SORORIDAD MATERNA

Pero esa sororidad entre madres, esa cercanía que hay entre unas y otras, tiene un costo curioso y es que se ha limitado mucho a las “nuestras”, las que son como nosotras y hacen las cosas como nosotras las hacemos.

En mi experiencia, he visto cada vez más cercanía entre madres. Somos capaces de ayudarnos en nuestros momentos más difíciles, en los que queremos ya tirar la toalla y no volver a saber de nadie, ni siquiera de nosotras mismas. 

En los libros, en las novelas, en la realidad de los tiempos de mi mamá, de mi abuela, los trapos sucios se lavaban en casa, aunque eso significaba que la mamá fuera la única en recoger, ordenar, limpiar y guardar esos metafóricos y físicos trapos.

Las madres hoy, por lo menos en el mainstream de la vida en ciudad, sabemos que siempre vamos a tener a alguien con quien contar, quien no nos juzgue, a quien podamos admitir nuestros secretos más oscuros, nuestras frustraciones más odiosas. El grupo de chat de mamás, el blog, la página en redes sociales y todos esos espacios en el mundo virtual para nosotras, pueden unirnos y nos permiten conversar con quienes tienen nuestras mismas preocupaciones.

No tenemos, como antes, cuando nos criaron a nosotras,  que ocultar nuestras ocasionales peleas con nuestros hijos de dos años, la rabia que nos da que nuestra vida no está saliendo como queremos, que no hay manera de que se encauce como un río, sino que todo se ha desbordado e inunda cada pequeño rincón de nuestra existencia.

Pero esa sororidad entre madres, esa cercanía que hay entre unas y otras, tiene un costo curioso y es que se ha limitado mucho a las “nuestras”, las que son como nosotras y hacen las cosas como nosotras las hacemos.

Un meme absurdo que encontré, en no sé cuál red social, decía algo así como:

“Qué lindas esas madres que se maquillan y alistan para llevar a sus hijos al colegio; pero mis hermanas son las que están despeinadas y andrajosas.”

Y, ciertamente, me hizo pensar en el hecho de que sí, me siento más cercana a otras madres que hacen las cosas como yo: a las que dan teta, a las que esperan para llevar a sus hijos al colegio hasta cierta edad, a las que no pegan, a las que esperan para introducir la alimentación complementaria y no compran compotas, a las que no visten sus hijas de princesas, ni a sus hijos de blanco porque esa vaina se mancha muy feo.

Al mismo tiempo, me hizo darme cuenta de lo horrible de esto.

Porque no solo implica cierta distancia y una cuasi objetificación de las demás madres, sino que me lleva a pensar que si solamente aprecio a esas mamás que son como yo, si solamente puedo sentir sus penas como propias y solamente sus logros me alegran, ¿qué carajos estoy haciendo?

Porque no son las únicas, a la hora de la verdad. Son un grupo extremadamente pequeño dentro de todas las madres existentes y devaluar a las demás madres porque hacen cosas que yo no hago, o por no hacerlas de la misma manera que yo, es ignorar todo un universo de alternativas existentes.

Además, idealizar una idea específica de ser madre –en este caso, la mía, la de las mías– no es distinto a lo que siempre nos han hecho: imponer una visión de mundo a un hecho en extremo personal y específico.

Yo, con mi primer hijo, nunca tenía tiempo de bañarme, lavarme el cabello era un lujo y comía cuando podía comer, sin atención a horarios, porque mi prioridad era la absoluta calma de mi hijo en-todo-momento.

Haber visto a una madre recién parida, tranquila, con una muda de ropa limpia recién puesta y un bebé calmadamente acostado a su lado mientras ella leía, hubiese sido la peor de las desgracias para mí en aquel momento. Porque, seguramente, habría significado no solo preguntarme qué estaba haciendo mal, sino también qué tenía ella que yo no tuviera, qué mundo inaccesible para mí estaba al alcance de sus dedos.

Ahora mis circunstancias han cambiado, cinco años después del nacimiento de mi primogénito puedo tranquilamente dejarlos un rato llorando mientras me baño o me peino o me pongo la ropa bonita que por fin tengo ganas de ponerme.

Es difícil reconocer que las otras maneras de hacer las cosas también son válidas, sobre todo en un mundo en el que las madres nos sentimos constantemente vigiladas, porque decir que ella está haciendo las cosas bien implica abrir la puerta a la posibilidad de que yo no estoy cumpliendo con materializar el ideal, de que no estoy siendo la madre perfecta que puedo, que debo ser.

Es lo que sucede con nuestras madres, nuestras suegras, tías y abuelas. Cuando nos dicen que “en sus tiempos” las cosas no se hacían de aquella manera, lo que nos están diciendo es que ellas no lo hacían así. Eso significa que nosotras, las de ahora, estamos haciendo las cosas mal, porque la forma correcta de hacerlas es la de ellas, nuestra maternidad, nuestras decisiones están equivocadas o en el mejor de los casos les falta lo que hacerles caso nos podría dar.

Oponernos a sus consejos y a su manera de ver las cosas es enfrentarnos también a cómo ellas llevaron sus vidas, sus hijos y sus familias. La frase gringa del when you know better you do better, que es la que recomiendan algunos sitios de crianza para lidiar con suegras metidas, en realidad quiere dar a entender que ahora tenemos más conocimiento y hacemos las cosas mejor, pero es una frase que no deja de ser insultante para quien hizo las cosas como mejor pudo hacerlas con las herramientas a las que podía acceder, por cualquier motivo.

Tener la posibilidad de hacer las cosas a nuestra manera es precisamente lo que reivindicamos hoy en día.

Y entonces entiendo que para que una madre priorice su bienestar mental no hay que ser mala madre, es solo una manera de ser; que el estándar de madre abnegada y que todo lo sacrifica por sus hijos también es una norma interiorizada de una sociedad machista que nos prefiere de cierta manera.

Por lo tanto, es un poco rebelde también admitir que todos los tipos de maternidad pueden coexistir y que no hay una sola manera de maternar que cada madre puede decidir qué quiere hacer con sus hijos y consigo misma –y sí, estoy excluyendo de esto las acciones que pueden ejercer las madres que son legalmente establecidas como delito, porque no pueden escudarse en la libre maternidad-.

Y es aún más revolucionario ver a otra madre, hermosa, maquillada, peinada y perfectamente presentada y verla no solo como una colega sino sentirla también cercana. No limitarme a verla de lejitos, como alguien rara, sino apreciándola y, en lo posible, acercándome a ella, dándole aliento. Porque ella también es mi hermana.

Porque todas, en realidad, a pesar de las circunstancias específicas que nos rodean, son mis hermanas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *