VIRTUAL RIOT: Memorias de la protesta

Fotografìas de María Isabel Jiménez (@mariajimenezgi)
Cambiamos gritos por tweets y encuentros por lives, reconociendo nuestras casas como el único lugar seguro, impecable e impoluto, desinfectando todo rastro del enemigo exterior, de la calle y el desconocido. Detrás de los muros la vida sigue, la precariedad nunca para.

Por estos días parece que todo lo que conocíamos como protesta es inconcebible. El corazón de todo, el tumulto, el contacto y la sensación de cercanía a la otra convirtiéndola en aliada. Los gritos colectivos entre las pancartas, el sudor, la mirada cómplice. 

En cuestión de días todas nuestras lógicas cotidianas cambiaron. Aceptamos la hipervigilancia, las patrullas “cazando” infractores, ser separadas e identificadas por nuestros documentos y nuestros genitales; nos convertimos en aliadas del Estado policial, preparadas para incriminar al disidente. Cambiamos gritos por tweets y encuentros por lives, reconociendo nuestras casas como el único lugar seguro, impecable e impoluto, desinfectando todo rastro del enemigo exterior, de la calle y el desconocido. Detrás de los muros la vida sigue, la precariedad nunca para. Todas buscamos sobrevivir. Ante la presión, el teletrabajo, la ansiedad o la escasez y el hambre. El panorama para quienes tenemos el privilegio de trabajar en casa y comprar mercados a domicilios se enfrenta al de quien apenas puede tener acceso a un mercado de donación, a la empatía del prójimo y a la negligencia del Estado.

Es un futuro incierto para la protesta, paradójicamente, en el momento que más la necesitamos.

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La virtualidad posibilita el registro: replicar y movilizar, en la comodidad de nuestras cuatro paredes. El scroll deja en el olvido publicación tras publicación, y la donación de esos 15.000 pesos nos deja tranquilas. Pero afuera, las trabajadoras sexuales, las vendedoras ambulantes, las migrantes y desplazadas, las ancianas y habitantes de calle siguen existiendo y necesitando del sistema que las encasilla y enumera a su lugar, pero las excluye cuando debe mantener su responsabilidad. Afuera, donde la vida está más amenazada por el abandono y la inseguridad que por el virus. Esa separación, adentro-afuera, además, nos ha posibilitado olvidar que el territorio está compuesto por todo nuestro entorno, más allá de los muros que nos cuidan. Afuera-adentro terminan siendo la misma cosa, cuando el peligro y la vulnerabilidad están en nuestro entorno inmediato. Descubrimos cómo puede variar el valor de nuestro tiempo y nuestras posibilidades, que se ven macro en ese interior: nos define más que nunca nuestro sexo, nuestra etnia, nuestra cuenta y nuestra educación. Podemos entender, sin necesidad de proyectos o aproximaciones, que nuestra situación, ya de por sí frágil, se ve afectada por la sobrecarga de trabajos de cuidado; que a nadie importan nuestros cuerpos cuando no producen, más que para generar cifras; que son las madres las que se deben como salvadoras del bien común, que de nada sirve que en el papel cambie la ley para les trans y las maricas cuando en la calle se está expuesta a los vejámenes de una autoridad ignorante y prejuiciosa.

Escribimos en cuarentena a modo de registro y motivación, porque esta información no es nueva. Pero mantenemos la consigna de no olvidar que nuestra colectividad pende de un hilo y necesita de los movimientos sociales para existir con dignidad, para garantizar nuestras demandas por la igualdad, frente a este sistema patriarcal y capitalista que es insostenible y nos está matando; que es gracias a esas luchas sociales que tenemos acceso a las posibilidades que ahora podemos contemplar y que es posible otra sociedad. Nos recordamos a nosotras mismas que la cuarentena no es para siempre, pero las implicaciones políticas si pueden llegar a serlo. La amabilidad es necesaria, pero con inmersión crítica. No podemos permitirnos nunca más el silencio, la discusión sin devolución, el individualismo sistemático y el discurso de la productividad: nunca más nuestros cuerpos al servicio del estado o de la empresa privada. Lo personal es político.

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*La serie de fotos que acompaña este artículo fue tomada durante la marcha masiva del #21N en Medellín.

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