EL CONGRESO NOS RECIBE Y NOS HACE MALA CARA

Ilustración de Manuela Vélez
Las cifras son históricas, por un lado, porque nunca antes el legislativo colombiano había contado con tanta presencia femenina, pero por otro lado también son vergonzosas.

En el nuevo congreso instalado el pasado 20 de julio hay un total de 25 senadoras y 31 representantes a la cámara. Las cifras son históricas, por un lado, porque nunca antes el legislativo colombiano había contado con tanta presencia femenina, pero por otro lado, también son vergonzosas si consideramos que pasados más de 60 años desde que las colombianas pueden elegir y ser elegidas en cargos públicos, el 78% de los escaños sigue siendo ocupado por hombres

Colombia ha asumido la participación política de la mujer de manera tan reciente como renuente. Si ya penoso el hecho de que muchas de nuestras abuelas no hayan votado a sus 18 años (ni a los 21), qué se diría de la aspiración a ocupar un cargo decisorio en política, que solo comienza a ser posible a partir de 1955, cuando se nombró a Josefina Valencia gobernadora del departamento del Cauca, y más tarde con la primera mujer congresista, Esmeralda Arboleda, en 1958. Después de ahí se ha avanzado poco. Poco. Porque en este país la ley, muy a su pesar, camina al compás del patriarcado y en el camino se va tropezando con la corrupción y el irrespeto de funcionarios públicos.

Tanto es que en el  2000 tocó apretarle las tuercas al sistema político colombiano con la Ley de Cuotas que garantiza, al menos en un 30%, la participación de mujeres en cargos de máximo nivel dentro de la administración pública. Misma norma que los partidos políticos suelen cumplir para la foto o directamente evaden. Por ejemplo, en una lista para Congreso bien pueden ubicar a las mujeres en lugares donde sea casi que imposible que las elijan.

Y, a ver, las leyes de paridad y discriminación positiva no es que sean el ginkgo biloba en la política. Es verdad que no garantizan nada, pero si hasta a esas medidas se les ha hecho trampa, queda bastante en evidencia la poca voluntad que hay de reconocer los derechos políticos de las mujeres. Así que, desde ya se van apartando todos los sesudos mansplainers que viven rezando el salmo «los cargos deben ocuparse por meritocracia y no por condición de género».

Porque ese es apenas uno de los obstáculos que sortean las mujeres que deciden hacer política en Colombia. Los demás son los mismos con que lidia la mayoría cualquiera sea su trabajo. Ridiculización, desestimación, descrédito, exclusión de las decisiones económicas importantes, y hasta violencia de género. Todo un disciplinamiento que no se cohíbe ni siquiera en espacios donde el ojo de la ciudadanía está más pendiente, y cuya finalidad está más relacionada con lo simbólico que con el ataque personal, pues, en últimas, a las mujeres toca es «ponerlas en su lugar», y si ya no se puede por expulsión directamente, sí es posible generando un ambiente hostil, que desmerezca, en el que no provoque ni asomarse.

No fue en los años 50 que se pronunció en el congreso la frase, “las vaginas del Senado se llenan de malos pensamientos”. Fue en 1998 y salió de la boca de Roberto Gerlein ( agradezcamos que ya su pene y todo su cuerpo también salieron del Congreso); en 2011, trabajando para el enemigo, Liliana Rendón sentenció la tierna “si mi marido me casca, será que yo me la gané”; y las últimas que tuvieron más resonancia: el hijueputazo a Claudia López, proferido por Alfredo Ramos y  justificado por Álvaro Uribe; y el “niña” con que el actual presidente del Senado se refirió a Jennifer Pedraza, vocera estudiantil de la Universidad Nacional.

Esta es la otra lucha de las mujeres en política, evitar la normalización de realidades machistas o, como revelan informes del Netherlands Institute for Multiparty Democracy, la creencia de que los tratos desiguales y discriminatorios son precios a pagar por participar en política.

Sí es verdad que tenemos más oportunidades que ayer, sí es verdad que hoy se ve mayor liderazgo de mujeres, que desde el 1991 su presencia en política es más notoria, pero aún se juega en el bosque mientras el lobo está, y no es constatando obviedades que se discute con quienes insisten en desconocer los derechos de poblaciones históricamente discriminadas. En un congreso con el azul celeste tan entronizado puede que ninguna igualdad sea imparable. 

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