VENÍ COMO SOS

Ilustración de Chavela Gómez
La veo otra vez en el horizonte, imponente, junto a la bandera de Colombia, es curioso que un símbolo judeocristiano de pacto divino como lo es el “arco iris” sea apuñalado por un hombre formado en esa doctrina religiosa porque ahora representa algo que escapa a su concepción del mundo: que hay personas que son distintas a él.

Es mediodía en Medellín. Voy bajando de las montañas en bus, hay un perezoso movimiento de fin de semana en la ciudad. Dos chicos se abrazan con ternura en un paradero de bus, en una tensión muda hay un beso silencioso, de los que no se consuman, de los que se dan con la mirada entre dos personas y que se guardan como secretos; en todo caso, acá siempre se siente algo pesado en el ambiente, siempre he pensado que el aire de Medellín tiene una densidad de plomo que estalla con un sol hiriente, como que algo va pasar y no, o mejor dicho, sí, pero uno no ve. Entonces pienso las tormentas de miedo que tienen esos chicos cuando salen a habitar la ciudad, miedo de existir en uno mismo, afuera.

Es la primera vez que asisto al Pride, la marcha del orgullo LGBTQ, una fiesta móvil que se pierde en la circunferencia del horizonte. Nos hacemos junto a los espectadores a esperar a unos amigxs, la multitud me sobrepasa, hay un drone sobre nosotros que me pone paranoico, pienso en los desfiles de gente en Paprika de Satoshi Kon o El congreso de Ari Folman, en la medida en que cada persona se proyecta como el sueño de sí mismo: la máxima expresión de libertad que puede hallarse en la complicidad de otros, ríos de gente sumergidos en el ritmo de música a todo volumen y mientras saltan detrás de las carrozas. Hombres musculosos y peludos con pantalón militar bailando, mujeres trans exponiendo la voluptuosidad de su cuerpo, hombres con armaduras de caballera de oro, alas negras de ángeles erotizados, pechos desnudos, vellos que están en todas partes, cuerpos depilados, mucho maquillaje, aretes, pelucas, trajes de carnaval y comparsa, mujeres tomadas de la manos corriendo en hileras, seres andróginos, chicas lesbomarxistas, hombres con medias veladas, drags elaboradísimas, maricas elegantes, divas, punks, callejeras, personalidades aletosas, ancianxs, jóvenes; un chico afro que se mueve como si estuviera hecho de gelatina, extranjeros agringados, gente con ropa más casual pero mucha más actitud, gente con altavoces en la garganta o micrófonos en la mano, marchantes más tranquilos, otros que tienen su botella de cerveza, de ron o su porro, vendedores con carretillas abriéndose paso, pancartas que dicen: “la revolución es marica”, “amo a mi hijo gay”, consignas de chicxs trans asesinadxs, “estoy vivx porque resisto”, y un sinfín de mundos que desembocan por los recodos del Centro.

El día anterior, unos señores de poncho, sombrero y carriel, como colonizadores de la moral pública, bajaron una bandera de arcoíris que se desplegaba imponente sobre el cerro Nutibara. la tiraron a la basura, luego la sacaron y la apuñalaron con una sevicia y un odio irracional, como si pudieran apuñalar la diversidad de una estocada.

La veo otra vez en el horizonte, imponente, junto a la bandera de Colombia, es curioso que un símbolo judeocristiano de pacto divino como lo es el “arco iris” sea apuñalado por un hombre formado en esa doctrina religiosa porque ahora representa algo que escapa a su concepción del mundo: que hay personas que son distintas a él. Es como si estuvieran reclamando el sagrado derecho a discriminar a otros “porque me parece una falta de respeto que exista gente que es diferente a mí y no tenga miedo a expresarlo”, como una especie de crimen existencial, sin saber que los monjes católicos se besaban en la boca como señal de respeto en la Edad Media, o la cantidad de reyes europeos que usaban tacones y maquillaje como símbolo de estatus; y todo cambia, porque en esta ciudad que en la fachada es parroquia y a los costados mercado de pulgas, tiene a sus hijxs maricxs reclamando el derecho fundamental a ser feliz en la piel propia.

Nada más antinatural que ese odio profundo a un arco iris. de pronto el otro año los titulares sean: “hombre de derechas dispara al cielo, le cae una nube encima, y tiene la mirada nublada, puff”.

Para algunxs falta fortalecer más la parte de denuncia y protesta, otrxs sienten que el mercadeo está devorando el significado de marchar. Hay dinámicas pesadas, como gente borracha peleando, gente que se aprovecha para robar, (en fin, las cosas que pasan en cualquier marcha), pero son tan insignificantes al lado de esta farra interminable, que al final la fiesta es un acto político, donde es imposible no sentirse en una marea de euforia.

Nosotros, finalmente, necesitamos sentarnos a descansar un rato.

Estamos cansados de marchar, anochece. un chico de tanga rosada en una carroza lleva al menos dos horas y media bailando sin parar, no entiendo como no se desmaya.

Nos vamos. En el taxi, el conductor dice que ojalá hubieran marchas así cada ocho días, porque le da mucho trabajo. Es raro hacer una marcha para reclamar algo tan propio como la identidad,  que más allá del “más marica el que no ama”, es el derecho a amarse a uno mismo, a lo Whitney Houston: Learning to love yourself, It is the greatest love of all.

Porque si la gente habita un ambiente donde todo el tiempo se siente agredida y constreñida a lugares de tolerancia pasivo agresiva, finalmente la reacción de las personas es estallar, gritarse las tripas, bailarse hasta la uñas, no irse callado a la tumba; porque afuera, ahí en la ciudad, hay una criatura violentísima de aliento pesado que se siente como perro arrinconado, ese ser de ignorancia, odio e intolerancia que cada año se va haciendo más pequeñito y algún día tiene que morderse la cola.

Fue bonito marchar con/por mis amigxs y celebrarle; finalmente la marcha es un gran mensaje de que no está bien sentirse alienado del propio cuerpo o de la mente por la sociedad: está bien ser vos, hay mas gente como vos, no estás solx, no está bien ser agredidx o asesinadx por ser como vos. Celebremos, caminemos juntxs, bailemos; vení de lentejuelas, de brillos en la cara, de barba, de pecho desnudo, de corbata, de falda, de tanga, de cuero, de satín, de afán, de música, de colores, de blanco y negro, vení como sos.

 

https://www.eltiempo.com/colombia/medellin/bajan-y-rompen-la-bandera-lgbti-izada-en-el-pueblito-paisa-de-medellin-382306

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