SEXO CON ADOLESCENTES EN LA ERA DEL #METOO

Ilustración de Laura Aldana.
Es moralmente reprochable que un adulto tenga sexo con un adolescente, pero ¿quién está dispuesto a hacer ese reproche?

Cuando la gente habla de Cien años de soledad suele enfocarse en la parte mágica de la trama, lo extraordinario en lo relatado por García Márquez, y deja de lado que el autor hizo un retrato de la realidad cotidiana de un país, que no se conoce a sí mismo. Desde la masacre de las Bananeras, las cruentas peleas entre rojos y azules, hasta los 17 Aurelianos, todas son pequeñas realidades de un país profundamente católico, profundamente ignorante, profundamente conservador, profundamente machista, profundamente lleno de odio.

En Cien años de soledad, García Márquez menciona un hecho que no es más real y cotidiano de lo que podría esperarse de una novela de realismo “mágico”: el caso de la pequeña Remedios Moscote, de nueve años, que habiendo encantado al cuarentón Aureliano Buendía, se convierte en su esposa. De la unión, Remedios resulta embarazada de gemelos que envenenan su sangre y la llevan a la muerte.

Al respecto, resulta hoy particularmente relevante considerar que para que Aureliano se pudiera casar con Remedios, ella tuvo que dar el sí, o sea, tuvo que consentirlo; aunque esa misma aceptación se muestra frágil, pues ni siquiera podemos estar seguros de que ella supiera a qué le daba el . Además, para permitir la ceremonia, ella tenía que llegar a la pubertad, pero no le permitieron llegar a ella naturalmente, sino que la “adelantaron” con mecanismos desconocidos.

La de Remedios es una historia recurrente en la realidad colombiana (1) porque resulta que en nuestro país, por herencia de los romanos, la pubertad se tiene como el requisito sine qua non para iniciar normalmente la vida sexual; a esto se debe que, inicialmente, nuestro Código civil y nuestro Código penal hubiesen establecido los doce años como una edad razonable -para las niñas eso sí, pues para los niños se establecía la edad de catorce años- para tener relaciones sexuales e, incluso, para alcanzar algún tipo de madurez, legal o contractual.

A pesar de que en los códigos penales del ‘36, del ‘80 y del 2000 (2) era delito tener relaciones sexuales con un menor de catorce años, legalmente se establecía que las niñas de doce años podían casarse y formar una familia, lo que necesariamente significa que se permitía tener con ella relaciones sexuales, aun siendo el otro cónyuge de una edad mayor.

Gracias a la Corte Constitucional se reafirmó, por medio de acción de constitucionalidad (3), que sólo hasta que alcanzaran los catorce años, niños y niñas, era posible que los menores dieran su consentimiento legal, así como el sexual, igualando las situaciones legales de ambos géneros, en aras de protegerlos de injerencias de terceros que afectaran negativamente su desarrollo. Salvaguardando, en teoría, el bienestar de la menor en el ámbito civil y el bien jurídico de la libertad, integridad y formación sexual en el campo del derecho penal.

Aún así, hoy en Colombia sigue siendo perfectamente lícito que un cuarentón tenga sexo con una niña de catorce años y un día.

Lo anterior representa un choque ideológico, que en nuestro contexto nacional y global actual es de vital importancia considerar. Estamos en un momento en el que las mujeres estamos reclamando a la sociedad por los abusos y agresiones que históricamente se han cometido contra nosotras por parte de los hombres que conocemos, en nuestras familias, en nuestros trabajos, en nuestros hogares y escuelas.

Es urgente resolver la disyuntiva que surge al respecto: el hecho de que un comportamiento siendo lícito, no es necesariamente bueno, ni siquiera moralmente aceptable, porque las consecuencias tangibles (embarazos, partos, pobreza generacional) e intangibles inciden sobre la sociedad.

Para resolverlo es necesario determinar, entonces, qué significa la normalización legislativa de una relación inherentemente desigual, en la que una parte tiene una posición de superioridad sobre la otra, aunque sea de una manera sutil; frente a este comportamiento lícito, que se da en Colombia a diario, no existe autoridad a quién se pueda recurrir, pues la posición de superioridad del hombre frente a la niña se ha normalizado tanto que suele verse como un logro tener sexo con alguien tan joven.

Y digo niñas porque, aunque llega a ocurrir que una mujer adulta -o incluso un hombre adulto- tenga sexo con varones adolescentes, es mucho más usual que ocurra lo contrario. Ver a un tipo cuarentón con una de veinte, no despierta más que uno que otro comentario al aire. Pero, lo mismo ocurre con una de quince y uno de treinta. O uno de veinticuatro y una de catorce (4).

El hecho de que, legalmente, una adolescente pueda consentir el tener sexo con un adulto no significa que esté realmente preparada para asumir las consecuencias que puede llegar a tener este tipo de relación sobre su vida; pero es un reflejo, como muchos, de la vida social en la legislación vigente. La cotidianidad deja sin asidero el hecho de que este tipo de relaciones se basan en un axioma cuasi irrebatible: la menor es mental, económica, social, emocional, físicamente inferior al adulto.

Es un poco más sencillo en sociedades como la gringa, donde se ha establecido una edad de consentimiento sexual para los adolescentes situada en la mayoría de edad o muy cerca de ella (5), e incluso la ley propone excepciones con respecto a una diferencia de edad entre el adolescente y el mayor de edad que tiene poca diferencia de edad con respecto al menor. Está el caso de la Ley Romeo y Julieta de Texas (6), que legaliza el concierto sexual entre un menor de edad y un mayor de edad, siempre que la diferencia de edades no supere los tres años; pero acá en Colombia no existe una regulación que se le parezca.

Acá, por ejemplo, si nos encontramos con que el amigo de la familia, de 36, tuvo sexo con la chica de 15, con su consentimiento, deberíamos reconocer que el acto no es crimen, sino que, cuando mucho, traicionó su amistad con la familia; es una píldora que resulta difícil de digerir. En nuestro país, conceptos como el grooming son básicamente ignorados, y la idea de que el amigo puede ser un abusador, aunque no sea criminal, no es considerada; la etiqueta de víctima, por lo general, no se le asigna a la adolescente.

Por otro lado,  quizá ella misma tampoco la asuma, y esa es la dificultad del tema; no se puede forzar a una persona a reconocer que ha sido victimizada o ultrajada, en cualquier categoría. Pero permitir que una niña siga con su vida, aceptando que las relaciones con desiguales posiciones de poder son normales, abre la puerta a que los hechos se repitan o puedan crecer en complejidad y, ahí sí, lleguen a una posición en la que sería innegable el abuso.

Es moralmente reprochable que un adulto tenga sexo con un adolescente, pero ¿quién está dispuesto a hacer ese reproche?

Hacerlo implicaría subvertir nuestros estándares de comportamiento actuales, dejando de ser responsabilidad de la adolescente el protegerse, para convertirse en responsabilidad estatal y social proteger a la adolescente de injerencias potencialmente dañinas para su bienestar.

El hashtag #metoo (7) se basa en la noción de que a muchas nos has pasado, hemos sido acosadas, o seguidas, o manoseadas, o abusadas, o violadas. No se trata de una de cada cinco, o una de cada cuatro o lo que sea que estén diciendo las estadísticas, sino de que hay un número indeterminado de mujeres que hemos estado involucradas en relaciones que, en su misma esencia, nos victimizan por lo menos en un momento de nuestras vidas.

Hablar de víctimas significa que  cada una de nosotras, que hemos sido tocadas por el abuso de nuestros pares en algún momento de nuestras vidas, nos reconozcamos como tales, al menos inicialmente (he visto muchas mujeres que rechazan el contenido semántico de la palabra y optan por el término sobreviviente o por alguna otra designación), porque significa una labor de reconocimiento del daño sufrido a raíz de esta relación desigual y de asumir los efectos que tuvo para las consiguientes decisiones y relaciones.

Asumir esa etiqueta, con toda su carga ante la sociedad, no es sencillo, sobre todo porque aún se nos sigue preguntando a las mujeres qué hicimos para generar esos sentimientos en el abusador, cuánta confianza les dimos, qué les dijimos, en qué grado fue nuestra culpa por hacerlos caer en la tentación que representamos.

Aunque a veces, como Remedios, lo único que hicimos fue atrevernos a existir frente a sus ojos.

(1) [https://www.elespectador.com/noticias/judicial/un-debate-espinoso-sobre-abuso-sexual-articulo-80791]

(2) [http://www.suin-juriscol.gov.co/viewDocument.asp?id=1791348]

 [http://www.secretariasenado.gov.co/senado/basedoc/ley_0599_2000_pr007.html#200]

(3) [http://www.corteconstitucional.gov.co/relatoria/2004/C-507-04.htm]

(4) [https://cerosetenta.uniandes.edu.co/serninalatam/]

(5) [https://www.thesurvivoralliance.com/legal-age-consent-50-states/]

(6) [http://www.texascriminaltriallawyer.org/2012/09/26/texas-romeo-and-juliet-law-allows-more-exemptions-from-sex-offender-registration/]

(7) [https://metoomvmt.org/]

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