LO QUE HE DEJADO DE DECIR

Ilustración de Angélica Duque
A mí también. #metoo, confesé. Pero esa confesión me hizo sentir hipócrita, y cobarde, y culpable.

Las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud nos dicen que 1 de cada 3 mujeres en todo el mundo ha sufrido una agresión violenta o de naturaleza sexual a lo largo de sus vidas. El 30 por ciento de las mujeres que ha tenido una pareja ha sufrido violencia física y/o sexual por parte de sus compañeros.

El maltrato verbal y emocional es difícil de cuantificar, pero parece que es la forma más común de abuso entre parejas; por lo menos alrededor de la mitad de los estadounidenses reportaron haber sufrido de abuso emocional por parte de alguna de sus parejas a lo largo de sus vidas. De las participantes de una encuesta en Colombia, se puede estimar que al menos el 25% de las mujeres ha sufrido violencia psicológica por parte de sus parejas.

Además están las estadísticas que se refieren al abuso sexual infantil, que nos refieren que alrededor de 1 en cada 10 niñ@s será sexualmente abusado antes de cumplir 18 años; de estos, uno en cada siete niñas y uno de cada 25 niños será abusado sexualmente antes de cumplir la mayoría de edad.

Esto significa que a muchas de nosotras nos ha pasado, nos está pasando, nos va a pasar.

Al mismo tiempo esto quiere decir que, en teoría, no estamos solas.

Formamos parte de un enorme grupo de personas que han sufrido, si no lo mismo, experiencias bastante similares a las nuestras.

Precisamente de esa idea, la de establecer que estamos juntas en esto, fue que nació la frase Me Too, que posteriormente se convirtió en el movimiento que ha sido el punto de partida para sacar a la luz historias que estuvieron ocultas durante todas nuestras vidas. Visibilizando con ello la situación de un sinnúmero de mujeres –y hombres- que han sido víctimas de abusos por parte de aquellos que en algún momento tenían más poder que ellos.

Y es que la raíz de todo abuso, de toda agresión, está en el poder. No en el poder teórico o en el poder que el sistema social en el que estamos asigna a unos por encima de otros, sino en el poder en su forma más cruda: la capacidad de un individuo de imponer su voluntad sobre la de otro.

La experiencia de las mujeres abusadas por Harvey Weinsten, Bill Cosby y R. Kelly, debe ser más recurrente de lo que parece, y en más lugares que en el pecaminoso Hollywood, pero la manera en la que las víctimas se han enfrentado a los hechos es extremadamente inusual.

Sus voces reclamando por lo que estos hombres les hicieron son de las pocas ocasiones en las que las historias tienen nombres y apellidos.

Nuestros relatos son anónimos, hablamos sobre nuestras agresiones, pero no nuestros agresores, si es que acaso nos atrevemos a contar lo que nos pasó en voz alta.

Muchas de nosotras esperamos años –y años y años- para contar nuestras experiencias.

En el universo de las historias que han salido a la luz pública, quienes las cuentan suelen tratar de limpiar los relatos, de hacerlos aptos para todo público, de quitarle las emociones y el dolor y la crudeza, porque históricamente, el abuso se mantiene en secreto, con sus emociones, sus comentarios sensaciones, sus olores y recuerdos, él. 

Individualizar o identificar al agresor tiene consecuencias, y ni siquiera son exclusivas para ellos y nosotras, sino para todo aspecto de nuestras vidas.

Llevaría implícita una acusación contra nuestros padres por habernos dejado con ese tío, ese familiar, levantaría sospechas de haberle hecho lo mismo a sus hijas; rompería, en el peor de los casos, con todo vínculo familiar. Si se trata de algún jefe, enseguida generaría la duda sobre nuestra empleabilidad futura, sobre lo que significa nuestra palabra y lealtad laboral. Si acusamos a un profesor, no solo ponemos en tela de juicio su integridad académica sino la propia.

Incluso, acusar con nombre propio, en público, tiene consecuencias legales. Rompe con el principio de presunción de inocencia porque, de entrada, crearía en la luz pública la duda sobre el acusado. En otras legislaciones, es causa para anular el juicio, y entre nosotras, tranquilamente podríamos exponernos a una denuncia penal en nuestra contra: por calumniadoras o injuriosas.

Por esos miedos, por esas cargas, muchas de nosotras esperamos años –y años y años- para contar nuestras experiencias.

Algunas solamente las contamos una vez, a oscuras, a nuestras amigas más cercanas, a nuestras parejas.

(Quizá no a nuestros hijos).

El #metoo fue tan viral que demostró que somos muchas, que nos ha pasado a tantas: nos han acosada, tocado, abusado, violado; ¿pero hasta qué punto lo que se vio en las redes es representativo de nuestra realidad social?

Debería, en teoría, aceptar que no estoy sola, sentir la protección y el acompañamiento de las demás.

En las redes sociales, pude ver muchas conocidas, amigas, usando el hashtag y contando sus historias. Sobre padres, sobre tíos o padrastros, sobre conocidos, profesores y desconocidos… todos atribuyéndose la capacidad de tocar, mancillar, controlar nuestros cuerpos.

Aun así, a mí en lo personal, me costó muchísimo usar el hashtag, y sólo fui capaz de usar el hashtag, no conté mi historia, mis historias, y aún hoy no las cuento.

A mí también. #metoo, confesé.

Pero esa confesión me hizo sentir hipócrita, y cobarde, y culpable.

Porque existe una noción en el imaginario colectivo por la cual se supone que si me empodero y confronto a quienes me abusaron saldré más fuerte de la experiencia, como el trial by fire. Seré un modelo a seguir para quienes vienen detrás de mí. Para más mujeres que han sido abusadas, que confronten a sus agresores. Se supone que es un empoderamiento propio, pero también colectivo.

Además, evitaré que más mujeres sean agredidas por mis agresores, porque todos, desde las series donde investigan acciones criminales, hasta en Jessica Jones, parecen repetirnos que, si fuimos víctimas y nos quedamos calladas, la próxima víctima será un poco nuestra culpa.

Porque, al parecer, es responsabilidad nuestra. Como yo no conté mi historia, debido a que no confronté a mi victimario y lo hice responsable ante el mundo de lo que me hizo, a cualquiera que haya victimizado después de  mí, sus actos pesarán sobre mi conciencia.

Excepto que eso es un completo absurdo, y es una injusticia terrible que no deberíamos estar dispuestas a asumir, como víctimas, como personas.

Las acciones de los abusadores, de los violadores, de acosadores, son su culpa, una responsabilidad exclusivamente suya. Decir algo, o hacer algo no es garantía de que no volverán a actuar como lo hicieron, ni siquiera es garantía de que me crean. De que lo perseguirán judicialmente, de que responderá por lo que hizo, por lo que me hizo, y de que quedará rehabilitado con posterioridad a la pena impuesta.

Es el mismo argumento, somos nosotras como víctimas las que causamos la agresión, sea la nuestra, sea la de otras. Nuestra sociedad parece querer excusar por todos los medios a los agresores, o estaban fuera de sí, o solo fue un momento de sus vidas, o nosotras lo provocamos.

Y esa carga sí la tengo que asumir yo, además de haber sufrido mi historia, de recordarla y sentirla, de que venga de sopetón a mi memoria y me haga llorar, tendría que asumir la peso de contarla.

De sacarla del anonimato, de mi fuero más interno, y asumirme ante el público como víctima, como una más.

De que me miren de otra manera, de que digan a viva voz que ya entienden por qué yo soy de una u otra manera.

Y eso solo en el mejor de los casos, es decir, si me creen.

Porque pueden no creerme.

Porque pueden decir que me lo imaginé, que estoy exagerando, que son ridiculeces. O que miento. Que estoy buscando ganar algo, atención, tiempo, dinero, fama. Algo.

O que a quien estoy señalando sería incapaz de hacer algo como eso. Lo que me pasó a mí pasaría a ser una simple exageración, un relato que sería analizado hasta la última palabra, verificando mis nexos causales, cada uno de mis palabras, cada contradicción, cada imprecisión.

Y eso da miedo.

Pueden decir que sí pasó, pero que ya pasó tanto tiempo, que ya no debería causar problemas -como si mis problemas no estuvieran ya causados-, que deje las cosas así.

O peor aún, podrían pedirme pruebas de mi acusación, y no las tengo, nunca las tuve. No tengo nada más que mis recuerdos, un poco difusos, más que mis palabras, no del todo correctas, solo me tengo a mí.

Y entiendo por qué las víctimas no solo se van, es alejan o acusan, porque el miedo es poderoso, porque pueden destruir con una sola palabra lo que hemos construido, la vida que hemos logrado, las metas que nos hemos propuesto.

No es justo que ellos puedan seguir siendo quienes son libremente, sin responsabilizarse por lo que nos hicieron, sin confesarlo ante el mundo, ni ser juzgados y declarados culpables, mientras nosotras debemos seguir cargando con toda la historia.

Es aún menos justo que cuando hablemos todo lo que decimos sea puesto en duda, que no se trate de un simple “su palabra contra la tuya” sino que nuestra palabra, cada una de nuestras palabras valen menos de lo que una simple negativa de ellos vale.

Reconozco que quizá debería ser más valiente, pero en este momento, en esta sociedad, es un riesgo que aún no estoy dispuesta a asumir.

Quizá algún día.

But not today.

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