LOS DELICADOS: GRIETAS EN LOS PARADIGMAS MASCULINOS

Collage de Daniela Prado
“La virilidad, entendida como capacidad reproductiva, sexual y social pero también como aptitud para el combate y el ejercicio de la violencia es, ante todo, un peso.” Pierre Bourdieu.

Parece que muchos colombianos han estado recibiendo, de maneras cómicas e irónicas, información sobre la relación de algunos hombres con su necesidad de parecer hombres. Incluso el meme, que lo desaparece el mismo scroll y cuya naturaleza es tibia e inofensiva  ha servido de instrumento para dar cuenta del afán proyectivo de tantos, pero también noticias, cámaras escondidas y hasta bromas, viralizadas intencionalmente con esos fines.

Esta situación no es desconocida si revisamos la historia y los distintos momentos en que los hombres han construido y asumido paradigmas que les han permitido distinguirse de las otras especies, transversalmente: ser fuerte para alzar cosas, golpear o defender; hablar grave para seducir, imponer el orden y sobretodo para subrayar su diferencia con lo femenino; estable para no lloriquear y evitar la pataleta; pretender más estatura sobre las mujeres para no ser el llavero; sentarse patiabierto en el bus o en el metro para viajar más cómodos y de paso evidenciar sus ciertos privilegios; asumir su función paterna, ser el sostén de la familia o, como diría Lacan, pensarse en el «Nombre del Padre». Incluso jugar a algo sexual de manera pública con otros hombres para proyectar que no gusta de ellos es una de esas tantas expresiones, búsqueda de amparo, caricia social y sobadita de buen chico al que recurren los hombres para parecer más hombres.

Estas y otras situaciones  me llevan a afirmar, como a muchos, que hay un sentido frágil en la masculinidad y la virilidad, una especial delicadeza. También, que hay una necesidad de servirse, simbólica e imaginariamente, de atributos y conductas que mantengan lo masculino, como si sus convicciones no fueran suficientes; porque al parecer, en la figura hermética de los hombres hay tantos quiebres como manifestaciones.

Muchas de estas acciones nacen en su misma estructura inconsciente, comunicándose con otras estructuras inconscientes y construyendo lo normal. De ahí que no nos detengamos en eso: cuando un hombre se sube al bus, toma asiento al lado de una señora, abre las piernas y la apretuja. Pero vaya que sí nos detenemos, al menos con la atención, cuando un hombre, por un susto, relincha con una voz aguda.

Todo esto para decir que los atributos de la masculinidad están en declive, o dicho de otro modo, hay una pérdida progresiva de la ilusión sobre lo viril. Se han perdido los referentes,  ya no hay una forma hegemónica de ser hombre, para suerte o infortunio de muchos, situación que mirada desde la clínica psicológica y más propia de la psicoanalítica viene del declive del Padre, que es lo mismo que decir que el símbolo de la ley, su función, si bien puede reinar, no gobierna, pues su período se destiñó.

Ahora bien, como lo masculino es un lugar de angustia, porque siempre los hombres han sido funcionales, esto responde al malestar: basta con que un hombre piense su propia erección previa al acto coital y sepa que la requiere fuerte, vigorosa, consistente, que no defraude, porque bien sabemos que la demostración viril es en sí misma femenina. ¿O por qué las propagandas en las páginas porno brindan tips para mejorar y mantener la erección  o cómo aumentar el tamaño 3 cm en 5 días?

Queda aún la sensación en la estructura social de que la crisis de la virilidad da origen a una feminización, como si todo lo que no fuera hombre fuera entonces mujer, que desde 1950 cuando los hombres fueron ofreciéndose a la mirada de maneras distintas, mostrando sus cuerpos, por ejemplo, empiezan a perderse los distintos sostenes que aseguraban la virilidad, hasta ahora, que han llegado a convertirse en la imagen de fajas, corsés y  bodies.

Lo complejo es que, si bien lo femenino ha asumido tantas diversas formas de ser, mostrarse y asumirse desde las unicidades, aún lo primitivo de los hombres padece cierta condena -como la inseguridad- que impide el movimiento y  situación que arroja una hipótesis: que los hombres aún requieren existir como colectivo y no como cuerpos individuales.

Resulta entonces que la obligación de los hipermodernos es inventar un montón de formas de ser, parecer, asumirse hombre, más allá de cualquier orientación sexual; cuestionar el privilegio del que disfrutan, más allá la categoría cisgénero, heteronormativa o binomial para cancelar la angustia de no saber por dónde tirar o qué hacer,  y así prescindir de esos tantos comportamientos que sólo abren una grieta inmensa, en donde lo masculino cae como un ancla en el fondo del mar.

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