguen siendo endiosados por muchos.

Parece ser, entonces, que las cosas dependen del contexto en el que son creadas, los creadores mismos están limitados por su contexto del mismo modo, por sus propias historias y vivencias y acompañantes.

Pero podrían ser simplemente excusas. No aceptaríamos algunos comportamientos de personas en nuestra vida diaria que aceptamos de famosos, sean artistas o no.

No dudaría en alejar a mis hijos de una persona de la que siquiera se haya podido comentar que alguna vez siquiera miró con ojos sexuales a una adolescente, y muchísimo menos si fue a un niño. Pero con Jackson dudo.

Todos nuestros favoritos tienen algo problemático, sean artistas, autores, libros, música, arte. Pero siguen siendo nuestros favoritos, a pesar de las contradicciones que plantean para nuestra brújula moral.

Todos nuestros ídolos tienen pies de barro, porque son tan humanos como nosotros. Las apreciaciones que de ellos hacemos no los limpian, solo demuestran que somos capaces de ignorar los defectos si hay algo que nos llega, que nos complace.

En mi caso, leí el primer libro de Harry Potter a los 11 años y crecí junto con él, sentí cada evento y cada etapa como propios y en principio las decisiones y explicaciones presentadas eran incuestionables para mí, más al crecer me fui dando cuenta que muchas de esas mismas decisiones estaban basadas en prejuicios que todos los personajes del libro no solo repetían, sino que la misma autora normalizaba.

He decidido intentar que mis hijos no vean los lugares de dónde venimos como un límite hacia dónde podemos llegar, que la familia que nos nutrió no sea la que dirija nuestro trato hacia los demás y con el mundo, pero el Potterverse sigue siendo un universo que amo, a pesar de su insistencia en segregar, su inclinación por juzgar a las personas por su apariencia o sus inclinaciones, a concebir la crianza como el límite de lo que podemos ser. Y por supuesto, ya mi hijo mayor sabe quienes son Harry Potter y Snape.

Charlie y la fábrica de chocolate, con sus Oompa Loompas aborígenes pigmeos semi-esclavizados, sigue siendo uno de los primeros libros que voy a leer a los niños cuando tengan interés en historias más largas. ¿Es hipocresía?

Tratando de ser objetiva, supongo que sí.

Tiene algo de hipócrita establecer estándares de comportamiento distintos para los ídolos, los artistas, los grandes, de los que tienen las personas del común. Aun así, no justificamos a todos, justificamos a los nuestros, a los que nos gustan, a los que sentimos merecen nuestras excusas y protección ante ataques de otros que-no-los-entienden.

La cuestión es que no lo hago solamente yo, muchos lo hacemos, y me da curiosidad saber qué significa como sociedad que podamos separar tan fríamente el arte de sus creadores, sin importar los daños a terceros; porque si todos excusan a quienes aman y prefieren, terminamos rechazando a muy pocos.

¿Podemos, entonces, justificar ver una película de Woody Allen, una de Spacey, admirar a Picasso, leer a Bukowski en la misma medida que podemos justificar escuchar a Chris Brown o R. Kelly aunque sepamos cómo han afectado a miembros de las generaciones que vinieron antes que nosotros, a muchos que están aún aquí?

¿Cómo podemos, con el juicio que  se inicia contra Harvey Weinstein, seguir sin preguntarnos cuál es el alcance de la mancha que cubre a las películas y series en las que participó? Y es que son muchísimas, tenía compañías y filiales, intervenciones directas e indirectas: ¿Importa?

¿O nos resulta más relevante que esa película que nos encanta, que es majestuosa y bien actuada, que tuvo visión y contenido, nos complace, nos gusta y nuestros gustos están por encima del potencial peligro en el que estuvieron las mujeres que participaron en su creación? 

Me debato entre la necesidad de defender a algunos, de justificarlos, de excusarlos, de perdonarlos por su maravillosa obra, y el deber de recordar que cuando ultrajan a alguien, estos magníficos artistas están causando un grave daño a, cuando menos, esa persona.

Elevar el arte por encima del artista, de las reglas sociales, tiene consecuencias, para nosotros, para la sociedad, pero sobre todo para los afectados directamente por los comportamientos de nuestros ídolos: ¿Cómo pueden sentirse hoy las víctimas de nuestros ídolos sabiendo que, a pesar de que sabemos lo que sabemos, no nos importan sus historias lo suficiente como para sacrificar nuestros gustos?

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