LA LIBERTAD INCOMPLETA

Ilustración de Laura Aldana
Para ciertos hombres, lo femenino es un territorio ajeno y desconocido; otros, en cambio, están más relacionados y eso les ha permitido interiorizar lo que es fundamental: la existencia de lo femenino en el mundo y que el mundo no sólo está habitado por hombres, aunque muchos hombres quisieran un mundo por y para hombres.

En los distintos países del mundo, la comunidad gay se encuentra acogida en la sigla LGBT, que los incluye y los representa mayoritariamente; sigla que, como movimiento, les permite agruparse, identificarse entre sí, marchar, denunciar y demandar cambios. Sigla que fue conformada hace años y que ha sido utilizada para referirse no sólo a lo gay sino a esas otras identidades de género y orientaciones sexuales que también existen, es decir, a las lesbianas, bisexuales y transexuales; hasta ahora, que otras comunidades se han sumado y cuyos grafemas identitarios se han incluido: LGBTI, LGBTQIA, acogiendo a personas intersexuales, queer y también a asexuales.

A menudo se ha usado el signo + para referirse a esas otras comunidades disidentes, separadas del régimen heteronormal y del binarismo. Así, al representar a tantas posibles formas de nombrarse, la comunidad LGBT+ parece ser un territorio diverso, seguro y fluido, hecho para el diálogo y la construcción; sin embargo, en lo que concierne a la G sucede un fenómeno que pone en evidencia a una buena cantidad de hombres estorbados por el falo.

La historia de la homosexualidad masculina nos puede llevar, si se quiere, a la Grecia Antigua. Es sabido que los griegos mantenían relaciones homoeróticas y que era realmente una práctica común que hombres adultos tuvieran de amante a hombres jóvenes a los cuales también muchas veces instruían en la moral, la política y la ciencia. Lo mismo sucedió entre los samuráis con la práctica del Shudō, y en la Antigua Roma, donde emperadores, militares y políticos sostenían relaciones con muchachos y  esclavos. Hombres adultos amándose con jovencitos desde que la historia se escribe. Relaciones y mismidad en el goce, que para unos connotaba privilegio y poder; pero para otros, reproches y vituperios. Es desde estos periodos de la humanidad que la homosexualidad fue mostrándose como una forma de encuentro hasta llegar a los paradigmas actuales, donde se considera un comportamiento normal, pues mal o bien el mundo ha venido dialogando y ajustando sus propias cuentas con el judeocristianismo, con las leyes, con la libertad, en manos de una generación que se ha permitido el respeto, el libre albedrío y otros conceptos que han servido para desestigmatizar los diversos comportamientos del ser humano, los cuerpos y discursos para que continúen dándose como son: de forma natural e inocultable.  

Sin embargo, la homosexualidad masculina significa en muchos casos la perpetuación del patriarcado mediante prácticas que atentan contra lo femenino (o contra las mujeres), que insisten en normas rígidas de género y comportamiento, que no dialogan con las diferencias y que, además amplían, las manifestaciones de violencia. Es decir, hombres gay que, si bien como comunidad han sido discriminados, no importa si están en calidad de osos, nutrias o twinks, también discriminan a otros hombres gay: los quieren ocultar, no los quieren.

 

La homosexualidad masculina consiste en que un hombre guste (para todo) de otro hombre. Este tipo de gusto, si bien en muchos surge tempranamente, en otros se configura en la adolescencia o en la adultez, bajo otros preceptos y experiencias personales. Para ciertos hombres, lo femenino es un territorio ajeno y desconocido; otros, en cambio, están más relacionados y eso les ha permitido interiorizar lo que es fundamental: la existencia de lo femenino en el mundo y que el mundo no sólo está habitado por hombres, aunque muchos hombres quisieran un mundo por y para hombres.

A lo largo de los años, los homosexuales han sido estigmatizados porque pareció que su lugar era femenino y gustar, desear y buscar lo masculino sólo era posible si se era mujer. Aunque esta es una aseveración completamente inválida, muchos hombres gay han explorado y mostrado su lado femenino, se han servido de maquillaje, alisadoras, encrespadoras, laca, formas de moverse, que en muchos casos han derivado en identidades trans, queer, no binarias o de género fluido; pero en otros ha permanecido como un ejercicio de libertad,  como una forma de ser y de actuar. ¿Qué es eso que rechazan los hombres gay de los pluma, los amanerados y, digamos, los que son femeninos? ¿Misoginia?

Por eso, en aras de desmentir los imaginarios sobre lo gay – que para ser uno hay que ser un poquito femenino – los hombres han empezado a manifestar actitudes varoniles, calcar la heteronorma al punto de hacerlo homopatriarcal. Relaciones por ejemplo sexo-afectivas que funcionan bajo preceptos heteronormativos, imperiosamente hechas del capital, sin deconstrucción y discriminatorias.

Se esperaría que este tipo de rechazo no se diera en una comunidad que comparte intereses, que vive de formas parecidas y que marcha y milita junta. También que no se diera en una comunidad que le debe tanto al feminismo, que ha cuestionado y explorado conceptos y construcciones que los hombres heterosexuales no han querido transitar ni se han querido cuestionar. El privilegio de los hombres trasciende en lo gay, y en ese sentido, muchos hombres gay tienen el aparente derecho de descalificar, desaprobar, insultar y suponer que las plumas le dan mala imagen a un movimiento sin imagen más que el de la diversidad y la alegría, de frente a un mundo igualmente plural.

Y es que la Comunidad, aunque parezca, no es tal cosa. Este tipo de intolerancia, negación y censura para esos hombres afeminados y vanidosos, con características corporales distintas, de otras proporciones y gustos para el vestir, existe por un rechazo histórico a lo femenino, que ha tenido el lugar relegado y que es débil. La identificación, como proceso individual, juega un rol fundamental en los hombres que, entre la agresión y el gusto, reniegan sobre las plumas, las drags y las pasivas (término que connota distinto al “pasivo”)  por asociarlas a lo femenino, por el símbolo vivo que son de un hombre con maneras del sexo opuesto. Así, terminan identificándose más a menudo con el patriarcado que con lo LGBT+

Muchas de estas intolerancias acaban siendo formas expresas de violencia física, verbal o psicológica. También mantiene el estigma, origina nuevos odios y egoísmos. Insiste en hacer binario al mundo, desconociendo que  el patriarcado como “postura ortodoxa”, al nombrarte como disidencia también te controla y te da la solución definitiva, te devuelve a sus estándares e insiste en la misoginia, la violencia y el control.

¿Y para cuándo la emancipación de los hombres?



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